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Cuando Roda Mohammed vio morir a su última cabra decidió marcharse. Para qué seguir aquí, pensó, si hace tres años que no cae una gota de agua y ya no hay ni un animal vivo. Así que agarró a sus cuatro hijos y viajó a la capital de su país, Hargeisa. Su marido se quedó, esperanzado como estaba en que la lluvia no podía tardar. ‘No sé qué será de él’, dice mientras vigila que no se le escape ningún niño. Se convirtió entonces en la última capa de una oleada de desplazados anuales. Porque Roda llegó al campo de desplazados de Digaale en 2017 y se unió a los desplazados por la sequía que llegaron en 2016, que ya se habían unido a los desplazados por la sequía que llegaron en 2015, que ya se habían unido a los desplazados por la sequía que llegaron en 2014

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¿Tan lejos queda la sequía? ¡¡Si aquí todo está seco!! El entorno del campo de desplazados es un pedregal desértico, allá a lo lejos el aire se distorsiona con el calor, el cielo azul impoluto, el horizonte está moteado de pequeños tornados. ‘Pues imagine usted cómo está Libisakare’, dice Roda recordando su pueblo junto a la frontera con Etiopía. De hecho muchos de sus vecinos han huido al sur, en lugar de al norte, y campos de iglús de trapo jalonan la carretera que une los dos países. Y esto no ha hecho más que empezar porque, siempre según la ONU, hacia el 2050 la demanda habrá crecido un 40% y un cuarto de la población mundial no tendrá acceso al agua. Uno de cada cuatro habitantes del planeta estará como estos pastores del interior de Somalia, sin tierra a la que volver, sin tierra a la que ir.

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Sólo este año, y hasta mi llegada al campamento, trescientas ochenta personas se habían instalado en este caluroso centro de desplazados construido por dos ONGs, la noruega Norwegian Refugee Council y la danesa Danish Refugee Council, casas de latón, techos de zinc, suelos duros y polvorientos, un calor que se me hace insoportable cuando miro las casas. Pero son casas y no iglús de trapo como los que he visto por las carreteras. Roda es la última en llegar. Hasta ahora. Su drama se une a los que vinieron el año pasado, que fueron ochocientos veintinueve. Y a los que llegaron el año anterior, que suman ochocientos treinta. Y ahí se pierden los registros, que son mentales y a ojo de buen cubero. Los habitantes de este poblado de hojalata están tan desesperados que se lanzan en tromba a investigar qué quiere ese pálido extranjero y qué peticiones hacerle llegar.

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Todos vienen a expresar su frustración por vivir en mitad de un desierto

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La sequía despuebla el campo somalí, expulsa a sus habitantes y mata a los animales. Hay regiones donde ha muerto el 80% de la fauna. ¡¡Mueren de sed hasta los camellos!! Mohammed Hassan Djama trabaja en una ONG alemana y me muestra el campo de desplazados. ‘La ONG noruega les garantiza quince días de trabajo, sobre todo recogiendo y picando piedras, algo que puedan hacer, y luego otros quince días de descanso: las condiciones aquí son muy duras’. Y tanto. Cruzar la calle te garantiza acabar chorreando como si te hubieran puesto un cubo de agua en la cabeza.

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Campesinos de subsistencia y pastores de cabras y camellos, las vidas de estas gentes han dado un vuelco catastrófico porque aquí pasan semanas y meses sin nada que hacer

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Nora lleva ya aquí un año y tiene nada menos que seis hijos. Me lleva a su casa, de lata, por supuesto, y se los coloca todos delante. ‘Hágame una foto’, me pide. Su marido sonríe pero se aleja. No le gustan esas máquinas, me dice. Nora, y su marido, han ocupado esta casa porque el ocupante anterior se aburrió de vivir en mitad del desierto y se marchó a Hargeisa, apenas a seis kilómetros. Nora deambulaba de casa en casa, con sus seis hijos y su marido, y le faltó tiempo para meter la cabeza. ‘Todo se nos ha muerto’, me dice con cara de circunstancias, ‘las cabras, los camellos, las ovejas… todo, todo muerto por falta de agua’. Sin agua los cultivos no crecen. Y sin dinero el agua no brota.

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Nora en la puerta de su casa, Nora en el interior de su casa… y con ella sus seis hijos…

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‘Nos cobran dos dólares por llenar las cisternas’, me cuenta Hassan Omar, que toma la voz cantante como portavoz, muy ofuscado mientras recuerdo que el precio es el mismo del peor campo de refugiados del mundo, a unos kilómetros de aquí. Porque no hablamos de cualquier cosa sino de una sequía que tiene en estado de alerta a una región que vive permanentemente en estado de alerta precisamente por sequías. Ya no es sólo que no llueva y que se muera el ganado y que la gente se desplace por cientos de miles, desde Sudán del Sur al sur de Somalia y hasta norte de Kenia. Es que la tierra está arruinada y no hay muchas esperanzas de que vuelvan a sus antiguos hogares alguna vez. En algunos pueblos los médicos no pueden más. Muchos somalíes del sur han huido hacia el campo de Dadaab, en Kenia, asegurando así que el campo de refugiados más grande del mundo lo siga siendo por muchos años.

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Los primeros vecinos de este barrio de casitas de hojalata llegaron en 2013, me cuenta Hassan Omar, quien toma la voz cantante, pero conforme pasan los años sin llover las llegadas se multiplican y se aceleran. Sólo entre noviembre de 2016 y abril de 2017 llegaron a Hargeisa casi diez mil personas que se unieron a los muchos miles más que vienen llegando desde 1991. State House, Camp A y este de Digaale son los principales, pero hay muchos más. En Digaale no sólo están los noruegos: SOS Children tiene aquí un programa para fortalecer los lazos familiares, los daneses han colocado un sistema de lámparas solares, la bandera de la Unión Europea aparece pintado en las paredes…

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Llenar los depósitos de agua cuesta dos dólares

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‘En Somalilandia no hay islamismo radical, no hay piratas, se respeta la democracia y se recibe con honores a los extranjeros’, dice Mohamed, ‘pero la comunidad internacional nos ignora, no nos invita a las cumbres, nos niega la pertenencia a organismos internacionales y a los préstamos del FMI y el Banco Mundial’, menea la cabeza abatido, ‘en cambio al resto de Somalia se le presta ayuda y se le recibe en todas partes a pesar de que es una sucursal de Al Qaeda y que no hay quien entre porque te pueden matar’, me mira a los ojos, ‘dígame, ¿es eso justo?’. Pues muy justo no parece, sobre todo cuando el islamismo radical campa a sus anchas por toda Somalia a excepción de esta región. ‘Pero quién sabe’, suspira, ‘todo puede cambiar…’ Un ejemplo: los esfuerzos de la FAO dan sus frutos en el área de Mogadishu pero aún no se han acercado a Hargeisa. Y otro ejemplo de que todo puede cambiar: Ahmed Abdi Godane, el que fue emir del grupo terrorista Al Shabaab, un extremista convencido de imponer a sangre y fuego la sharía en toda la región, responsable además del infierno en el que se ha convertido Mogadishu, nació cerca de este campo, en Hargeisa, la capital de Somalilandia

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En el bar del pueblo me invitan a un té con leche de camella. Digo el bar por decir algo. Un tenderete que protege del sol alberga a un grupito de hombres que toma té de forma autómata, esperando no se sabe qué. Fuera el calor es criminal. Pero al menos ya tienen un edificio a modo de mezquita y un colegio. Hasta hace poco los niños no podían ir a ninguna parte más que al desierto. Sahra Abdi dejó a sus hijos en otro campo, el de Mohamed Moge, impulsado por la ONU en la ciudad de Hargeisa, porque al menos allí tenían colegio. ‘Ahora no quieren volver’, se lamenta, ‘la ciudad es la ciudad…’. Pero no sólo la ciudad es la ciudad: Digale es Digale. Asha tiene nueve hijos y se queda amargamente: ‘no cabemos en la casita que tenemos, estamos todos en una sola habitación, y es de agradecer que vengan de tan lejos para darnos algo, pero’, me insiste, ‘al menos deberíamos tener tres piezas…’.

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