Ibrahim salió de su hogar con lo puesto y tres años después todavía no ha vuelto. Atrás dejó todo, todo lo que a uno lo caracteriza, sus libros, su ropa, su cepillo de dientes, sus fotografías. ‘No quería que nadie sospechara’, me dice mientras sus amigos cantan a voz en grito. Y comenzó a caminar hacia el norte, sin saber siquiera dónde estaba el norte. ¿Y por qué se va así, sin decir ni adiós, sin una maleta, de tapadillo? ‘Porque aquello es invivible’, me dice. ‘Por favor’, susurra, ‘no vaya a poner mi nombre en ninguna parte’. ¡Y cómo te llamo entonces! El muchacho mira al cielo, de fondo suenan los ululueos de las mujeres de la comitiva, los cantos y las palmadas de los muchachos, la guasa de los cairotas que coinciden en el parque. Un egipcio se empeña en convertirse en protagonista, canta en árabe a voz en grito, las egipcias que cotillean se parten de la risa, los eritreos sonríen con caras de póker, el tipo está reventando la celebración sin ningún pudor. De pronto una chica egipcia también canta y da palmadas, el ambiente es de guasa. El novio parece en una nube, la novia tiene un punto de asustada, Ibrahim me deja un momento, ‘la boda…’, se excusa mientras se una la comitiva de cantores…

Los eritreos siguen a lo suyo, cantan canciones tradicionales, la novia parece en una nube: de hecho está radiante, con toda esa parafernalia de joyas habesha (o abisinios), prácticamente iguales a los de una boda etíope (o eso me parece a mí…), la camisa larga y sensual, hecha de algodón blanco, como el pañuelo que lleva sobre los hombros y que le tapa ligaremente el pelo, un pañuelo llamado Netela, puedo imaginar las fotos que les entregarán en su álbum de bodas.

Así imagino el álbum de fotos de la pareja…

Las cruces están presentes en los bordados, morados y a juego del futuro marido, que también lleva sus enrevesadas cruces coptas en su inmaculado traje blanco. Son cristianos, como dos de cada tres eritreos, y nunca falta un crucifijo al cuello ni una reivindicación ante la imparable ola del Islam. Y aquí la imparable ola se convierte en un grupo de curiosos que se pasan de graciosos.

Las damas de honor, embutidas en sus vestidos ceremoniales, semiluna dorada sobre el entrecejo incluida, pierden la sonrisa pero es de quita y pon y pronto la recuperan. ‘Siempre es así’, me dice otra vez el tal Ibrahim, ‘nos desprecian mucho y hacen de la ceremonia un motivo para la broma’. El videocámara da vueltas intentando no encuadrar al público creciente pero es imposible. Todos somos curiosos, ¿cuándo voy a ver otra vez una boda eritrea’, me pregunto, pero alguno se pasa claramente. Ibrahim me dice que salió de Asmara, la capital de Eritrea, sin saber a dónde iba y que su íntimo amigo cogió otro camino y terminó en Etiopía. ‘No quería ir al ejército, te convierten en un esclavo y puede que hasta te quiten algún órgano’. ¿Algún órgano? ¡Pero de qué me habla usted! ‘A veces los militares se llevan algún recluta y le quitan los órganos’. Lo miro con suspicacia. Pero lo tiste es que ocurre. Hay oficiales que trafican con los órganos de los soldados y ganan mucho dinero. También hay contrabandistas que te cruzan el desierto a cambio de un riñón o que descuartizan a sus clientes para quitarles hasta las criadillas.

Durante años los jóvenes eritreos han huido de su país para evitar el ejército y al tiempo la obsesión de su presidente Issayas Afeworki de comenzar una nueva guerra con Etiopía. Todo por la patria, decía el tal Issayas, la mili debe ser obligatoria e indefinida: sabes cuándo entras pero no cuándo sales. La cosa mejoró en julio de 2018, cuando los dos países alcanzaron un acuerdo que evita la guerra de momento. Sin embargo, nada cambió en Eritrea: los jóvenes siguen huyendo de la esclavitud que les pide su líder supremo. El problema es gordo: el país se está quedando sin jóvenes y el éxodo, lejos de frenarse, se acelera. ¡Cómo no serán las cosas para que se arriesguen a una travesía mortal! Cruzan desiertos, países en guerra como Sudán del Sur, se enfrentan al racismo de los árabes al norte, a los piratas y a los desiertos del sur, al mar al este. Si consiguen llegar a Libia para dirigirse a Europa serán esclavizados, explotados, torturados y muchos de ellos asesinados. Si tienen suerte conseguirán hueco en un barco mugriento que probablemente se hundirá en el Mediterráneo.

‘No hay nada que hacer en Eritrea, es un país muerto’, me cuenta un joven eritreo en Harar, al norte de Etiopía mientras me enseña su mayor orgullo: un crucifijo que cuelga de su cuello. Ninguno de esos críos que huyen desierto arriba y abajo, selva abajo y arriba, ha vivido la guerra contra Etiopía de hace ya casi tres décadas, cuando los eritreos se independizaron de Adis Abeba y los dejaron sin salida al mar. La guerra fue de aúpa, duró tres décadas y de cuando en cuando saltan incidentes que hacen presagiar un rebrote porque Etiopía tiene sed de mar. Afeworki endureció aún más su carácter de dictador implacable que debió aprender de Mao Zedong en los años sesenta, cuando militó nada menos que en el Ejército Rojo y puso los cimientos de su visión del mundo: la revolución cultural china sería su camino. Desde que consiguió la independencia de Eritrea, tras dirigir una lucha armada liderando el Frente para la Liberación de Eritrea, Afeworki se ha enfrentado al Yemen, ha tenido escaramuzas con Sudán, se ha enzarzado en frecuentes disputas verbales con los Estados Unidos, ha hecho desaparecer todo atisbo de oposición política y llenado las cárceles de jóvenes sin oficio ni beneficio y de todo aquel que opte criticarlo, así sea por lo bajini.

También ataca a la iglesia, a las organizaciones de derechos humanos, a los extranjeros que aparecen por allí sin las debidas intenciones. Por no hablar de las frecuentes trifulcas con los etíopes, sedientos de mar como decía, que parecen estabilizadas desde julio del 2108, cuando los dos países incluso recuperaron embajadores y pasos fronterizos cerrados. De carismático líder guerrillero a dictador implacable, la historia de Afeworki es tan personal como extendida: podríamos decir lo mismo del propio Mao Zedong, de Kim Il-Sung, de Stalin o de Fidel Castro. Eritrea no ha conocido otro presidente desde su independencia, que logró con un 99% de los votos obtenidos en un referéndum. De todos modos la necesidad de emigrar de los eritreos tiene ya una larga tradición y en la década de los sesenta fueron miles los que huyeron de la guerra con Etiopía para esconderse en el Sudán sin dividir de aquel entonces.

El video de la boda con la guasa de los cairotas incluida…

La boda se desplaza hasta una sombra bajo unos árboles. Los musulmanes cairotas los siguen con los móviles en alto. La comunidad de eritreos crece en Egipto al mismo tiempo que decrece su aceptación. Casi trescientas mil personas aguardan en el país una decisión sobre su país. Vienen de Iraq, Eritrea, Sudán del Sur, Sudán, Yemen y Siria (solo sirios hay más de cien mil…) Los eritreos son Tigriñas, una raza que habla un lenguaje semítico emparentado con el árabe y el hebreo, un pueblo que luchó por su independencia con una organización que asombró a periodistas curtidos por mil conflictos como Robert D. Kaplan, no llegan a los seis millones de habitantes y son mayoritariamente cristianos, dos tercios, frente a los musulmanes, el tercio restante.

Son alegres, estos eritreos. Dan palmadas, cantan a voz en grito, llevan una cuidada coreografía, simple pero vistosa, que atrae cada vez más gente. No pasan desapercibidos. En Israel hay vecinos que montan en cólera cada vez que ven una boda desfilando bajo sus ventanas. Para los eritreos estas celebraciones son un pegamento que mantiene unida a la comunidad, les ayuda a olvidar el drama de sus vidas, lo duro de un viaje durante el que les ha pasado de todo. Al igual que aquí, en Tel Aviv la comitiva busca algún parque donde tomarse fotos pero lo hace con cuidado, no vaya a molestar a los vecinos más intransigentes porque, ya es casualidad, los eritreos suelen celebrar sus bodas en sábado, precisamente el día sagrado de los judíos… Los he visto en Lesbos, en Chíos, he visto eritreos en las fronteras de los Balcanes, en Etiopía, alguno ha entrado incluso por el estrecho de Gibraltar, ahora vuelvo a encontrarlos en El Cairo. ¿Hay alguien en Eritrea, más allá de su loco gobernante? ‘Sí’, me dice Ibrahim mientras enfilan proa fuera del parque y una limusina espera a los novios. ‘Hay muchos que siguen viviendo bajo un régimen de miedo, entre ellos mis padres, pero también hay muchos que salen cada día sin mirar atrás y sabiendo que se enfrentan a un camino por desiertos, que los golpearan, violarán y secuestrarán, que tal vez los maten. Pero con todo, peor es quedarse…’