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En el patio de la catedral de Nuestra Señora del Rosario duermen su sueño eterno los espíritus de gentes de aspecto indio con nombres británicos y apellidos portugueses. Allá veo a Edwin Furtado y más allá John Serrao, Peter Gomes y Herbert Fernandes. En sus cruces hay angelitos de colores dibujados con cierto estilo naif, algún cuervo se posa descuidado sobre las cruces de piedra, la calma y el frescor de los árboles contrasta con la locura total que se vive fuera de su perímetro. Los apellidos portugueses pueden descansar en paz.

¿Pero qué hacen aquí tantos portugueses? Porque estoy en Chittagong, en el golfo de Bengala, el mayor puerto de Bangladesh, una ciudad ruidosa, caótica, calurosa, a casi diez mil kilómetros de Lisboa. Las aguas de Bengala me evocan más bien a Sandokán, que por cierto era de Cádiz (y se llamaba Carlos Cuarteroni Fernández) y no a Portugal. Pero así es: el golfo de Bengala está regada de sangre lusa. Algo que en España, por cierto, nos importa un comino porque se tiende a ningunear las hazañas históricas del vecino. Pero los portugueses fueron la primera potencia global, la que circunnavegó por vez primera el continente africano, la que gestionó de modo estable durante cinco siglos colonias gigantescas como Angola o Mozambique, un imperio en el que los reyes Juan, Miguel o Enrique se empeñaron en conquistar el otro lado del mundo, que descubrió el modo de impulsarse hasta el cabo de Buena Esperanza cogiendo carrerilla desde la mitad del Atlántico, que conquistaron reinos en la India, en el actual Yemen, que llegaron a las islas del fin del mundo en las actuales Indonesia y Malasia. Que incluso se plantaron conquistar Jerusalén desde el mar Rojo. Todo eso nos importa a los españoles, como decía, un soberano comino, a pesar de lo heroico de su gesta, reflejado en este estupendo libro, Conquerors.

Pienso en todo eso mientras camino por entre las tumbas de portugueses anónimos y no tan anónimos enterrados en el camposanto de una iglesia del golfo de Bengala, en la lejana Bangladesh. El barrio luso de Chittagong, que aquí conocen como Patharghata, ofrece la calma que niega el resto de la ciudad y además un paisaje de lápidas en portugués que desorienta al curioso. ¿Quiénes fueron la familia Furtado? ¿Y Lucas Penheiro? ¿Almo Ribeiro? ¿John Serrao, Mark Gomes? No tan lejos, en la capital del país, Dacca, me encontré otro cementerio, en su caso armenio, que también tenía su interés porque Armenia está, por decirlo pronto, en el quinto pimiento. ¡Pero es que Portugal está aún más lejos! De hecho las huellas de los portugueses por toda la bahía de Bengala es abundante. Los primeros portugueses llegaron a estas tierras a principios del siglo XVI, al principio de manera anecdótica, enseñando la patita, pero más tarde empujando a los locales, imponiendo sus reales y levantando un remedo de ciudad occidental. Para empezar escucharon el nombre y lo pusieron a su modo: Xatigan. Luego dijeron que mejor cambiarlo a algo más reconocible: Porto Grande de Bengala.

Los primeros portugueses llegaron a la zona desde las islas de las Especias, que estaban más al este, y lo hicieron como mercaderes a bordo de buques mercantes de musulmanes. Así consta con un tal Joao Coelho y así constaba con marineros asentados en las colonias portuguesas de la India, sobre todo de Goa y Orissa. En 1512 Joao da Silveira llegó aquí desde Goa al mando de cuatro barcos, atraído por la fama de un lugar que se consideraba ya en la India como la perla del golfo de Bengala, y a partir de ahí las embajadas portuguesas se sucedieron. Los colonos portugueses de Malaca, Bombay y Ceilán comenzaron a frecuentarla, por si acaso fuera cierto eso que se rumoreaba de que tenían oro a espuertas. La fama del puerto creció entre la comunidad portuguesa que poblaba cada vez más tierras a lo largo de África y en las orillas de todo el océano Índico: hay un lugar que promete riquezas…

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El espíritu portugués no sólo se siente en el cementerio sino en el mismo puerto, donde algunos barcos parecen sacados directamente de los tiempos del duque de Abuquerque….

Fuera como fuera, en 1528, el sultán de Bengala permitió que los lusos abrieran algunas fábricas y factorías, que levantaran casas junto al puerto y los portugueses, una vez tuvieron la manga, se llevaron el brazo. Construyeron una base naval, una casa de contratación, levantaron todo un barrio. Porto Grande se convirtió en el puerto europeo más importante de la bahía de Bengala y los portugueses incluso obligaron a los barcos que navegaban por aquellas aguas a comprarles una licencia o arriesgarse a la furia de sus cañones. Y una vez asentados, comenzaron a pensar en la expansión. Conquistaron la cercana isla de Sandwipy ampliaron el negocio para potenciar el comercio: sólo a Liverpool enviaban anualmente más de trescientos barcos cargados de sal. Al despuntar el siglo XVII vivían allí más de 2.500 portugueses y cada vez venían más: burócratas, comerciantes y marineros pero también misioneros agustinos, soldados, aventureros.

El comercio de esclavos floreció cuando descubrieron que los indígenas y los musulmanes del otro lado del río Naf eran gente dócil y rentable. En los mercados había seda de la China, telas musulmanas, arroz de los campos del norte, maderas preciosas, sal, pólvora, especias. Chittagong adquirió además la categoría de Vicaría Apostólica y los matrimonios mixtos se aplaudieron desde la administración. Lo importante era crecer, en casas, en barcos, en gentes, porque la fama de las riquezas no sólo atraía a portugueses; derrotaron a una flotilla holandesa, a flotillas de arakaneses, a piratas locales que se enfrentaban a los piratas atlánticos. Un lío en el que los portugueses parecían estar muy a gusto porque los colonos no solo se asentaron en Chittagong, o Xitagan, o Porto Grande. También construyeron villas en las afueras, en pueblos cercanos, incluso en la actual Myanmar.

Pero un cambio en la geoestrategia local hirió de muerte al espejismo portugués. El sultanato de Bengala, sostén de los europeos, cayó ante una nueva potencia, el reino de Mrauk U, mongoles de la cercana Arakan, hoy en Myanmar y cuna de las grandes masas de rohingyas que llenan los informativos. El rey de Mrauk U atacó la guarnición portuguesa y se llevó por delante la vida de 600 portugueses que vivían en Dianga, en las inmediaciones de Porto Grande, lo que hizo al rey Felipe III de España, que en aquel momento era también Felipe II de Portugal en las décadas de la unificación, rechinar los dientes de ira: a partir de entonces, los bisabuelos de los rohingyas y los portugueses fueron a saco a por los mongoles, con corsarios que hacían cosas poco gratificantes y un incremento en la venta de esclavos (supuestamente mongoles prisioneros de las batallas e indígenas capturados por los alrededores). A los prisioneros más díscolos los engrilletaban de dos en dos con pesadas cadenas en sus muñecas y los arrojaban al mar al más puro estilo berberisco. Durante toda la primera mitad del siglo XVII la relación de los portugueses con sus vecinos fue de batalla tras batalla y guerra tras guerra. En 1666 los mongoles volvieron a imponerse y acabaron con 130 años de dominación portuguesa. Un ejército de seis mil quinientos hombres y casi trescientos barcos capturó Chittagong y expulsó definitivamente al imperio portugués de la ciudad.

Los portugueses movieron su centro algo más al norte, a Dacca, la actual capital, mientras que los holandeses, que ya despuntaban por estos mares, se aliaron con los mongoles. Aún hoy quedan algunos descendientes de aquellos portugueses en el barrio Ferengi Bazaar de Dacca y en la parte antigua de Chittagong. Porque los tataranietos de aquellos conquistadores hoy son conocidos como Firingis y se les reconoce como los paliduchos del oeste que trajeron cosas nunca vistas en esta región, como la piña, el chile o la papaya. Este barrio de Chittagong por el que paseo está considerado como el origen histórico del catolicismo en el golfo de Bengala. Con la llegada de los británicos muchos portugueses decidieron continuar con su vida en este sofocante trópico. Y ahí siguen hoy, entre tumbas exóticas e iglesias color pastiche: los datos dicen que los cristianos cuentan hoy con unos 700 centros de primaria y secundaria, una universidad y setenta y cinco hospitales y clínicas. Y hasta orfanatos como este (pincha aquí). Y gracias a los portugueses, el 70% de los cristianos bengalíes, que no son ni el 0.4% de la población, son católicos. Algún español se les ha unido, por cierto, como el carismático Father Benjamin

El cuervo eleva el vuelo y se adentra en el cielo gris de la ciudad. Las aves también agradecen este remanso de paz portuguesa. Un paréntesis histórico de casi siglo y medio del que no queda más constancia que un puñado de tumbas en un barrio tranquilo y reseñas perdidas en libros de historia. Me despido de la familia Gomes, de los Furtado, los Ribeiro y Rodrigues: fuera me espera el caos de la ciudad…