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Un cortejo mortuorio interrumpe la tranquilidad de la Catedral de la Sagrada Trinidad de Adis Abeba. Las lágrimas de una mujer agarrada a la ventanilla del coche fúnebre, su rostro desfigurado en un llanto mudo. La imagen del occiso enmarcada en una fotografía antigua. El séquito circunspecto, imperturbable, solemne. El funeral se oficia a las mismas puertas de la catedral donde duerme su sueño eterno el Rey de Reyes, el Negusa Negast, emperador de Abisinia, Padre de África.

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¿Y quién es este hombre que ha atraído a masas de abuelos llorosos? La suerte ha querido que el fallecido encuentre descanso eterno el mismo día que se conmemora el regreso del emperador Haile Selassie del exilio, setenta y seis años antes, un día en el que multitud de viejas glorias de los ejércitos etíopes deambulan por la ciudad uniformados y cargados de medallas. Pero la distancia entre ambos personajes, Haile Selassie y el occiso, no puede ser mayor. ‘Es Assefa Chabo’, me comenta un abuelo a mi lado, ‘y lo han envenenado’. No doy crédito. ¿Envenenado? ¿Está usted seguro? ‘Sin duda’, me responde, ‘ha muerto en los Estados Unidos envenenado por su oposición al gobierno’. Miro entonces a su viuda, envuelta en un halo místico, miro a los abuelos que lloran a moco tendido, miro su fotografía atrapada en un marco de madera marrón. ¿Quién es Assefa Chabo?

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Para la historia permanecerán dos realidades enfrentadas. Por un lado, Assefa Chabo fue un opositor del gobierno de Haile Selassie que fundó un partido de nombre inverosímil: Lucha Revolucionaria de la Gente Etíope Oprimida. Por otro, Assefa Chabo fue un genocida condenado como tal por la Corte Suprema de las Naciones del Sur, Pueblos y Nacionalidades de Etiopía por la ejecución extrajudicial de cientos de estudiantes a finales de los años setenta. Esto último, y según sus seguidores, una mentira como la catedral que lo acoge ahora en su seno. Sin embargo, y según el gobierno, un delincuente que había huido a los Estados Unidos para evitar ser encarcelado.

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Lo cierto es que el señor Chabo comenzó a forjarse un nombre en los años sesenta, cuando era un estudiante marcado por el marxismo que evolucionó a un intelectual destacado en la defensa de los etíopes del sur. Y ahí parece que empezaron sus problemas. Porque el señor Chabo se destacó en la defensa de los ariscos oromos y lo que en un principio le granjeó la amistad de los golpistas que acabaron con el imperio de Haile Selassie terminó por llevarlo a la cárcel acusado de liderar una guerrilla independentista. Y ahí se pierde el rastro de la verdad. ¿Fue el señor Chabo parte de un gobierno que asesinó a más de medio millón de personas? ¿Ordenó ejecutar a tantos estudiantes como para ser considerado un genocida? ¿Y entonces por qué el gobierno de Mengistu lo encarceló once años en la repugnante prisión de Ma’ekelawi? ¿Y por qué huyó cuando lo juzgaron si era miembro de un gobierno de transición? ¿Era inocente? ¿O era culpable?

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Llueve en Adis Abeba y las lágrimas de los abuelos marxistas de los años setenta se mezcla con el agua del cielo. ¿Llorarán las nubes por un revolucionario oromo? La multitud se arremolina en torno a su féretro, los paraguas iluminan el escenario con sus coloridas alusiones a la bandera nacional, los religiosos parecen aburridos. Pero no lo están. De hecho están muy atentos. Han venido medios nacionales, televisiones, fotógrafos. No en vano era un personaje de una época que muchos etíopes aún no se atreven a calificar. ¿Era tan malo Haile Selassie? ¿O era bueno? ¿Fueron tan asesinos los marxistas del Derg? ¿Murió tanta gente? Una señora aparece envuelta en una bandera etíope, rojo-amarillo-verde, la efigie del mítico emperador estampada en la tela, su sola presencia hoy parece un desafío. Pero es que a pocos metros yace el cuerpo de ese mítico emperador. ¿No había otro lugar donde enterrarlo?.

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Assefo Chabo fue un abogado metido a político en una época difícil, un escritor que flirteó con los militares sublevados hasta que se cansaron de él y lo encarcelaron. Sus escritos, discursos y narraciones quedaron entonces suspendidos en un limbo que sólo rompió al salir de prisión. Y salió porque el régimen marxista terminó de mala manera. Assafo era tan conocido por su lucha política que el nuevo régimen lo incorporó a sus cuadros para la transición de una dictadura a una democracia. Pero, y así entre nosotros: era mentira. El régimen nuevo no era demócrata sino la oposición izquierdista a Mengistu. Assefa, dicen sus seguidores, sospechaba que podría volver a la cárcel donde pasó once terroríficos años y le faltó tiempo para huir. En un rincón un señor permanece agarrado firmemente a una fotografía del señor Chabo. Llora e hipea.

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¿Quién sabe? Tal vez fuera un genocida y estos abuelos que me rodean sean compinches de terribles crímenes, cómplices de algún modo del régimen estalinista que acabó con un imperio de más de tres mil años. O tal vez no. Y entonces estos seguidores, abuelos y abuelas los que menos, sean los antiguos idealistas de este país. La viuda permanece hierática y hasta pétrea ante la puerta de la catedral. Su rostro mira lejos, y me temo que no tanto en la distancia sino en el tiempo. El portavoz de la familia realiza todo un panegírico del señor Chabo ante su féretro: recuerda sus pasionales escritos, sus comentarios en las redes sociales que seguían miles de etíopes desencantados, su natural bondad. ¿Su natural bondad? ¡Quién sabe! Llueve con más fuerza y el zaguán de la catedral se empequeñece ante la masa humana que busca cobijo.

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Los últimos años de Assefa Chabo fueron un compendio de soledad, nostalgia y ciberactivismo político. No volvió jamás a Etiopía, aunque lo anhelaba sinceramente porque deambulaba como alma en pena por los EEUU, donde vivió en once estados, recordando su país natal. Por supuesto negando siempre que perteneciera al Derg. ‘En once años encarcelado nadie me preguntó jamás por eso’, dijo en una entrevista cuando le preguntaron por su condición de genocida. En el país surgieron sospechas y hay quien dice que el gobierno usaba los juicios del Terror Rojo como arma política para silenciar a sus opositores. Fuera como fuera, Assafa Chabo murió solo y sus seguidores, que tenía muchos, lo supieron solo días después. Su muerte propició su mayor ilusión en vida: volver a Etiopía.

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A mi lado un señor grita como enloquecido, la boca muy abierta, los ojos desorbitados. Los dolientes salen de la cripta donde reposará su sueño eterno. Otra paradoja. Porque Assafo Chabo reposa entre sus enemigos de juventud, a pocos metros del Emperador de Abisinia y Rey de Reyes, Haile Selassie, y a pocos metros del gobierno en pleno del Emperador de Abisinia, fusilado inmisericordemente por los golpistas poco antes de asfixiar al mismísimo Rey de Reyes con una almohada. Salgo del funeral de un desconocido rodeado de dolientes que, misteriosamente, ahora sonríen y se abrazan. También la viuda del señor Chabo, y hasta su hermano, vestido con un llamativo poncho blanco. El sol sale de pronto y la multitud se dispersa. El señor Chabo ya es historia, como lo es el Derg, los ministros de Haile Selassie y el mismísimo imperio de Abisinia.

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