Si va a visitar la Mezquita Azul intente no coincidir con la hora del rezo porque tendrá que esperar fuera. A no ser que sea musulmán, claro, entonces podrá entrar y dedicarle unas plegarias al Altísimo lejos del calor de la canícula. Si va a visitar la Mezquita Azul intente no coincidir con las hordas de turistas que lo toman todo, todo lo tocan y todo lo miran. Como usted mismo, vaya, a no ser que sea devoto musulmán, amante del pueblo otomano, estudioso de la arquitectura o armenio buscando venganza. Y eso que el arquitecto que inspiró el edificio fue un armenio. Porque en los principios del gran imperio otomano todos eran bien recibidos en su interior. Los cristianos, los judíos, los musulmanes. Cierto es que los musulmanes tenían el poder y la gloria por siempre, señores, que el Islam era el credo oficial y que las demás opciones vivían con cierto ninguneo, auspiciado por el propio Corán, y hasta debían de hacer frente a un impuesto especial para descreídos. Tal vez por eso mismo los cristianos eran prósperos, los judíos eran prósperos, todos los ninguneados tenían un punto de prosperidad. Pero una vez que el imperio hubo crecido y afianzado y envejecido y héchose decrépito acabo como al principio: a tortas con los cristianos, destruyendo sus templos, ejecutando súbditos.

Bajo la Mezquita Azul yace parte del Palacio de los reyes bizantinos, un lugar estupendo del actual Estambul, con el mar Mármara a tiro de piedra

Donde ahora se levanta la Mezquita Azul, o Sultanahmet como se le conoce por aquí, fue antes el centro del poder bizantino, el de los emperadores de la Roma tardía, oriental y desconocida. No hay visita posible a Estambul que no pase por Sultanahmet, y de ello dan fe las muchedumbres pastoreadas por guías que elevan sus palitroques numerados al cielo, el casco histórico de la ciudad repleto de alojamientos repletos, del gran bazar del centro a la excelsa acumulación de historia en capas que reposa cara al Mármara. Afortunadamente la belicosidad de los antiguos sultanes no halla paralelismo en el histriónico Erdogan y el turismo sigue siendo una industria boyante en una ciudad repleta de oportunidades, de restaurantes, de vida animada orientada al visitante que convive con la intensa vida local a la que el visitante le importa un tulipán. Para acelerar las cosas páginas como https://dondealojarse.net/ ayudan a encontrar tu lugar en esta inmensa ciudad.

Por eso si va a visitar la Mezquita Azul no olvide que pisa la cumbre del poder otomano, el de los sultanes de verdad, y no esos degenerados lacios de finales del imperio. En este caso, Ahmed I, un sultán un tanto efímero porque duró sólo 14 años en el trono pero tuvo tiempo para perder batallas importantes y ordenar construir la mezquita más importante de la ciudad. Que no es poca cosa, por cierto, porque de la ciudad de Constantinopla otra cosa no sabremos pero templos tenía unos cuantos. De Ahmed se recuerdan varias rarezas: la primera, que rompió una vieja tradición otomana, la de eliminar a todos sus hermanos para vivir tranquilo subido a las grupas del poder. Por ejemplo, su padre, Mehmed III, ordenó matar a sus 19 hermanos y a sus veinte hermanas, por si acaso…

Aunque Mehmed III fue un niño de papá al menos sus tropas derrotaron a los Habsburgo y a las tropas de Transilvania. El abuelo de Ahmed, Murad, tampoco fue especialmente activo y nunca salió de campaña: de hecho se pasaba años sin salir del palacio, obsesionado por mejorar la ciudad. Entre los tres, de abuelo a nieto, tiraron por los suelos el denodado esfuerzo de sus antepasados, los Magníficos que llevaron el Islam a las mismas puertas de Viena. Ellos comenzaron, aunque muy lentamente, el declive otomano. Un declive que tardó siglos en hacerse evidente, eso sí. Fuera como fuera, Ahmed I era un tipo sensiblón y cariñoso al que no gustaban las sangrías familiares aunque su empatía se acababa con la primera sospecha de amenaza y tal vez por eso decidió que los hijos y hermanos no tenían que morir pero sí permanecer a resguardo por si acaso: por eso los encerraba de por vida. 

Agobiado por su falta de éxito en el campo de batalla, Ahmed no fue capaz de imponer la turconeidad en los Balcanes ni en Persia, en favor de esta última perdió Georgia y Azerbaiyan, con los primeros perdió incluso el tributo que le rendían desde Viena. Sus súbditos murmuraban. ¡Qué horror! ¡Hay que desviar la atención! ¡Tal vez el Altísimo cuyo nombre no podemos pronunciar esté molesto! Así que el bueno de Ahmed decide erigir una mezquita. Pero no cualquiera: la mayor de las mezquitas, la más suntuosa, la más bella y ornamentada. Para ello retiró fondos de un tesoro a la baja porque, recordemos, había perdido parte del Cáucaso y de los Balcanes y los ulemas, que todo lo miran y de todo opinan (como los turistas que me rodean) pusieron el grito en el cielo. 

Ahmed eligió el lugar: ese viejo edificio en ruinas que a nadie interesa y sobre el que las generaciones futuras sólo podrán especular: el Gran Palacio de los reyes bizantinos de la antigua Constantinopla. ¡Minucias! Un complejo palacial que fue el centro del poder durante ocho siglos, pensado por el emperador Constantino, reconstruido por Justiniano y saqueado por los cruzados, abandonado por el tiempo y descubierto en ruinas ya por los invasores otomanos en 1453.  ¡Desde su colina se divisa el mar! En 1609 comenzó su construcción y desde el principio fue tan obvio que el complejo haría historia que se editaron ocho gruesos volúmenes para explicar la organización de su construcción. Un volumen por año porque en apenas ocho años el Gran Edificio abría sus puertas. La mezquita hoy tiene dos nombres, a saber: la mezquita de sultán Ahmed, cómo obviar el ego del gobernante, o el de la Mezquita Azul, porque a sus arquitectos no se les ocurrió otra cosa que colocar 20.000 azulejos de cerámica hechos a mano con cincuenta diseños diferentes de tulipanes.

Como ya les ocurriera a los Omeya de Damasco unos siglos antes, en la construcción de la mezquita azul intervino lo más granado del momento: los mejores ceramistas, las canteras más refutadas, los arquitectos de mayor prestigio. Y el mejor era un armenio cristiano de nombre enrevesado: Mimar Koca ibn Abd al-Mannan, más conocido como Mimar Sinan. Y con ese nombre, Sinan, lo conocieron los primeros sultanes, desde Soliman el Magnífico a Selim II, para los que construyó más de trescientos edificios: noventa y cuatro mezquitas, cincuenta y siete colegios, veinte caravanserais, ocho puentes, seis acueductos, tres hospitales, veintidós mausoleos, treinta y cinco palacios, cuarenta y ocho baños… La única pega que encontró el sultán Ahmed es que el mejor arquitecto del imperio estaba muerto. ¡Pero qué pega es esa cuando sus conocimientos siguen vivos! Sus aprendices habían aprendido tanto de su genio que uno diseñó el puente de Mostar, en la actual Bosnia Herzegovina, y otro construyó el Taj Mahal para los mongoles de la India. El sultán pensó entonces que quien mejor que alguien que guardara en su cabeza el genio del armenio: Sedefkar Mehmet Aga, su ayudante. Y el tal Mehmet Aga se puso manos a la obra y miren la que lio.

Mehmet Aga utilizó tanta piedra y mármol que agotó las existencias del imperio. En el exterior exageró las enseñanzas de su mentor, el tal Sinan, basándose en edificios de su maestro pero desquiciándolo: un sistema ascendente de cúpulas que parece una cascada al revés que acaba en una gran cúpula a cuarenta y tres metros del suelo. La mezquita azul recuerda a la Sehzade, tiene algo de la de Edirne, su entrada es un remedo de la Suleymaniye. Todas obras de Sinan. En el interior el esperado fogonazo azul de sus veinte mil azulejos se atenúa por culpa del tiempo, ese inesperado escultor, que ha convertido el rojo en marrón y el verde en azul, ha opacado el brillo de las cristaleras. A mí me parece impresionante, la verdad, tanta filigrana. Los turistas se hacen fotos como locos a mi alrededor y yo busco la forma de hacer la que nadie hace. ¡Pobre de mí! Las lámparas de araña forman círculos bajo los que los visitantes ruedan en estado de éxtasis, hay rezos improvisados entre bambalinas, japonesas con hiyab que cuchichean entre ellas, norteamericanos que parecen decepcionados en sus comparaciones con sabe Dios qué. A las puertas una muchedumbre vive en el futuro: estudian folletos turísticos, planean viajes, nadie parece disfrutar del presente. Dentro también hay folletos y cartelería en inglés, sólo que ofreciendo una inmersión en el islam.

Magnífico en su diseño, la Mezquita Azul sin embargo no logra eclipsar a su gran rival, Hagia Sofía, la gran basílica bizantina que los otomanos convirtieron en mezquita y que está prácticamente en frente. Santa Sofía sirvió de modelo en cierta medida al templo de Ahmed, como había servido de modelo a los modelos previos del nervioso Sinam, que también había participado en la adecuación del propio edificio como mezquita. La Mezquita Azul es un trabajo espléndido pero su oponente la supera, sobre todo en el interior. Qué más da. Le dio igual a Ahmed y le da igual a los turistas que me rodean.