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Están por todas partes: en las barandillas de los balcones, coronando campanarios de iglesias, ondeando en las astas consistoriales, colgadas entre fachadas, a modo de pendones, de emblemas, de símbolos. Las hay grandes y pequeñas, ostentosas y tímidas, hay quien las lleva con orgullo en la solapa de una chaqueta, quien se envuelve en ellas como tacos mexicanos, las he visto en gorras, en viseras, bordadas en pantalones, en pegatinas colocadas de cualquier modo sobre una chaqueta, pegadas en los capós de los coches, en las ruedas de las bicicletas. Son las esteladas que alegran cualquier foto con sus colores chillones, no aptos para daltónicos.

Sin embargo, no son todas iguales: hay diferencias. Todas coinciden en el grueso del cuerpo: cuatro barras rojas paralelas que alternan con barras amarillas, el elemento común de la bandera oficial, la senyera. La diferencia está en el triángulo que preside la insignia si la ponemos en vertical o en el triángulo que parece actuar como cremallera si la colocamos en horizontal. ‘Es la mejor muestra de la transversalidad’, me dice un caballero en una protesta. Y miro la bandera buscando esa transversalidad. ‘Mire usted ese balcón’, afina aún más, ‘hay esteladas con la estrella blanca sobre un fondo azul y las hay rojas sobre un fondo amarillo’. Cierto, pienso mientras estiro el cuello hacia el negro de la noche de Berga, uno de los municipios más independentistas del universo catalán.

‘Una es la estelada blava y la otra la estelada vermella’. ¿Y qué tiene que ver la dichosa transversalidad con todo esto? ‘Pues que probablemente en ese balcón viva un señor mayor que ha votado toda su vida a CiU y algún hijo que se considera más de izquierdas: las diferencias políticas se aparcan porque ante todo está el proyecto de país’. ‘Ahora vamos todos juntos, luego ya veremos lo que hacemos’, me dice Angels en una pegada de carteles en Barcelona. ¿No le parece un acto contranatura estas asociaciones entre anarquistas antisistema con burgueses de toda la vida? ‘Pues hijo, así es, pero antes que nada estamos construyendo un país, cuando se alcance el objetivo ya tendremos tiempo de ponernos cada uno en nuestro sitio’. Entonces, ¿la estelada con el triángulo azul se asocia más a los conservadores y la que tiene la estrella roja a los izquierdistas?. ‘Ahora mismo todas me representan pero cuando alcancemos el objetivo cada uno volverá a la suya y ya veremos cuál se impone definitivamente’.

Así pues, si he entendido bien, todos luchan al unísono por conseguir un objetivo común: la independencia. Visto así la transversalidad es un logro que une agua y fuego y que en los oponentes genera tantas chanzas como envidias: Inés Arrimadas, también catalana (pero nacida en Jerez y opuesta al independentismo) habla de transversalidad y pide un gobierno transversal con socialistas y populares por un objetivo también común pero contrario: la no independencia. Incluso el PSOE, a través de Pedro Sánchez, habla de transversalidad. Pudiera ser un efecto colateral de un conflicto desquiciante: todos transversales. Es lo mismo que decir todos sin matices: o blancos o negros, ya discutiremos los grises más tarde. Trato de imaginar entonces ondeando juntas en un mismo balcón la rojigualda constitucional con la rojigualda del águila y la republicana. Agito la cabeza: no sé por qué pero no lo veo…

Como también me cuesta trabajo vislumbrar la transversalidad más allá de los balcones y las banderas. Es decir: la transversalidad entre políticos. ¿Hasta qué punto es transversal la formación política que ha gobernado Cataluña en los últimos años, conocido como Junts Pel Sí (Juntos por el Sí)? En principio lo es porque el presidente pertenecía a PdeCat, el Partido de Cataluña, que son los conservadores catalanes, el vicepresidente a Esquerra Republicana, que son de izquierdas, y los de la CUP, que son anarquistas antisistema, se les unieron para conseguir ese objetivo común. ¡¡Qué mayor transversalidad!!

Pero me planteo la duda de que la unión de políticos más allá de las banderas no venga impuesta por una huida hacia adelante: El PdeCat es heredero de un partido político conservador llamado CiU, Convergencia i Unió, que implosionó debido a sus casos de corrupción y cuyos integrantes supuestamente enarbolan la independencia como un reclamo político que antes no era más que un discurso de intenciones. Esquerra, por su parte, tenía algo más que un discurso: tenía un proyecto independentista que ha cultivado concienzudamente en amplias capas de la población, desde estratos sociales de base a colegios, barrios y áreas de participación ciudadanas.

La corrupción empujó a los burgueses de la extinta CiU a manos de la laboriosa Esquerra. Pero faltaba un componente para completar la transversalidad más allá de las banderas: la Cup, la Candidatura d’Unitat Popular, los escaños que precisaban para aspirar a una mayoría soberanista (que resulta legalmente insuficiente, por otra parte). Y la Cup no actúa por discurso, como la antigua CiU ni por proyecto laboriosamente trabajado con perspectiva de futuro a medio plazo, como Esquerra. La CUP lo quiere todo y lo quiere ya. Es un movimiento asambleario que trabaja por un país independiente, socialista, ecológicamente sostenible, territorialmente equilibrado y desligado de las formas de dominación patriarcal (según su ideario). Así que el Discurso se asoció al Proyecto y ambos se aceleraron por la Urgencia.

‘Correcto el análisis pero no tienes en cuenta el sentimiento de la gente’, me dice Manuel, un barcelonés independentista que escucha emocionado cantar a Titot en el centro de la ciudad. ¡Cómo no tenerlo! He visto pueblos vacíos en el interior de Cataluña donde apenas algún anciano camina dificultosamente por calles en las que, eso sí, no faltan las esteladas, de estrellas blancas sobre todo. En Llivia, un exclave catalán ( y español, o viceversa), las esteladas recuerdan que Francia no controla todo su perímetro; en Pontons, el único pueblo gobernado por el PP en toda Cataluña, tres esteladas acechan desde los balcones; en Berga las esteladas, de toda suerte, las pintadas, cartelería, movilización confirma su fama de epicentro independentista. La estelada domina el horizonte catalán y acorrala los tímidos intentos sus detractores. El sentimiento base del independentismo se ha acelerado en los últimos años y se ha multiplicado de forma tan estentórea como las banderas en los balcones. Pero no puede separarse del Discurso, del Proyecto y de la Urgencia, y eso deja fuera a muchos balcones, que no lucen enseña alguna. ‘Hay un sentimiento entre los independentistas de que este es el momento, no antes ni después’, continúa, ‘nos sentimos ya preparados sin importar lo que digan los políticos’.

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La enseña original, la senyera, sobre la que se basan las demás, tiene, si nos atenemos a la leyenda, doce siglos, desde que un tipo llamado Wilfredo el Velloso tras librar una sangrienta batalla pidió al rey Luis II una bandera y el monarca, viéndolo tan maltrecho, mojó su mano en la sangre del vasallo y pasó cuatro dedos sobre su escudo dorado: ‘aquí tienes tu bandera’, le dijo.  Como leyenda está entretenida aunque muy discutida. Otras leyendas dicen que no viene de tan lejos ni es tan épico sino que proviene del conde de Barcelona Ramón Berenguer IV quien al contraer matrimonio con la reina de Aragón, Petronila, la convirtió a su vez en la bandera del reino de Aragón. Fuera como fuera, tras el desastre de 1898, Vicenç Albert Ballester, un exaltado político de la Unión Catalanista que firmaba con un ‘Muera España’, se inspiró en las banderas de Cuba y de Puerto Rico para crear una enseña que compitió en la campaña autonomista de 1918 y, posteriormente, se declaró bandera oficial de la República Catalana en un acto simbólico que tuvo sede en La Habana, en Cuba.

Ballester decía que el azul era el mismo cielo y que la estrella blanca representaba la libertad: tal vez por ser la primera es la más extendida y la verdad es que no parece que moleste a los izquierdistas: hay banderas con el triángulo azul en las fachadas incluso de las sedes de Esquerra, de ayuntamientos en manos de la CUP, en bares con ambiente subversivo. La estelada roja, por su parte, apareció en la década de los años setenta, promovida por el Partit Socialista d’Alliberament Nacional, como una aspiración a un estado independiente y socialista. Por si la variedad no fuera suficiente, también hay esteladas con el triángulo verde, para los ecologistas, con el triángulo rojo, para los comunistas, con el triángulo negro y la estrella convertida en un sol rojo, para los anarquistas… Incluso las hay blaugranas, para los seguidores del FC Barcelona, verdinegras para los del Joventut de Badalona, y una que en lugar de una estrella tiene todas las estrellas de la Unión Europea.

En el puerto olímpico de Barcelona ondean dos esteladas: la azul y la roja. Y ondean en los mástiles de dos embarcaciones de recreo atracadas en el puerto deportivo. Sólo veo yates de muy alto nivel. Pero ahí están las dos banderas. La roja y la azul. Supongo que no hay mayor transversalidad que esa…