Allí arriba, en el monte Apo, vive Manama, el dios de los dioses, el Zeus de este Olimpo de los mares del Sur, un dios bondadoso al que hay que calmar de cuando en cuando no sea que le dé por enviar temblores y plagas. Dicho así parece el argumento de una de esas películas de aventuras del sábado por la tarde en la que una exploradora de Nueva York termina entre los puños de un gorila gigante. Pero no, es la leyenda con la que los pueblos originarios de esta región, a los que se conoce genéricamente como Matigsalug, explican lo que no podía explicarse de otro modo. Allí arriba, en el monte Apo, vive Manama, el dios de los dioses, y a veces le acompaña Bulan, la imagen antropomorfa de la luna.

Manama es un dios a la antigua usanza, de esos que no hacen sino que crean: el cielo, los mares, las islas, los continentes, los bosques, las criaturas. Y el hombre, por supuesto. Y Manama, en su infinita bondad, creó también unos espíritus, a los que llaman diwatas, que vigilan el buen estado de las cosas: Alemengket, por ejemplo, cuida los nacimientos de los ríos, Gamao-hamao se encargaría de las desembocaduras fluviales, Panayangan los bosques con sus criaturas, Mahomanay se encargó de las montañas y Pamolingan del fuego y las armas. Los espíritus eran tan numerosos que ocupaban medio bosque y casi que era imposible no encontrárselos ni huir de su influjo. Iyakan y Timbabalong eran los guardianes de los cerdos salvajes y de los ciervos, imprescindibles para un buen almuerzo, e Ibabasok el de todas las frutas y verduras comestibles. ¡Cómo obviar al que te cuida el agua y te asegura carne fresca!

Imitar los movimientos del águila filipina es todo un ritual y no hay carroza en la que uno, o varios, eleven los brazos como si sobrevolaran la verde selva…

Los siglos han pasado y el cristianismo, primero, y el islam, después, sustituyeron estos dioses de novela de Salgari por otros que aquí no tienen ni pies ni cabeza. Porque ni Jesucristo ni Mahoma debieron de imaginarse nunca rodeados de playas de aguas cristalinas, selvas densas y fieles de ojos rasgados en taparrabos. Pero algo queda, pienso mientras observo a un muchacho imitar los movimientos del águila monera, la mayor rapaz del país y el emblema nacional de las Filipinas y, sobre todo, de Davao, donde asisto a la celebración en honor de ese dios, Manama, y su explosión de colores y frutas, aunque hoy ya no es más que una fiesta de agradecimiento por la prodigalidad de las cosechas. El águila local que imitan los muchachos es una de las mayores del planeta y solo se descubrió rayando ya el siglo XX porque es un bicho esquivo que apenas sale de las profundidades de la selva. En un principio pensaron que solo comía monos, tan grande es, pero resulta que también come serpientes de gran tamaño, varanos y hasta aves de tamaño considerable, como el calao. Un ave que se dirige a la extinción y que en esta ciudad de Davao tratan desesperadamente de salvar en un centro de rehabilitación y cría. Un ave que los locales adoran tanto que no hay carroza de este extraño desfile que no lleve alguna referencia, un pico, unas alas, la típica cresta.

Un monte tropical en los mares del sur, un ave gigante que come monos, indígenas que adoran un dios que les proporciona frutas, carne y verduras. Solo me falta un estruendoso rayo y un grupo de indios arrojando a la lava del cráter una virgen desollada para verme convertido en Arturo Gordon Pym… Para incrementar el sentido de pintoresco, la leyenda dice que los peregrinos subían a la montaña una noche de luna llena para ver qué había de realidad en ese mito que aseguraba que los diwata, una palabra derivada del sánscrito que se refiere a los espíritus animistas que habitan el bosque, aparecían solo bajo la presencia del satélite en toda su inmensidad. Claro que ya no estamos en esas épocas y el desfile que recorre las calles de Davao tiene más de romería rociera que de peregrinación acabavírgenes…

Sin embargo hablo de un creencia que estuvo muy extendida no solo entre los habitantes de esta zona sino de toda la isla de Mindanao, que es enorme por cierto, y también de islas cercanas, como las Visayas o Cebu, y de islas más lejanas, como Bali, y hasta de la tierra firme más cercana, como Malaisia. Los diwata adoptan forma humana y son extremadamente bellos y sabios, practican artes marciales a la perfección y lo sabían todo, para mayor admiración de los pobres mortales, que solo podían adorarlos y deleitarse con su contemplación. Su poder es tal que los filipinos tienen dos microsatélites con ese nombre, DIWATA, para vigilar posibles catástrofes medioambientales. Los diwata tenían el poder de influir en las cosechas pero también en la salud y la fortuna y era preciso tenerlos contentos si no querías verte en un lío porque lo mismo se portaban bien que mal. 

Cada año en agosto la ciudad de Davao desborda flores, colores, bailes y música estridente que recorre las calles como una serpiente recién almorzada que arrastrara una suerte de flatulencias vivas y alegres. Los coches son ofrendas florales, los tuk tuk rebosan geranios tropicales, la gente parece un bosque gris que asiste estupefacto a una explosión de colores vivos fluyendo por unas calles no menos grises y monótonas. Con las flores dan forma a iguanas gigantes, águilas devoradoras de monos, animales extraños coronados por el inevitable durián, la fruta más hedionda del mundo, con las flores se cubren vehículos de todo pelaje, desde turismos a furgonetas, de autobuses a camiones, no dudaría si alguien me dijera que bajo aquel macizo floral se esconde una tanque a punto de ir a la guerra…

Son asociaciones locales las que adornan los vehículos con fantasías florales, algunas de extrema dificultad, otras algo menos, pero todos con una desbordante imaginación. Entre las representadas lo mismo está la asociación local de LGTB que los funcionarios de la embajada indonesia o el club motero local, pasando por el zoo, el ayuntamiento o empresas de Davao…
Aquí los amigos de la bicicleta…
Esta es la carroza de los empleados del zoo…
Un detalle de la iguana hecha de flores de la carroza del zoo

Y no me extrañaría porque esta isla de Mindanao siempre está al borde del paisaje bélico. Exuberante, sí, pero bélico. La fiesta se llama kadayawan y es una celebración de la vida, de la naturaleza, una tradición que arranca de la alegría que recorría antes, mucho antes, las comunidades tras las cosechas en un clima que, por cierto, repite esas cosechas con cierta regularidad. La celebración sirve además para aunar las culturas y las etnias de este trozo de una isla que es precisamente una explosión de pueblos y verduras. Una explosión tensa, por aquello de bélico, y los carteles así lo anuncian: si ve algo raro, avise a la policía. Los agentes se mueven entre el gentío con cara de agobio, hay militares que observan con cara de guasa a la multitud mientras acarician sus fusiles, incluso los cuerpos especiales se han desplazado al centro de la celebración para evitar que los seguidores del Estado Islámico pongan alguna bomba, aunque el público se arremolina alrededor de los recios comandos para tomarse fotos…

La enrevesada palabra que da nombre al festival, Kadayawan, proviene precisamente de ‘luna llena’, que es lo que significa, ‘dayaw o kadayaw’, un festival que se aprovecha para bailar, cantar, organizar competiciones, montar mercadillos y explotar el color y la alegría. Vienen representantes de los once pueblos indígenas de los alrededores que compiten en juegos tan antiguos que se pierden en la memoria, tiran con cerbatana, saltan como locos, exponen sus artesanías y hasta levantan un pueblo de mentira donde reproducen, cada uno en su rincón, sus viviendas típicas.

Davao no es una ciudad cualquiera: es la tercera más grande del país, con su millón y medio de habitantes y, sobre todo, es la ciudad del actual presidente, Rodrigo Duterte, donde ejerció como alcalde durante muchos años y donde dejó una herencia de seguridad callejera: eso dicen todos, no sé qué decir yo viendo los métodos expeditivos que gasta. Su cara está en los imanes de las neveras, en carteles por las calles, su nombre en pulseras que llevan los militares y policías, su espíritu, como si fuera un diwata de nueva creación, parece observarte desde cualquier rincón de la ciudad. La explosión floral acaba bajo un calor terrible, aplastante, agotador, pareciera que Manama ha enviado un castigo caluroso a sus súbditos. O tal vez no sea Manama y sea el dios de nueva creación. Ese tal Duterte….