Vistos los chorreones de caca de paloma que le resbalan por la calva nadie diría que ese señor fuera una fuerza de la naturaleza. Parece malencarado, ceñudo, erguido con dignidad pese a su edad, envuelto en una chaqueta militar, nadie diría que sea el centro de una violenta polémica tantos años después de muerto. Pero ahí está, frente al Big Ben, en la plaza del Parlamento, una presencia indispensable para entender la Inglaterra de hoy, vilipendiada por unos, aclamada por otros. Pero, ¿quién fue este orondo señor? Winston Churchill fue oficial del ejército británico al tiempo que reportero de guerra en Cuba, India, Sudán y Sudáfrica, primer Lord del Almirantazgo, ministro del Interior y también de Municiones, de la Guerra, de las Colonias, de Hacienda y dos veces Primer Ministro y, por si fuera poco, premio Nobel de literatura. Churchill fue un hombre polémico, capaz de apoyar el golpe de estado de Franco y al régimen de Mussolini como de exacerbar con discursos patrióticos al pueblo inglés para enfrentarse a Hitler y encabezar una alianza internacional para derrotar al régimen nazi. Como personaje no hay duda de que fue un hombre excesivo, rotundo, incapaz de dejar indiferente a nadie, con muchas luces y sombras (según la propia BBC). Sus discursos eran encendidos pero sus gestos no le iban detrás: aunque sea un símbolo antiguo, suya podemos considerar la V de victoria con los dedos índice y corazón.

¿Por qué quieren derribar su oronda figura?

Tal vez porque sus opiniones eran tan exageradas como su propia vida. Tal vez porque cuando llegó a Pakistán como oficial sintió un sincero desprecio por los pastunes, a los que consideraba una raza inferior que deberían ser asesinados ‘sin cuartel’ de no aceptar la superioridad inglesa, esos ‘bárbaros’ y ‘aborígenes con una fuerte propensión a matar’. Allí destruyó casas, incendió cosechas, selló los pozos que necesitaban los vecinos, ‘a cada miembro de la tribu le clavaron una lanza o lo mataron de una vez’. El inquieto Winston también hizo acto de presencia en Kenia, cuando los ingleses encerraron a 115.000 keniatas en una reubicación forzada para otorgar las mejores tierras a los colonos blancos, una revuelta en la que murieron 14.000 personas. El joven Winston solo acertó a escribir sobre su indignación de que esa gente ‘disparara a los blancos’ como justificación de las torturas de su ejército, desde castraciones a descargas eléctricas. Entre las víctimas se encontraba Hussein Onyango Obama, el abuelo del que luego sería presidente de los Estados Unidos, Obama.

El joven Winston estaba en la cresta de la ola, escribía para The Daily Telegraph, entre otros muchos diarios, publicaba libros de sus aventuras con notable éxito. Y tenía sed de más aventuras. Tanta que se enroló en el regimiento de Lanceros de Egipto con la idea de participar en la reconquista de Sudán. Y lo hizo escribiendo para The Morning Post al tiempo que, como soldado, según se jactó siempre, mató ‘al menos a tres salvajes’. En honor a la verdad hay que decir que también mostró su rechazo a los malos tratos que esos salvajes recibían a manos de sus superiores…

Aún tuvo tiempo de cubrir un nuevo conflicto, el de los Boers en Sudáfrica, como corresponsal del The Morning Post. Allí fue escritor y soldado, fue internado en un campo de prisioneros de los Boers y logró escapar para recorrer 500 kilómetros a pie hasta la actual Mozambique para volver a volver a Sudáfrica con cierto rencor: el inquieto Winston se enorgulleció de los campos de concentración de Sudáfrica, donde encerraron a decenas de miles de Boers, porque ‘el sufrimiento de los encerrados era mínimo’, tan mínimo que murieron 28.000. De Sudáfrica regresó convertido en héroe de guerra: había liberado Pretoria y Ladysmith y soltado a los prisioneros de los campos de concentración boer…

Y aquel jovenzuelo comenzó entonces a considerarse más Churchill que Winston. A su vuelta a Inglaterra se dedicó de lleno a la política y el escritor Mark Twain lo definió como ‘el hombre perfecto’. Como Primer Lord del Almirantazgo se aseguró el petróleo de Mesopotamia, en Oriente Medio, para lo que se inventó un país, Irak, con unas fronteras que nos traen problemas incluso hoy día. Como Colonial Secretary ofreció lo que hoy es Israel tanto a judíos como a los árabes: a los palestinos los consideraba ‘hordas salvajes que comen estiércol de camello’ y de los judíos decía estar seguro de que ‘eliminarán a la población local a su antojo y conveniencia’. Antes de que Hitler organizara su propio circo Winston ya hablaba de que ‘los arios están destinados al triunfo’. Como Colonial Secretary en los años 20 estuvo detrás de los ‘Negro y Caquis’, la fuerza paramilitar que arrasó a la población civil al intentar evitar la revolución de Irlanda. Cuando los kurdos se rebelaron en 1919 Churchill dijo estar ‘definitivamente a favor de usar gas venenoso contra esas tribus incivilizadas’. Una opinión, la del gas, que también expresó respecto a Afganistán. Sus opiniones eran tan extremistas que el gabinete del primer ministro Stanley Baldwin desaconsejó cualquier nombramiento público ‘por sus puntos de vista antediluvianos’ y porque ‘solo piensa en el color de su piel…

En 1937 se descolgó con un discurso más propio de sus enemigos nazis: ‘No creo que se haya hecho nada mal con los indios norteamericanos o con los negros de Australia porque una raza más fuerte y de mayor rango haya venido a ocupar su lugar’. De Gandhi dijo, en un arranque de furia, que ‘debía ser atado de pies y manos a las puertas de Delhi y aplastado por un elefante con el nuevo vicerey sentado encima’. Los indios no le caían bien: ‘Los odio, son bestias con una religión de bestias’. Sus políticas llevaron a una hambruna en Bengala que costó la vida a más de 3 millones de personas en 1943: sus propios oficiales le pedían levantar los vetos que impedían llegar suministros a la región: ‘los hemos estado alimentando como conejos’, dijo. Su secretario de estado para la India, Leopold Amery, dijo que ‘respecto a la India, Churchill no está bien de la cabeza’ y que no veía ‘mucha diferencia entre las opiniones de Churchill y las de Hitler’.

Luego apareció Hitler y Churchill escribió las más bellas soflamas a favor de la democracia y contra el autoritarismo, movilizó a su pueblo contra los nazis y pasó a la historia por ello. Pero Winston Churchill, como fuerza de la naturaleza que fue, era mucho más que un hábil orador, mucho más que un joven periodista, mucho más que un soldado y un aventurero, mucho más que un político de talla y mucho más que un racista de corazón. Fue todo un personaje. Y como todo personaje que pasa a la historia tiene su estatua en lugar destacado con la cabeza llena de caca de paloma chorreándole por la calva…