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Francisco Romero era un sacerdote tan nervioso que imponía a sus feligreses la más extraña penitencia: sembrar café. Su pueblecito, Salazar de las Palmas, al norte del colombiano departamento de Santander, cambió entonces su fisionomía, el verde de sus praderas y el sueño de sus vecinos. Todo era café. Cada arbusto sustituía a un avemaría, a un padrenuestro, al rosario. Y los vecinos, es de suponer que grandes pecadores, sembraron a su vez infinitas matas de café. Tantas que el cultivo se normalizó y cambió la economía local.

De eso han pasado ya casi dos siglos y hoy nadie sabe si la historia es real, aunque en Salazar de las Palmas es dogma de fe. Pero, ¿acaso importa? Hoy Colombia es muchas cosas pero entre todas, y sobre todo, Colombia hoy es café. El mejor del mundo. ¿Qué hubiera sido del planeta tierra si los habitantes de Salazar de las Palmas hubieran sido plácidos beatos sin pecados o el padre Francisco un cura al uso? Nadie lo sabe pero, por si acaso, mejor no planteárselo. Salazar de las Palmas porta con orgullo la Orden de la Gran Colombia de la Asamblea del Norte de Santander, recuerden: su departamento. Un homenaje al pueblecito que inauguró nada menos que el comercio cafetero de Colombia.

José quiere enseñarme la mejor finca de la vereda La Estrella. No es cualquier cosa porque estoy en el departamento de Tolima, el tercer productor del país, todo un templo dedicado al café y merecedor año tras año de entusiastas galardones como el de ‘el mejor café del mundo’. ¿Un tintito?, me ofrece Ellison Andrés Ramírez, al frente de la finca La Circacia, y me retrotraigo entonces a mis primeras horas en Colombia, años atrás, cuando para mí no había más tinto que el vino de mi tierra…

La finca no está cerca de nada sino todo lo contrario: al final de una trocha de tierra embarrada a veinte kilómetros de Planadas, un municipio que tampoco está cerca de nada sino todo lo contrario. ¡Qué mejor lugar para producir café que el monte más alejado de cualquier atisbo de civilización, de contaminación y de prisa! A la entrada me reciben solemnes dos pavos reales. Al fondo, una impresionante vista de las montañas del Tolima. ‘En aquel recodo’, me dice mi acompañante, ‘tenía un campamento permanente las FARC’, y recuerdo entonces las historias de asaltos, secuestros y enfrentamientos con el ejército que me venían contando por el camino. La Circacia produce un café tan excelente como el paisaje que la rodea y Allison me invita a visitar los cafetales. Pienso entonces que si cada arbusto de café equivale a un pecado Allison ha debido de pecar mucho en esta vida…

El pionero padre Francisco, que era un jesuita amante del café, clasificaba los pecados según su gravedad y ordenaba sembrar un número de matas acorde a la maldad del pecador. Nunca unos pecados fueron tan bien aprovechados: en 1835 los cafeteros de Salazar de las Palmas enviaron 2.592 sacos a Venezuela a través del lago Maracaibo. No es un dato baladí porque se trató de la primera exportación colombiana de café. Esos coloridos granos les dieron tal bonanza económica que los pueblos vecinos quisieron probar. Y los departamentos vecinos también. Y pronto el país entero se lanzó a cambiar matas de café por pecadillos veniales, y hasta mortales de necesidad.

El modesto pueblecito, espoleado por su nervioso sacerdote, inauguró el primer transporte de carga de café del país, los misteriosos granos llegaron a las montañas andinas y dieron nombre a toda una región: el eje cafetero, se internaron en las selvas amazónicas y orinoqueñas, se introdujeron en las montañas del Tolima, en la sierra nevada de Santa Marta, colonizó el selvático departamento del Putumayo, vitalizó la economía de Antioquia y comenzó a infiltrarse en los países vecinos como salvación económica. A finales del siglo XIX el café es ya el producto por excelencia de Colombia, impulsado sobre todo por la avidez con la que norteamericanos, franceses y alemanes lo consumen, impulsados a su vez por las prisas del día a día que curiosamente en las zonas cafeteras de Colombia no terminan de arraigar…

Los primeros granos de café llegaron al Caribe a través de marineros españoles que lo usaban para alargar sus guardias. Largo camino el del café, desde sus orígenes en Etiopía hasta encontrar el terreno que le daría fama universal. Mucho antes del cura cafetero, en 1730, otro jesuita, José Gumilla, en su libro El Orinoco Ilustrado, lo menciona ya en territorio colombiano, en la desembocadura del río Meta en el Orinoco. Para ser una especie invasora, aunque haya sido domesticada, su crecimiento resulta asombroso: en 1930 Colombia ya es el segundo productor mundial y hoy día da empleo a más de medio millón de familias en todo el país. Los rezos del padre Francisco aún retumban por las cordilleras andinas.

Sólo en la finca que visito, La Circacia, la cantidad de café es elevadísima. ‘Producimos cuatrocientas cargas de café’, me cuenta Ellinson, ‘cada carga tiene ciento veinticinco kilogramos’, pero eso es el producto final una vez escogido, relata, ‘porque para obtener esos ciento veinticinco kilos necesitamos al menos quinientos’. La selección arroja un café suave, sabroso y que, en una mínima parte, tiene en Saimaza y Catunambú algunos de sus clientes.

Brocas y abejas ponen en peligro los cultivos de café: las primeras por su presencia, las segundas por su ausencia…

Ellison me habla de que tiene a la venta la finca, la más productiva de la región, y que ansía una vida más urbana. Loma tras loma, montículo tras montículo, el cafetal brilla con las luces del mediodía y empequeñece a las demás fincas. La Circacia es la referencia del lugar. ¿Las FARC les fastidió mucho?, pregunto como el que no quiere la cosa. Ellison mira al suelo y continúa con su amplios conocimientos del café. ‘La guerra ya acabó’, dice pasando página. ‘La broca es la peor amenaza a la que nos enfrentamos ahora’, dice Ellinson cambiando de tema. La broca es una suerte de escarabajo enano, un coleóptero originario de África. ¡Curioso! ¡Como el propio café! ¡Lo ha seguido allá donde ha ido! De hecho el bicho amenaza los cafetales de más de setenta países. Sus larvas son blancuchas pero con poderosas mandíbulas. La hembra actúa como una broca de las de verdad, perforando el fruto para depositar sus huevos. La proporción de géneros cuando eclosionan es siempre similar: trece hembras por cada macho.

Los bichos sufren, además de un apetito voraz, una lujuria desconcertante y comienzan a copular en el interior del propio grano de café: recuerden: trece hembras por cada macho. Los desmesurados bichos pueden colonizar una cosecha en poco tiempo y el tema tiene difícil solución así que sólo una prevención cuidadosa puede evitar la catástrofe. ‘También nos estamos quedando sin abejas’, se lamenta Ellison, ‘cada vez hay menos’. ¿Quién polinizará estos cultivos entonces? La desaparición de las abejas es tan grave que incluso han presentado un proyecto de ley ante el gobierno colombiano para que se proteja a estos animales… Es la tormenta perfecta: abundancia de bichos que se comen las cosechas y disminución de los bichos que las propician. De las abejas sabremos algo en el futuro.

Pero la broca ya ha causado muchas víctimas.

Entre ellas, la ciudad pionera.

Los pecadores de Salazar de las Palmas han vuelto a los padrenuestros después de que el pequeño escarabajo arruinara sus cultivos