No hay nada que un periodista agradezca más que el que una noticia de alcance mundial vaya a recibirle al aeropuerto. Y ahí están: son miles. Desde el momento de cruzar la puerta de salida están a tus pies. Ni siquiera tengo tiempo de dejar la mochila en el suelo cuando una lluvia de manos me ofrece panfletos, dípticos, trípticos, charlas, saludos efusivos, sonrisas enmascaradas, explicaciones en cualquier idioma. Claro que no soy el único objetivo de este recibimiento. Cualquier que llegara al aeropuerto de Hong Kong conmigo, días antes y días después, recibiría este emocionado agasajo.

Porque los jóvenes revolucionarios de Hong Kong conocen mejor que nadie las técnicas de propaganda, de movilización y de publicidad. ‘Tenga cuidado cuando hagas sus compras’, me dice una muchacha embozada, ‘los turistas también son objetivo de la policía’. ‘No vista nunca de negro’, me dicen amigos residentes en Hong Kong, ‘pueden confundirlo con los manifestantes y terminar en la cárcel’. ‘La policía lanza gases lacrimógenos caducados para hacer más daño’, me dice un muchacho con una visera exagerada.

La multitud crece ante mis ojos y toma todo el recibidor del aeropuerto. Y el aeropuerto de Hong Kong es muy grande. Yo diría que grandísimo. Están sentados en grandes grupos, deambulan entre los pasajeros cubiertos de papelitos, forman figuras en el suelo, dibujan, hacen asambleas, visten de negro o de modos estrafalarios.

Una señora agita alegre una bandera inglesa al aire aeroportuario, unos chicos desfilan con banderas norteamericanas junto a los monitores que anuncian las puertas de embarque. ‘Estimado viajero’, reza un panfleto que me ofrece una chica, ‘sin duda estamos interfiriendo con sus planes de viaje pero acaba de llegar a una ciudad rota, no la que le han contado: y es por eso, por el Hong Kong de siempre, por lo que luchamos, para poner las piezas de la ciudad que fue en su sitio, para que cuando vuelva a visitarnos en unos años vuelva a disfrutar de la ciudad glamurosa, vibrante y bonita que siempre imaginó y que nosotros siempre hemos adorado’. ‘Recuerde llevar el casco cuando haga sus compras’, dice el cartel de otra chica…

No hay policías ni vigilantes. Al menos a la vista. Aunque me dicen que cualquiera puede serlo. Total: sólo hace falta vestirse de negro y ponerse una máscara. Un muchacho camina a mi lado con una máscara antigás, otro me enseña cómo defenderse de los complejos de reconocimiento facial con punteros láser.

Con este sería imposible, desde luego, no le veo un milímetro de piel. La protesta en el aeropuerto de Hong Kong fue tan sensible que el colapso de sus instalaciones obligó a cancelar más de trescientos vuelos en dos días de agosto para recordar eternamente y mostró a los manifestantes que cualquier paso que den puede tener la mayor de las repercusiones. Por la importancia del aeropuerto en sí y por el reto que supone a China.

Gil Scott-Heron decía que la revolución no será transmitida en televisión. Pero lo decía en el año 1974 y en ese momento no tenía ni idea de que la sociedad entraría en una espiral de grabaciones, directos y comunicaciones ininterrumpidas que dejarían sus versos en un panfleto muy cuco pero desfasado. Porque la revolución hoy se retransmite en directo, a través de todos los canales convencionales de televisión, a través de las redes sociales que el bueno de Scott no pudo nunca ni imaginar, a través de informaciones y contrainformaciones. Una fila de televisiones de todo el planeta registra en riguroso directo todos los dimes y diretes de los jóvenes hongkoneses.

Y lo que se les escapa lo graban ellos mismo en sus móviles de ultimísima generación, con sus tabletas, con cámaras diminutas, con remedos de las gopros, nada escapa al escenario teatral que se han montado y que tiene como público no sólo a los pasajeros recién desembarcados sino al mundo entero.

Una familia deambula desconcertada entre un mar de cabezas, una niña muy rubia mira con aire ausente mientras su padre intenta enderezarle el rumbo. Desde las alturas se vislumbra mejor el espectáculo y subo las escaleras cargado con mi mochila a la espalda y la pesadísima bolsa de la cámara: con la excitación del momento ni me he dado cuenta de que camino cargado como una bestia de carga haciendo fotos a diestro y siniestro. Me duele la espalda pero, ¿quién abandona este extraño momento?

‘Su ayuda es importante, señor’, dicen dos chicas sentadas junto a un mosaico de dibujos infantiles, ‘dígale al mundo lo que estamos sufriendo’. El sufrimiento es relativo, claro, pienso mientras recuerdo los campos de refugiados somalíes, el éxodo de los desplazados por las guerras de oriente medio o los rohingyas al sur de Bangladesh. No dudo de sus intenciones, de sus motivos y razones pero pienso que manejan tan excelentemente bien la propaganda que el mundo entero mira con horror una situación que no se parece ni de lejos a, pongamos, el 15M de España, donde hubo cargas policiales mucho peores. Claro que en el 15M no amenazaba China con imponer sus reales y eso sí es un tema mucho mayor porque si China tose se despeina medio mundo.

Y mas con Hong Kong, que es un centro económico de primer orden. Su PIB supone el 3% de toda China, lejos del 27% de hace treinta años pero sigue siendo un motor importante porque es el centro absoluto de las inversiones que recibe China, dos de cada tres euros pasa por aquí, y también de las inversiones chinas en el exterior. Su bolsa solo está por detrás de Nueva York, Tokio y Londres, las salidas de bolsa de las empresa chinas pasan abrumadoramente por aquí. Las amenazas chinas de entrar a sangre y fuego no se toman muy en serio por estos chavales, que creen que la economía les da un respiro a la hora de seguir tocando las narices al poder. ‘No somos saqueadores, la policía miente’, reza otro cartel. ‘Nos han llamado terroristas pero mírenos, somos solo gente preocupada’, me dice un muchacho.

¿Quién está detrás de toda esta organización? No tengo ni idea, pero alguien que sabe muy bien qué se hace: los panfletos en varios idiomas, esquemáticos y de excelente presentación, en papel de calidad, lanzados al aire o entregados en mano, los grupos de muchachos que actúan con profesionalidad de soldados de elite, la impresión de que tienen una fuerza poderosa que les impulsa. ¿Será esa fuerza una potencia extranjera, el sentimiento de unidad, el miedo a que el gigante chino se los coma antes de lo debido? Dice el informe PISA que los estudiantes de Hong Kong son los mejores del mundo, tras Singapur, en lectura, matemáticas, en interpretar datos, diseñar experimentos y organizarse ¿Tal vez no haya más poder que el propio para conseguir la nota más alta del examen más importante de sus vidas, el de detener a la mayor potencia del siglo XXI? Quién sabe. Salgo del aeropuerto exhausto, los hombros doloridos, empapado en sudor y los bolsillos repletos de panfletos. Mañana hay manifestaciones callejeras y volveré a rodar de foto en foto pero mucho más liviano. La verdad está ahí fuera. O no.