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Un guaraní de Cádiz por Hachero

 

El 20 de enero de 1516 un adolescente del Puerto de Santamaría llamado Francisco bajó a tierra recién descubierta junto al capitán de su barco sin saber que dejaba atrás su condición de cristiano para siempre y jamás. Embarcado como grumete, el joven soñaba con descubrir tierras nuevas y emular a los pendencieros que escuchaba cada día en las tabernas de su ciudad pero cuando quiso darse cuenta era prisionero de unos indios que nunca habían visto a un español y que lo vieron como todo un exotismo. Tuvo que esperar diez años para volver a ver a un paisano pero llevaba tanto tiempo viviendo como un guaraní que se sentía más identificado con ellos que con sus propios padres.

Francisco soñaba con embarcarse en una de esas naves que veía en los muelles del Puerto y de las que escuchaba ecos que contaban maravillas de unas tierras recién descubiertas. Un buen día se presentó en Sanlúcar de Barrameda, de donde tenía planeado zarpar Juan Díaz de Solís, un lebrijano que tenía fama de ser el mejor piloto español, y le pidió unirse en la aventura rumbo a lo desconocido. Francisco debió apellidarse Fernández porque no consta en la relación de tripulantes ningún otro con ese nombre, y además así lo dice el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, en su ‘Historia general y natural de las Indias’:

…y aquel río entra por muchas bocas, haciendo muchas islas y a una de ellas pusieron el nombre Isla Francisco del Puerto; porque un hombre así llamado y natural del Puerto de Santa María en España, que es a dos leguas de Cádiz, le hallaron allí en aquella isla, que le había dejado Johan Diaz de Solís, cuando descubrió aquel río, y se quedó él, siendo grumete y le habían criado los indios, y sabía ya la lengua de ellos muy bien: el cual fue útil y conveniente a los cristianos.

 Un guaraní de Cádiz por Hachero

Después de escuchar exageraciones en cantinas y plazas, el joven portuense tuvo lo que tanto soñó: bordeó la costa del Brasil, conoció Punta del Este y hasta formó parte de la primera expedición occidental que navegó por el río de La Plata, al que llamaron ‘Mar Dulce’. Si lo que pretendía era vivir aventuras, Francisco superó a todos los mequetrefes de taberna: aislado en tierra desconocida, asesinados sus compañeros por unos indios que, además, se los comen, obligado a transformarse en guaraní. Una década después, otro explorador, el italiano Sebastián Gaboto, lo encuentra cuando recomponía los pasos de Solís buscando el fin del continente. El portuense, es de suponer que alegre por el reencuentro con los suyos, le confiesa que aquella zona recibe visitas de occidentales con cierta frecuencia. Así, según Gaboto, Francisco relató la llegada de una armada portuguesa al mando de Cristóbal Jacques, quien prometió volver. La vida de Francisco es un completo misterio, incluso el por qué los visitantes no se lo llevaron de vuelta. Amadeo Soler, originario de la zona donde vivió el portuense, recupera sus recuerdos en Cuentos de Sancti Spiritus.

Vivía con mis padres en el Puerto de Santa María, cerca de Cádiz y, atraído por las conversaciones que corrían acerca de la conquista de las Indias, tuve noticias de una escuadra que andaba por la costa a cargo de un renombrado piloto del reino llamado Juan Díaz de Solís. Sentía el irresistible deseo de embarcarme en algún viaje plus ultra. (…)

(…) Entramos en el gran estuario de aquel río que denominamos mar dulce, internados en el cual vimos en la costa muchas casas de indios cuyos habitantes nos hacían señas para que descendiéramos. Confiados en esas expresiones amistosas, bajamos en un lugar con la esperanza que allí encontraríamos víveres frescos. (…) No bien pusimos los pies en tierra, y sin darnos tiempo para asumir cualquier tipo de defensa, los indios se nos echaron encima ante el estupor de los que habían quedado en las naves contemplando la escena, impotentes de acudir en socorro. Ellos vieron cómo fueron masacrados en tierra sus compañeros, inclusive su capitán, y poco después se alejaron de la costa.

(…) Se apoderaron de mí y me llevaron en seguida para sus casas, de modo que no fui testigo del desenlace de aquel ataque. Según supe ahora, al encontrarme con mis ex compañeros Melchor Ramírez y Enrique Montes los indios se dieron un festín de carne humana comiéndose a los cristianos muertos. De acuerdo con lo que la tripulación pudo divisar desde lejos, en el sitio del suceso hubo apresto de fogatas y humos y algunos expresan que vieron claramente con la ayuda de catalejos el comienzo del banquete. (…) Diez años han pasado desde aquella fecha aciaga para los conquistadores y aquí me tenéis después de haber convivido con los naturales cuyas costumbres he asimilado, mientras he tratado de que ellos se aviniesen a las mías. (…) 

guaraní de Cádiz por Hachero

Referencias

Gonzalo Fernández de Oviedo, en su ‘Historia general y natural de las Indias’, Madrid, Imprenta de la Real Academia de la Historia, 1852.

Amadeo Soler, Cuentos de Sancti Spiritus, hoy Puerto GabotoPuerto Gaboto, Rosario, 1985