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Cuando se levantó por vez primera esta mezquita Mahoma sólo llevaba nueve años muerto. Cuando se levantó por vez primera esta mezquita la capital de Egipto se llamaba Fustat. Cuando se levantó por primera vez esta mezquita no había ninguna otra en África así que los vecinos la miraron extrañados porque la mayoría no había oído hablar jamás del Islam. Lo grandioso es que mil quinientos años después sigue ahí. Renovada, claro, porque apenas queda nada del primer edificio, construido en el emplazamiento de la tienda de campaña del general Amr ibn al-As, el victorioso militar árabe que le da nombre y que fue colega del Profeta. Suyas fueron las primeras conquistas de la nueva religión en el continente africano y suyo fue el empeño que extendió la nueva fe al oeste.

‘Por aquí han pasado todos los grandes personajes de la historia’, me dice Ahmed, un joven cairota que huye de las mujeres porque le desvían de la fe. ‘Desde Saladino a Napoleón pasando por Tutankamon’. Trato de imaginar al faraón haciendo sus abluciones en el patio central y sacando lustre a su fantástica máscara. Unas chicas se hacen fotos bajo las arcadas de la sala de oración y Ahmed las mira con desconfianza. ‘Son asiáticas, parecen malayas’. En su mente la mujer es un imán para todos los malos rollos: distraen del rezo, te alejan de Dios, sólo charlan de temas intrascedentes, son vacuas y llenas de tentaciones problemáticas.

‘En Europa van medio desnudas y por eso tienen ustedes los problemas que tienen’, me dice sonriente imaginando un cuadro porno del Bosco. El Cairo es conocido por el insoportable acoso sexual a las mujeres, le digo, tal vez la represión sexual tenga algo que ver. Ahmed pone cara de póker y señala las traviesas del techo. ‘No son las originales’, me dice. ‘Al principio no sé siquiera si tendría techo porque Amr ibn al-As mandó edificar la mezquita como solución rápida’. Paseo mirando el techo al lado de Ahmed mientras damos extraños rodeos para evitar a las turistas asiáticas. Fantaseo con secuestrar a Ahmed y abandonarlo inmovilizado en una playa nudista.

Una chica me mira desafiante en la mezquita Amr ibn al-As y pienso en Ahmed y su delirante pánico a las mujeres…

Vencedor proclamado en esa extraña tierra de faraones reconvertidos en cristianos y sometidos por Bizancio, Amr ibn al-As construyó no sólo la mezquita sino también la que sería capital durante quinientos años del nuevo Egipto, el musulmán, el islámico. Corría el año 642 de nuestra era y a partir de ahí se inició una carrera frenética por darle lustre. Tres siglos después serían los fatimidas los que construyeron su propia capital, Cairo, algo más al norte, una ciudad que creció tanto que fagocitó a la propia Fustat. A tiro de piedra están las huellas de los primeros cristianos egipcios, los coptos, por lo que no es muy difícil imaginar a quién venció el valeroso Amr. La victoria de Heliopolis, en la que Amr al mando de doce mil hombres aplastó a las fuerzas bizantinas (que para la pandilla de Mahoma no eran más que romanos), y la del fuerte Babilonia, que está a pocos metros de la actual mezquita, abrieron la puerta del antiguo reino de Cleopatra al islam hasta hoy.

El conquistador tomó también Alejandría y pretendía poner allí la capital de los nuevos territorios pero el califa Omar, que a la sazón era el suegro de Mahoma y el jefe absoluto de los creyentes, le dijo que ni hablar, que se las ingeniara con algo más cerca del Sinaí. Porque en aquella época el Nilo era aún el Nilo y cuando crecían sus aguas las distancias se disparaban y los santos guerreros de la Meca y Medina quedaban aún más lejos. Así que Amr, que debía de estar muy cansado tras tanta batalla, se dijo que bueno, que vale, que sin problema y fundó una nueva ciudad sin levantarse de su alfombra.

La leyenda dice que el emplazamiento lo eligió una paloma cuando dejó caer un huevo sobre la tienda del general. Cuando el califa Omar le prohibió su propuesta de Alejandría, el listo de Amr se dijo: pues fundaré una ciudad donde cayó el huevo. Y para no tener que caminar mucho, estimo yo, en el centro de su nueva ciudad, que al tiempo era su propia tienda, ordenó construir una mezquita. De ahí el nombre de la ciudad: Fustat, o ‘Ciudad de las Tiendas’.

Miro a mi alrededor a sabiendas de que no hay una sola piedra ni una sola traviesa de madera que proceda de esa época. Si en algún momento lo olvido tengo a Ahmed siguiéndome con un breviario y dándome la tabarra sobre la pureza del islam. Si acaso quedara algo identificable para el general Amr es una tumba en una esquina en la que reposan los restos de su hijo, Abdallah ibn Amr ibn al-As. La mezquita original medía veintinueve metros de largo por diecisiete de ancho, tenía columnas de madera de palmeras, muretes de piedra y ladrillos de barro. Una minimezquita con menos de un tercio de la superficie de un campo de fútbol.

La dirección a la Meca no la marcaba el clásico nicho de todas las mezquitas que hoy son sino un conjunto de cuatro columnas insertadas en la quibla que señalaban a la ciudad santa. Me resulta emocionante mirar esa quibla que al principio no lo fue porque sus constructores no tenían referencias sobre cómo dar forma a esa religión tan nueva. ¿Tratarían de imitar a las sinagogas de la época, a las iglesias cristianas, a los templos coptos?

Seiscientos años antes de que se fundara la prestigiosa mezquita Al Azahr la primera mezquita de África ya era un centro cultural y de enseñanza de primer orden

No debía de ser muy espectacular, más que nada porque se trataba de un recinto improvisado para la soldadesca, sin minarete ni fanfarrias decorativas. Pero la importancia que cobraba el islam no iba a permitir que la primera mezquita de África fuera poco menos que un establo polvoriento. Treinta años después se dobló su extensión, se le añadieron cuatro minaretes, uno por esquina, para que los feligreses no tuvieran la excusa del no escuché la llamada a la oración y la mezquita comenzó parecerse a un templo. Claro que incluso eso es subjetivo porque El Cairo está lleno de templos que te dejan con la boca abierta y de los que no sabes ni qué opinar. En el 698 DC volvió a duplicarse la extensión del recinto, un siglo después le añadieron el nicho de las oraciones, construyeron pasillos con columnas y arcadas y, por fin, en el año 827 la mezquita alcanzó su actual tamaño. Claro que aunque el edificio ya no crecería más en extensión sí continuó su eterna remodelación. Los abasidas les hicieron sus añadidos, los fatimidas los suyos, cada nueva civilización dejaba su impronta.

Al principio no había quibla sino cuatro columnas que señalaban a La Meca. La quibla actual es un añadido reciente.

Pero en 1169 el visir Shawar metió fuego a Fustat al estilo del viejo Nerón para evitar que cayera en manos de los cruzados y la ciudad entera ardió por los cuatro costados. Y con ella la mezquita, claro. El siguiente paso lo dio el célebre y mítico Saladino, el azote de los conquistadores cristianos europeos, que no sólo los expulsó y recuperó las tierras hoy santas sino que se hizo construir un mirador en la nueva mezquita reconstruida. Entre las desgracias acaecidas al dichoso templo se cuenta también un terremoto en el siglo XIV, la ira de un líder mameluco del siglo XVIII que la arrasó hasta los cimientos, su posterior reconstrucción que cambió todos los elementos organizativos originales (incluso la orientación de los pasillos), el frío de los soldados de Napoleón (que usaron la decoración de madera para calentar a la armada francesa), el afán de inmortalidad de los diferentes dirigentes, que la reconstruyeron a veces innecesariamente solo para que su nombre permaneciera en la historia.

¿Qué queda de aquel recinto polvoriento del general Amr? ‘El espíritu’, me dice Ahmed mientras trata de convencerme de las bondades del islam frente a las inequidades del cristianismo. ‘Por aquí han pasado las personalidades más importantes de la historia’, repite, ‘desde los califas a Saladino, desde Napoleón a Tutankamon’. Sonrío pensando que es una broma pero en sus ojos no veo chanza alguna. En las mezquitas egipcias hay buen rollo pero no bromas. Por lo demás, la mezquita no tiene mucho más. Un grupo se reúne a recibir clases de un erudito bajo los arcos, un señor estudia a conciencia en un rincón, un tipo tumbado parece reflexionar sobre las propiedades del sueño, unas chicas se hacen fotos. Amr ibn al-As puede estar satisfecho: su obra permanece quince siglos después de que aquella paloma dejara caer el huevo. No reconocería una sola piedra. Pero ahí está, al menos en espíritu…