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Bajo esa cruz yace un niño que no conoció la sonrisa. Un niño que confundió la vida con el dolor, la infancia con la tortura, la maternidad con la pena. Bajo esas cruces yacen niños que nunca lo fueron, niños que se asomaron a la vida con miedo, con pánico. Con terror. Niños que nacieron en silencio, con miedo a llorar, con miedo a patalear. Maksutov no tuvo tiempo porque apenas sobrevivió tres meses en el gulag de Dolinka, el karlag que inspiró las pesadillas de Solzhenitsyn. Cižova tal vez ni lloró porque murió al poco de nacer. Podlesnaâ, en cambio, alargó un año el suplicio para entregar su aliento un 17 de agosto de 1949. ¿Y a quién le importan estas muertes ocurridas ochenta años atrás?

Pues alguien debe sentirse tocado por estas almas inocentes que revolotean bajo el cielo límpido del camposanto porque se ha molestado en colocar un osito de peluche en todas y cada una de las cruces. La mayoría no tiene nombre, ni fecha. Es más: algunas cruces han perdido el travesaño y parecen palos de hierro herrumbroso que hayan brotado en la soledad de la estepa. Si en este hueco hubo alguien nadie puede ya saberlo. El suelo está removido pero compacto. Si alguna vez hubo un niño ya no quedarán ni sus huesos. Pero puede que su espíritu sí tropiece con los surcos entusiasmado con los ositos de peluche.

‘Los registros dicen que en este campo de trabajo de Karlag hubo más de mil quinientos niños’, me dice Abubail, un muchacho que me muestra el museo de Dolinka que el gobierno de Kazajistán ha levantado en el interior de uno de los edificios administrativos del Gulag. Ante mis ojos desfilan los espíritus hechos carne fotográfica de algunos de esos niños. Están vivos pero sólo en la foto. Los más pequeños se asoman sin apenas sonreír, sus ojos parecen puñales, sus cabezotas gordas inspiran ternura y terror a partes iguales. No son niños: ya son espíritus. Tampoco lloran. Sólo veo sufrimiento y rostros difuminados en papel fotográfico caducado.

‘Las madres podían tenerlos hasta los tres años’, me dice Abubail mientras señala una cuna de madera que se proyecta contra un lienzo pintarrajeado con muñecos infantiles. Miro distraído hasta que distingo el dibujo. Es una torreta de vigilancia, la misma que he visto fuera. Una nube sonríe y algo parecido a un perro menea el rabo. ‘Luego de los tres años el sistema los separaba y adiestraba a los niños por su cuenta’. Abubail emplea una palabra distinta. No dice adiestrar. Dice brainwash. ‘La mayoría ya no volvía a ver nunca a sus madres aunque alguno sí tenía suerte y volvían a encontrarse años después’. Brainwash, pienso mientras tanto. ¿Y qué ocurría en esos reencuentros? ‘La gran mayoría de esa pequeñísima minoría rechazaba a sus madres porque las consideraban enemigas del pueblo’. Brainwasheds. Esporádicamente, como algo raro, de cuando en cuando, podía darse el caso contrario. Madres e hijos, o hijas, que volvían a encontrarse y retomaban su relación. ¿Y por qué había niños en los campos de trabajo? ¿Qué habían hecho? ‘Muchas mujeres venían con sus hijos porque habían sido condenadas y no tenían con quién dejarlos; otras se quedaban embarazadas en los gulags y daban a luz en los campos’. ¿Y a quién se le ocurre dar a luz en un campo como este?

De entre todos los casos, el de Hava Volovich es el más escalofriante por su crudeza y su sinceridad. No estuvo en este campo en el que me encuentro, el de Karlag sino algo más al este, en Sevzheldorlag, un campo de trabajo de Siberia. Sus diarios sobre su experiencia en el Gulag están a la altura de los de Anna Frank pero no se popularizaron hasta que la escritora norteamericana Anne Applebaum los sacó del olvido. ‘En los campos de trabajo’, prosigue Abubail, ‘muchas mujeres se quedaban deliberadamente embarazadas para ser relevadas del trabajo duro, recibir mejor comida y poder beneficiarse de amnistías periódicas que afectaban sobre todo a madres con niños pequeños que no fueran reincidentes ni traidoras a la patria’. Un bienestar tan leve como efímero porque una vez recuperadas del parto las madres eran enviadas a trabajar igualmente y sólo veían a los niños de noche, a la vuelta, en los barracones. No todas lo hacían por mejorar. El sexo era un modo de romper el aburrimiento insoportable de la vida del esclavo, sobre todo para hombres embrutecidos que se imponían en una versión siberiana de la ley de la selva. El propio Solzhenitsyn lo describe en su Arhipiélago Gulag: las violaciones eran habituales y los matones más violentos tenían harenes de mujeres que ejercían de esclavas sexuales tras sus jornadas de esclavas laborales.

Hava Volovich fue detenida en 1937, acusada de agitación antisoviética, y enviada a la Mina Mariinsky, en Sevzheldorlag. Era una chica enérgica, actriz, escritora, amante del teatro. Se sentía tan sola en un campo de trabajos forzados que decidió tener un hijo. Con el primer desconocido que se le cruzara. Y así nació Eleonora en 1942 en un campo que carecía de instalaciones para bebés. ‘Éramos tres madres y nos dieron un pequeño habitáculo en los barracones. Las chinches caían como granos de arena del techo y de las paredes; pasábamos toda la noche apartándolas de los niños. Durante el día, teníamos que ir a trabajar y los dejábamos con cualquier anciana relevada del trabajo, pero se comían sin miramientos el alimento de los niños…’

Un informe de la dirección de los Gulags de 1949 señalaba que de las 503.000 mujeres prisioneras en ese momento en el sistema, al menos 9.300 estaban embarazadas y 23.790 tenían niños pequeños a su cargo. Si contaban a las que tenían hijos fuera del campo la cifra ascendía a casi 70.000. En el campo siberiano de Siblag el barracón infantil no sobrepasaba jamás los 11ºC y los niños necesitaban urgentemente, según otro informe de 1933, 800 pares de zapatos, 700 abrigos y 900 juegos de cubiertos porque hasta doce pequeños compartían cuchara… Las tareas de cuidadores se asignaban a delincuentes con contactos que robaban la comida y maltrataban a los pequeños, cuando no los dejaban agonizar directamente. No todos los cuidadores eran malos ni todas las madres eran buenas. La desesperación y la frustración llevaban a muchas madres a asesinar a sus hijos con veneno, mediante asfixia, despojándoles de ropa para que murieran de frío… o bien a suicidarse de pura desesperación.

Hava Volovich comenzó a tomar conciencia de lo que había hecho. ‘Cada noche durante todo un año estuve junto a la cuna, apartando chinches y rezando. Le rogaba a Dios que prolongara mi pena cien años si con ello podía seguir junto a mi hija. Le rogaba que me soltaran con ella, aunque me convirtiera en una mendiga o en una lisiada. Le rogaba que pudiera criarla hasta que creciera, aunque tuviera que arrastrarme a los pies de las gentes y suplicarles una limosna. Pero Dios no respondió a mi plegaria. Mi hija apenas había comenzado a caminar, apenas había escuchado sus primeras palabras, cuando vestidas con harapos pese al hielo del invierno nos trasladaron al ‘campo de madres’. Y allí mi pequeño ángel con sus rizos de oro pronto se convirtió en un fantasma pálido de ojeras azules y labios llagados’.

Como era habitual, Eleonora fue apartada de su madre, quien la veía en horas ajenas a las visitas a cambio de sobornar a sus cuidadoras. ‘Veía a las enfermeras cuando levantaban a los niños por las mañanas. Los sacaban a la fuerza de sus camas frías a golpes, los empujaban con los puños y los maldecían con aspereza, les quitaban el pijama y los lavaban con agua fría. Los niños no se atrevían ni a llorar. Resoplaban como ancianos y gemían bajito. Este desagradable sonido salía de las mantas varias veces al día. Niños que ya eran grandes para gatear o sentarse se quedaban tumbados, hechos un ovillo, haciendo esos extraños ruidos, como el zureo apagado de una paloma’.

Cuando los separaban de sus madres los niños a menudo empeoraban. La mortalidad infantil era muy alta debido a la poca salubridad, las epidemias, la falta de comida. Los que superaban la primera infancia podían tener tantos traumas que muchos ni hablaban. El trauma de perder a sus madres era insuperable para los niños. También para ellas porque el sistema cambiaba el nombre a los pequeños y nunca más podían volver a reunirse. Muchas madres, dice Applebaum, enloquecían cuando les retiraban a sus hijos. Los hijos de kulaks y de enemigos del pueblo sufrían además lo indecible. El maravilloso relato de Mukhamet Shayakhmetov, ‘The silent steppe’, cuenta las peripecias del propio autor cuando su padre, un nómada kazajo, fue declarado kulak, expropiado todo su ganado y enviado a una mina en Siberia. Mukhamet vagó como alma en pena, en una versión esteparia y cruel de las aventuras de Tom Sawyer, rechazado por los colegios, las granjas, los vecinos…

Lentamente Eleonora comenzó a marchitarse. ‘En algunas visitas encontré moretones en su cuerpecito. Nunca olvidaré cómo se cogió de mi cuello con sus escuálidas manitas y murmuró: ¡mamá, quiero ir a casa! No había olvidado el cuartucho lleno de chinches donde por primera vez vio la luz del día y donde había estado con su madre todo el tiempo… La pequeña Eleonora, que ya tenía quince meses, pronto se dio cuenta de que sus ruegos de ‘ir a casa’ eran vanos. Me rehuía cuando iba a visitarla, se alejaba en silencio. El último día de su vida, cuando la tomé en brazos para darle de mamar miró a lo lejos con los ojos muy abiertos, después empezó a golpearme la cara, con sus pequeños y débiles puños, se aferraba a mi pecho, lo mordía. Después señaló su cuna. Por la noche, cuando regresé con mi hato de leña, su cuna estaba vacía. La encontré desnuda en la morgue entre los cadáveres de los prisioneros adultos. Había pasado un año y cuatro meses en este mundo y murió el 3 de marzo de 1944. Esta es la historia de cómo al dar a luz a mi única hija cometí el peor crimen que existe…’

A las puertas del museo de Karlag, del gulag de Karaganda, unos niños juegan entre los monumentos a los desaparecidos. Inconfundiblemente eslavos, son descendientes de algunos de los prisioneros de los campos de trabajo que no quisieron la libertad para irse mucho más lejos. Se establecieron en el mismo lugar y crearon una aldea que pareciera situada en Rusia. Uno de ellos me dice que vive allí, en una casa blanca. ‘Allí torturaban a los prisioneros’, me dijo antes Abubail desde una ventana, ‘ahora vive gente’. ¡Qué mejor metáfora que niños sonrientes viviendo en casas donde se respiró sangre! ¡Qué mejor final que niños sonrientes saltando entre los restos de un mundo de sufrimiento del que apenas empezamos a conocer su dimensión! Niños sonrientes enfrentados a los niños serios de las fotos en sepia que decoran las paredes del museo.

Un poco más allá también sonríen los osos de peluche. Unas manos espectrales los manosean, los estrujan. Han tenido que morir sepultados en la estepa para liberarse de sus miedos. Ahora ríen, hacen gárgaras, dan palmadas.

Puedo oírlos.