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El boulevard Mira de Karaganda ofrece sombra, frescor, exuberancia, verde. Los álamos buscan las nubes mientras que a ras de suelo niños rubios de ojos azules y morenos de ojos rasgados rompen el aire con sus columpios. Karaganda es una gran ciudad de majestuosas avenidas repletas de árboles. ‘Por cada álamo sembrado hay cinco cuerpos enterrados debajo’, contaba la escritora Larissa Zorenko al periodista británico Christopher Robbins. Miro los imponentes árboles, frondosos y agradables, pero ya no los veo igual.

Porque Karaganda, como decía, está llena de avenidas larguísimas, de arboledas, de parques y jardines. De hecho Karaganda es una ciudad disimulada entre ramas. Hay enormes avenidas arboladas, parques frondosos, cuidadísimos jardines, densos parterres, plazas cubiertas con hileras de arbolillos, flores por doquier. Pero ahora miro con aprensión la tierra removida bajo sus raíces. Porque ahí descansan su sueño eterno todo tipo de presos de los gulags: poetas, agrónomos, científicos, ingenieros, delincuentes, macarras, opositores políticos, albañiles, braceros. Es el segundo cementerio que me sorprende y me intimida en la zona, tras el camposanto infantil de Dolinka. Todos igualados bajo la tierra como abono para estos magníficos árboles que ocultan la ciudad… 

Porque detrás de la vegetación hoy están las casas, los restaurantes, las tiendas, la vida. Sin embargo, hace cien años aquí no había nada. Y me cuesta pensarlo porque es una gran ciudad, con avenidas grandiosas, casas señoriales, bloques de apartamentos desvencijados, memoriales y suburbios. Conforme creció la ciudad los árboles más nuevos, quiero imaginar, tendrá un abono distinto.

Cuando digo que no había nada no exagero. La enciclopedia rusa anterior a la revolución de 1917 aseguraba que toda esta región era inhabitable. Que no se podía vivir. Porque es la estepa en toda su inmensidad, sin ríos cercanos, con variaciones de temperatura de hasta ochenta grados, menos cuarenta en invierno, más cuarenta en verano. Así que aquí, en esta larga y señorial avenida en la que estoy, antes no había sino hierba rala sin fin. Más al este está Semipalatinsk, que al menos era una aldea miserable, pero aldea, donde los zares enviaron al mismísimo Dostoievsky a pudrirse por criticón. Pero aquí, insisto, en Karaganda, no había absolutamente nada y ahora se levanta una ciudad de medio millón de habitantes y en permanente expansión.
La zona es rica en minería, sobre todo carbón, y ahí surgió el primer interés y el primer antecedente. En el siglo XIX se construyeron algunas barracas de trabajadores, sobre todo finlandeses, que luchaban contra la mina y contra la climatología a partes iguales pero no fue ni en este mismo enclave ni tenían en mente que se convirtiera en ciudad alguna vez. Cuando la Revolución triunfó, los trabajadores, que formaban parte de una empresa británica, tuvieron que abandonar el lugar. Si lo que había sumaba en total la nada, la partida de los mineros lo dejó en menos de nada. Pero a partir de 1926 los soviéticos pensaron que era tontería dejar esa riqueza abandonada a su suerte en la lejana estepa y comenzó a enviar a los primeros prisioneros. Mano de obra esclava para las minas que levantó también el primer entramado de barracones que conforma el origen de la ciudad (y que curiosamente está a unos kilómetros de la actual). Los prisioneros no eran cualesquiera.

En el museo del Karlag, a unos kilómetros de Karaganda, muestran cómo trataban a los científicos: los de mayor renombre tenían incluso derecho a un precario laboratorio donde seguir sus estudios

Había científicos, botánicos, ingenieros agrónomos, cerebritos que triunfaban con sus ciencias en el lado occidental del Imperio pero que en mitad de un erial que se debatía entre morir helado o abrasado no tenían nada que hacer. 
 
¿Nada?
 
Algo podría hacerse…
 
La estepa se caracteriza por su hierba rala, como he dicho, pero no es que sea estéril. Lo que ocurre es que no hay muchas especies que estén dispuestas a lidiar con diferencias de temperaturas de ochenta grados. Los botánicos presos en los gulags examinaron el terreno, calibraron la cantidad de abono necesario y concluyeron: es un buen lugar para sembrar álamos. ¡Dicho y hecho! Karaganda es un enorme corredor de avenidas interconectadas repletas de álamos. ‘Por cada álamo sembrado’, recordemos, ‘hay cinco cuerpos enterrados’…’ Un dato que es más que una anécdota y que impide que vuelva a ver esos árboles con los mismos ojos.
Porque esta magnífica ciudad, tan llena de plazas con recuerdos a prohombres, estatuas de Yuri Gagarin y de Pushkin, el recuerdo a Nurken Abdirov, el popular piloto soviético que se suicidó estrellándose contra una columna de tanques nazis cuando el avión que pilotaba fue alcanzado fatalmente por fuego enemigo, el hotel donde se alojaban los astronautas soviéticos antes y después de sus viajes al espacio, fue levantada por esos esclavos que, cuando ya no podían poner ladrillos, servían de abono a sus árboles. Esclavos de gulag condenados a trabajar en minas y en la construcción, esclavos que morían de malnutrición porque la comida era escasa, el clima extremo, las enfermedades se multiplicaban y la condena era la vida misma.

Estatua de Nurken Abdirov en actitud suicida

 

En el germen de la ciudad estaba el centro administrativo del Karlag, el rosario de campos de trabajos forzados, los célebres gulags, soviéticos de la región. Algo más al sur está Spassk, el gulag de los extranjeros, algo más al norte está Dovinka, el gulag viviente, con su cementerio de niños abrazados a ositos de peluches… Precisamente ese punto central de todo el Karlag convierte a la ciudad en la base idónea para visitar los espíritus que revolotean por las interminables estepas. Aunque Karaganda merece algo más. Sus alamedas, los bares dedicados a ofrecer shisha, que aquí llaman hookah, la animación de sus restaurantes, invitan a darse un paseo y evocar, siquiera parcial y veladamente, cómo fue esta ciudad hace un siglo, cuando no era ni un proyecto. 

La huella alemana en Karaganda no es difícil de encontrar: por todo el país abundan las tabernas alemanas

 

Porque la ciudad tiene reminiscencias alemanas desde que en plena guerra mundial Stalin enviara al erial que fue cientos de miles de germanos del Volga, que vivían tan ricamente en la parte occidental del imperio soviético. Stalin temía se aliasen con los nazis y antes de tener que exterminarlos a todos, cosa que hubiera hecho sin remordimientos, los envió a la región de Karaganda. ¡Que mueran pero trabajando!. Teniendo en cuenta que algunos de esos alemanes habían pasado años presos en campos de concentración nazis, como Buchenwald o Sachsenhausen, la sospecha tenía algo de mala leche. Pero la guerra es la guerra y antes de arriesgarse mejor pagan justos por pecadores, debió de pensar el georgiano. Cuando el karlag se desmanteló, en los años cincuenta, los alemanes tenían pocas ganas de volver a la tierra que habitaban antes: sus casas estarían destruidas o, en el mejor de los casos, habitadas por rusos étnicos que no se irían tan fácilmente. Así que miraron alrededor y se dijeron: pues aquí mismo.

La variedad étnica es definitiva y los vecinos de Karaganda son rubios muy rubios o herederos de las hordas de Gengis Khan

Así que entre los científicos, botánicos y agrónomos rusos, y los esforzados alemanes, lo que una vez fue un campo de trabajos forzados cedió paso a una ciudad. Una ciudad de esclavos, claro, porque un preso siempre es un preso. Incluso cuando queda libre. El caso es que los alemanes se quedaron aquí hasta la disolución de la Unión Soviética. Y cuando el muro de Berlín cayó y Boris Yeltsin vaciaba botella tras botella y abría la mano, alrededor de cien mil vecinos de esta ciudad, de Karaganda, decidieron marcharse a la tierra de sus ancestros. ¡Cien mil alemanes salieron en estampida! ¡Sólo de esta ciudad! Aún quedan muchos y las tabernas dan buena cuenta de ellos pero la ciudad lo notó de manera decisiva porque pasó de ser la segunda ciudad del país a la cuarta… ¡Estaban deseando dejar atrás la estepa, el frío y el calor, los recuerdos genéticos de sus abuelos, las piedras que hoy lucen bellas pero que levantaron sus antepasados obligados por tipos con metralleta.
Como el Palacio Cultural de los Mineros, un edificio de corte neoclásico pero al estilo soviético que edificaron esclavos. Los esforzados mineros que levantan una roca demencialmente grande podrían ser esclavos ellos también. Bloques de apartamentos, edificios administrativos, carreteras, las vías del tren. El pasado esclavista de la ciudad está presente en los edificios más antiguos. De hecho la ciudad se desarrolló gracias al trabajo esclavo. Y no sólo en este edificio.
Lo más curioso es que con el tiempo los prisioneros usados en la construcción consiguieron su libertad y se instalaron en la ciudad que habían levantado pero el trabajo escaseaba, los macarras más macarras se instalaron junto a los científicos y botánicos y alemanes más laboriosos y convirtieron la ciudad en un infierno de inseguridad. En Karaganda había una vida cultural de primer nivel, con bailarines del Bolshoi, ingenieros de primer nivel, catedráticos de prestigio, profesionales de toda índole que cayeron en las redes del histerismo estalinista. Pero también estaban los macarras más macarras, que el régimen convirtió en jefes de campos y comisarios del pueblo en el interior de los gulags. Cuando todos quedaron en libertad y decidieron instalarse en aquel remoto punto de la estepa cada uno volvió a sus quehaceres habituales. Los ingenieros encontraron trabajo en las minas, los arquitectos remataron la ciudad construida con trabajo esclavo, los artistas enriquecieron la vida social y los macarras formaron terribles pandillas de delincuentes que se dedicaron a hacerle la vida imposible a todos los demás.
Hoy la ciudad es segura y agradable de pasear, con sorpresas como este lago artificial en el parque central que los vecinos de la ciudad usan a todas horas, bien yendo de atracción de feria en atracción de feria o paseando en estos extraños híbridos de coche y barca a pedales…
 
Desde la avenida Bhukar-Zyrau se distingue la chimenea de una antigua fábrica de carbón. Allí, precisamente, surgió la primera ciudad, entre minas subterráneas y barracones helados donde se hacinaban los trabajadores. Aún funcionan, me dice un señor que me ve tomar una peligrosa foto desde la mitad de una avenida, los coches zumban a mi alrededor y me miran como se mira a un loco. La ciudad vieja sigue produciendo carbón aunque muchas de sus fábricas están hoy abandonadas. Los nómadas de un siglo atrás que eventualmente paraban por la zona para descansar alucinarían hoy con una ciudad tan grande. El secreto, les diría yo, está bajo el suelo: en el de allá está el origen del interés en forma de carbón, en el de aquí está el desarrollo en forma de trabajadores esclavos convertidos en abono…