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Parvati, la esposa del dios Shiva, pidió a su hijo Ganesha que vigilara la puerta de su toilette mientras tomaba un baño. El pequeño era tan responsable que se cruzó a su padre, el temido Shiva, y le prohibió la entrada. Shiva, que es todo cólera y furia y tremendos enfados, le cortó la cabeza sin saber que era su propio hijo. Parvati, como cosa rara, se afligió lo indecible cuando vio a su hijo decapitado y Shiva, que a pesar de aglutinar todas las fuerzas chungas del universo tenía su corazoncito, le prometió resucitarlo con la cabeza del primer tipo que pasara. ¡Y el primer tipo que pasó no fue un tipo sino un elefante!

Desde entonces el pobre Ganesha recuperó la vida pero a costa de pasear una impresionante cabeza de paquidermo por allá por donde vaya. Tal vez por su triste comienzo en el panteón hindú Ganesha es uno de los dioses más queridos, una deidad que lo mismo soluciona problemas que patrocina las artes o las ciencias.

El barrio XVIII de París bulle hoy de colores pastel, de hombres semidesnudos y mujeres coloridas. Huele a incienso, a azafrán y curry, los bares venden lassi y en las esquinas han montado tenderetes que ofrecen saris, dhotis y lungis. El barrio de la Chapelle tiene reminiscencias a Delhi, a gentes de la antigua Ceilán, a dioses hinduistas. Son varias decenas de miles de acólitos del dios de la cabeza de elefante. Es la vigésimo segunda ocasión en la que la comunidad de hindúes sale a la calle a celebrar esta festividad.

Hay quien lleva un fuego en la cabeza donde arde incienso, para asombro de los niños, hay quien gira mareado con un pequeño altar sobre sus hombros, las mujeres arrastran una carroza con una enorme maroma. La primera lleva al dios del día, a Ganesha, dos filas de tipos en taparrabos tiran de ella con unas cuerdas que son la némesis de otra carroza, que va detrás, con el dios Kartikeya, de la que tiran dos filas de tipas. Mucho color, cocos que alfombran el camino como símbolo de la esperanza y de todo lo bueno que está por venir, familias enteras vestidas de gala colorean las avenidas del norte de París.

La solemne procesión toma la calle Marx-Dormoy, cruza el puente del metro y enfila proa hacia el templo Sri Manicka Vinayakar Alayam, de la calle Pajol, cinco horas de desfile bajo un sol bramánico que deja tras de sí efímeros charcos de agua goteada desde frentes sudorosas. El nombre de las calles y el del barrio no son anecdóticos: es el lugar donde la comunidad hindú de París ha encontrado acomodo: tanto que le dicen Little India. Y Little India en fiestas es un remedo del golfo de Bengala: los tenderetes venden saris, lasis, arroz de Ceilán, canales de televisión hindúes retransmiten en directo, huele a hierbas aromáticas. Tan solo la arquitectura me recuerda que estoy en París.

Sólo en la región de Ile de France son unos 40.000. Los primeros grupos en instalarse fueron indios que llegaron en la década de los cincuenta tras la independencia de la India pero el impulso les vino más tarde, cuando tamiles procedentes de Sri Lanka, muchos de ellos huyendo de la guerra que azotaba el país en aquel momento, se les añadieron como vecinos.

Han pasado años y hasta la guerra ha pasado también pero entre tanto y tanto se quedaron a vivir en Francia alrededor de cien mil tamiles de Sri Lanka. Encontraron acomodo en los alrededores de la Gare du Nord, la estación de ferrocarriles del norte, donde montaron su templo y dieron origen a esta curiosa procesión. ¿Y por qué la estación del Norte? Porque aquí paraban y de aquí partían los trenes a Londres, aquí esperaban que se dieran las condiciones adecuadas para cruzar el canal de la Mancha, y aquí muchos terminaron encontrando acomodo o emigrando según Inglaterra endureciera o suavizara las condiciones de entrada. Y según también conocieran a alguien que les ayudar a buscarse las habichuelas.

Claro que en este barrio, y en los del norte parisino en general, también viven muchos musulmanes. Y los tiempos no están para bromas. Agentes de la policía cortan las intersecciones, bloquean los accesos, vigilan a la multitud metralleta en mano. Los vecinos se asoman a las ventanas para tomar fotografías con sus teléfonos móviles: veo una familia rubia, varias subsaharianas, magrebíes, asiáticos. El barrio es un canto racial. Negro, amarillo, sonrosado, blanco marmóreo. Hay cabezas de todos los colores. Pero hoy es el día del que no tiene. De Ganesha, el dios con la cabeza de elefante.