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El 26 de octubre de 2009 Jairo irrumpió en el parque Colón de Tumaco, en la fachada pacífica del suroeste colombiano, para entregar una ración de cultura a sus necesitados vecinos. Y lo hizo pedaleando. La ciudad vivía uno de sus peores momentos, que ya es mucho decir en el enclave con peor fama de todo el país. Guerrilleros de las Farc paseaban por la ciudad vestidos de civil para vigilar el puesto de policía, policías de paisano paseaban por la ciudad vestidos de civil para encontrar guerrilleros y narcotraficantes, narcotraficantes paseaban vestidos de cualquier modo para eludir guerrilleros y policías y ajustar cuentas con bandas rivales. De cuando en cuando incursionaban guerrilleros del ELN para ver qué se cocía por la ciudad y podían cruzarse con comandos paramilitares que a su vez buscaban sospechosos de apoyar a las guerrillas y, por qué no, de alzar la voz por los derechos humanos. Mientras tanto, y vestidos de oficio, cientos de soldados patrullaban por sus calles metralleta en mano, aplastados bajo pesados trajes de campaña, chalecos antibalas y cascos de camuflaje. La ciudad se estremecía de cuando en cuando con un tiroteo de barrio, una bomba subversiva, una sirena de ambulancias, una camioneta blanca en cuyo maletero viajaban personas amordazadas con destino incierto.

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Y entre tanta indignidad, Jairo pedaleaba su invento: la biciblio. ‘Se me ocurrió al ver esos carritos de fritanga y mercadería que llevan los ambulantes por el centro de la ciudad’, me cuenta Jairo, el paisa, un colombiano proveniente del departamento de Antioquia que imparte clases como profesor a los niños de un colegio de Tumaco. ‘Con doscientas mil personas y casi sesenta mil estudiantes esta ciudad no cuenta con biblioteca y modestamente pienso que la cultura es el mejor medio para sacar de la ignorancia a un pueblo’. Apoyado por su esposa, profesora también, cada día a las dos de la tarde Jairo aparece con su bicibiblio por el parque Colón y entrega a la ciudad una ración de cultura. La que falta en sus dependencias oficiales. ‘Han querido integrarme varias veces en el organigrama de la alcaldía’, confiesa Jairo, ‘pero sinceramente, esperamos que el buen corazón de la ciudadanía nos ayude para evitar caer en las redes del oficialismo’. La idea de Jairo es sencilla: un carrito azul con cuatro lados en los que exhibe libros distribuidos según edad y tema que presta sin coste alguno para los visitantes.

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‘Tumaco tiene un 18% de analfabetismo mientras que la tasa general del país es el del 7%, y si hablamos de desempleo la tasa ha llegado a alcanzar el 84%. ¡El 84%!. Si a esa necesidad básica de educación le sumas el componente de pobreza, de necesidades básicas insatisfechas, y el conflicto armado que ha roto el equilibrio de estas sociedades que antes eran pacíficas, la situación es explosiva’, comenta Jairo mientras su esposa desarrolla un teatrito de títeres a nuestras espaldas. ‘El conflicto armado se trasladó del interior del país a las zonas marginales y lo hizo por el componente que le pone el encendido a todo este problema nacional, que es el de la coca, el narcotráfico: el departamento de Nariño (donde se encuentra Tumaco) tiene un mar abierto con múltiples salidas y múltiples posibilidades de sacar al exterior del país la cocaína (sólo por aquí sale el 60% de toda la cocaína colombiana)’. Las bandas ilegales se vienen alimentando de esa situación y eso ha generado unos niveles de violencia extraordinarios. ‘Además añadámosle cierto componente racista que proviene de las grandes ciudades de Colombia, porque aquí el 90% de la población es afrodescendiente, y además supremamente pobre, y las élites colombianas las han ignorado y abandonado desde siempre…’

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El parque Colón luce colorido con su verdor tropical salpicado por carteles alusivos a la lectura. ‘Durante años hemos recibido mensajes amenazantes por el celular o directamente a la cara porque ciertos sectores identifican cultura con guerrilla’. Jairo caminaba con un ojo en la nuca, no fueran a atacarle sicarios, los militares le miraban mal y aún hoy, que todo parece tranquilo gracias a la negociación de los acuerdos de paz, algunos soldados le patean los cartelitos que dispone a lo largo y ancho del parque. En concreto ‘Las balas escribieron nuestro pasado, la educación escribirá nuestro futuro’. ‘Verá usted que esta frase la dijo el representante de las FARC en La Habana cuando se firmó el acuerdo por la paz y a los soldados les pareció poco oportuna y me tacharon de guerrillero y subversivo y entonces la patearon y vea cómo está rajada por las patadas’.

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¿Ha simpatizado usted alguna vez con la guerrilla?, le pregunto a Jairo. ‘Escuche esta anécdota que me ocurrió cuando era estudiante’. Jairo habla con mucho fervor y apasionamiento en sus ideas. Es de izquierdas, reconoce, pero le dan alergia las armas, asegura. ‘Aún era un estudiante de la universidad cuando nos mandaron hacer un trabajo de campo en una zona rural muy remota: allí trabajábamos con campesinos y nos involucramos mucho en sus labores. Tal vez por eso se apareció un comandante de las Farc, de nombre Simón, un hombre barbado que me recuerda a usted’, dice mientras mira fijamente mi mentón. ‘El comandante vino rodeado de guerrilleros armados y nos pidieron que les colaboráramos para entrar en la comunidad de campesinos, porque hasta ese momento no les han facilitado la comunicación. Pero yo les dije que ese no era mi cuento, que yo no quería involucrarme con ellos porque me considero de izquierdas pero no a cualquier precio y esas armas no me gustaban. Comenzamos entonces una discusión ideológica pero el hombre cada vez estaba más pesado y yo terminé diciéndole que se mirara un poquitico, que así rodeado de hombres armados lo que imponía es miedo y que recordaba más a los señores feudales contra los que se decía luchar que a unos revolucionarios de verdad. El comandante se ofendió muchísimo y se fue con sus hombres’. Pero al caer la noche rodearon la casa en la que se alojaba Jairo y sus compañeros, cargaron las armas con gran ruido y apuntaron. ‘Creí que me iban a matar’, dice Jairo, ‘pero bajaron sus metralletas y se fueron por donde habían venido. Sólo querían asustarnos. Esos analfabetos llevan el Capital de Marx pero ni siquiera saben leerlo, y mucho menos interpretarlo…’

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‘Harían falta dos mil años para gastar en cultura todo lo que el estado colombiano ha gastado en el conflicto bélico’, hace cuentas Jairo. ‘Por eso me decidí a poner mi granito de arena’. Según me cuenta, su bicibiblioteca ya ha llamado la atención de la comunidad internacional, un francés le envía dinero para lienzos, le llegan libros eventualmente del interior del país, la gente se interesa. Porque no Jairo no sólo presta libros. Los colegios de la ciudad, agobiados por la falta de materiales y de iniciativas, acuden con sus alumnos para que Jairo les entretenga con su indudable amor por la cultura. ‘Además de conocimiento tienen múltiples alternativas: cine, música, teatro, títeres, una propuesta completa que nada tiene que envidiarle a las grandes bibliotecas del mundo’, me cuenta Jairo con una apasionamiento que crece a cada sílaba. ‘Lo que no ofrece el estado colombiano’, concluye, ‘porque la educación genera bienestar, inclusión y equidad y es el motor capaz de cambiarlo todo’.

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Con el conflicto detenido y los fondos bélicos congelados, Jairo espera algo más del estado colombiano: acción social, dice, universidades, bibliotecas, mejores hospitales, vías públicas, empleo. ‘Que el estado esté presente no solamente implementando bases militares’. Y mientras eso ocurre, Jairo termina su jornada laboral reglada para comenzar otra jornada laboral sin reglar, sin sueldo ni apoyo público. Eso sí, confiesa que ya tiene tres biciobiblios en otros tantos parques de la ciudad, ‘se me unen amigos’, y recuerda que tienen página en Facebook (pincha aquí) para que cualquier alma caritativa les eche una mano. ‘Bicibiblio’, repite esperanzado, ‘con B larga, bicibiblio, allá tienen toda la información necesaria…’

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