Ahí, donde ondea esa bandera, hubo una vez un templo enorme…

Subo a una colina, que los vecinos de Baalbek conocen como Sheikh Abdallah, siguiendo un camino de tierra junto a un barrio de viviendas que conduce a una solitaria escalera. Canta una chicharra y pinchan los cardos resecos que crecen desaforados. La parte baja aparece de pronto tras las casas, muchas de ellas de la época del imperio Otomano, y los estudiosos creen que comenzaba, la escalera, en el antiguo teatro romano, situado donde hoy se levanta el hotel Palmyra. La escalinata llega a tener hasta 13 metros de ancho en según qué tramos, lo que deja ver la importancia que debía de tener lo que hubiera allá arriba. El camino está medio desdibujado y tan solo restos de columnas esparcidos dan sensación de camino de verdad. Y la escalera no es que esté mucho mejor, por muy amplia que fuera en otra época. Son escalones sueltos, desdibujados ellos también, redondeados por la erosión y por el tiempo, diseminados en la ladera de la colina, disimulados entre las piedras naturales, ellos que no lo son. 

Aunque no lo parezca eso es un escalón de la escalera del templo…

Cerca, muy cerca, hay un cuartel militar, y una señora que me ve deambular un tanto perdido y tomando fotos me avisa con un chasquido de lengua y un gesto inequívoco: cuidado con la cámara, amigo, se está usted columpiando. Miro a mi alrededor y no veo nada más que piedras esparcidas pero no diviso soldados así que sigo tirando fotos. En algún momento de la historia aquí se levantó un templo dedicado a Mercurio, o eso se especula, aunque no queda apenas nada. Ahora solo queda un monte pelado y una vista magnífica desde la que se contempla no solo la ciudad de Baalbek sino toda la región de la Beqaa. El destrozo es difícilmente cuantificable porque no sabemos casi nada del templo. Tan solo que si rivalizaba con los de abajo, que son increíblemente grandes, y que gozaba de una posición privilegiada, en lo alto de esta colina, por lo que tal vez no tuviera nada que envidiarles. Entonces, y solo entonces, cae uno en la cuenta de que debió de ser enorme. ¡Y ya no hay ni rastro!

La escalera que daba acceso al supuesto templo de Mercurio guarda la grandeza que se supone debió tener el recinto antes de desaparecer desguazado: terminaba en un pavimento decorado con mosaicos que debió de recibir grandes multitudes en procesiones y ritos en honor a Mercurio. Las monedas de Filipo el Árabe nos sugieren que se construyó sobre el año 250 DC aunque ni siquiera eso es fiable porque según qué hallazgo desmorona esa hipótesis. En unas excavaciones de 1987 Salamé Sarkis encontró cuatro altares dedicados a Mercurio, en la zona de Sheik Abdallah, uno de ellos sufragado (según reza una inscripción) por un soldado veterano llamado Statilianus Afidenus datado en el siglo I DC, lo que podría significar que el templo fantasmal no es del siglo III DC sino del I. Otro altar fue ordenado construir por un tal Lucius Afidenus Philippus, lo que lleva a los investigadores a elucubrar que ambos fueran parientes, por eso del Afidenus, y que se tratara de una influente familia local de colonos romanos especialmente involucrada en el culto a Mercurio.

Claro que en este mundo de elucubraciones hay quien cree que el templo de Baco, que está allá abajo en este complejo acomplejante, no es de Baco sino de Mercurio, por lo que entonces, cosa poco probable creo yo, habría dos templos dedicados a Mercurio en Baalbek. No deja de ser el hijo de Júpiter, Mercurio me refiero, pero no sé si ese padre colérico soportaría que su hijo tuviera dos templos y él uno solo…

Mohammed, un tipo que sale no sé de dónde y que desaparece tampoco sé por dónde, me dice que no pierda el tiempo, que aquí no hay nada que ver, que si quiero ver el templo vaya a la mezquita local, porque la construyeron con las piedras que aún permanecía en pie, o a las casas del barrio vecino, levantadas también con las piedras romanas. ¡Las casas que he atravesado para subir! Bajo dando trompicones y veo mansiones antiguas abandonadas, algunas viejas y otras muy viejas, las hay incluso de los tiempos del imperio Otomano, como dije antes, sus techos artesonados desfondados, la maleza adueñada de salones y cocinas antiguas donde aún se reconoce el lugar del fuego y el lugar del agua.

Bajo esos techos desfondados vivieron sus vidas familias de hace muchas décadas pero también bajo las piedras que sostienen esos techos desfondados rezaron sus plegarias devotos de hace muchos milenios. Porque las piedras tienen el fabuloso poder de la energía, que ni se crea ni se destruye: simplemente se transforma. Esa columna que sostiene un friso decrépito tal vez formó parte del pórtico de entrada, esa pared de una casa abandonada se parece sospechosamente a un trozo que le falta al camino que sube la colina. Imagino a los vecinos subiendo y bajando la colina cargando enormes piedras mientras el templo se desvanecía generación tras generación.

Los templos de Júpiter y Baco, descomunales y fascinantes, agravan aún más la ausencia del de Mercurio porque se supone que rivalizaban en magnificencia…

Vuelvo a subir la empinada escalera y desde la colina diviso el impresionante complejo de templos que da fama a Baalbek en todo el mundo: allí lo que queda del templo de Júpiter, allá el fabuloso templo de Baco, más acá el de Venus. Pero de este templo solo podemos elucubrar. Porque no hay mucho a lo que aferrarse. Los expertos recurren a monedas alusivas, a alguna inscripción que otros expertos rechazan por dudosas, a lo que se dice que se ha dicho siempre. El templo de Mercurio estaba situado al suroeste del complejo arqueológico y lo construyeron ahí arriba para que fuera visible en toda la región. No consigo imaginar cómo fue ese templo si los de ahí abajo tienen proporciones impensables. Hay investigadores que creen que competían en majestuosidad y en grandeza y que existía una rivalidad entre ambos cultos, el de abajo dedicado a Júpiter Helipolitano y el de arriba, dedicado a Mercurio Heliopolitano. ¡Una rivalidad de Heliópolis que me recuerda a la del Sevilla y el Betis! En cualquier caso ninguno resultó vencedor porque de Mercurio solo queda una escalera erosionada y trozos de columnas desperdigadas y de Júpiter solo permanecen en pie seis columnas en pie sobre un basamento al que se accede por una majestuosa escalera que sí es reconocible.

Deambulo como pollo sin cabeza por un mundo de espejismos que solo están en mi cabeza. Podemos imaginar el pasado pero no tenemos certeza de que lo imaginado se corresponda a la realidad. Sobre ese cardo que me dejado rojo un tobillo pudo erigirse un muro de veinte metros, allí donde zumban dos moscas muy gordas pudieron arrodillarse grupos de creyentes, sobre lo que hoy es un regimiento militar tal vez un sacerdote listillo entraba en éxtasis con sus feligresas. Si entre las paredes del templo quedaron atrapados ecos o energía hace tiempo que se liberaron de sus cárceles. Ahora vuelan libres por todo Oriente Medio. Mi imaginación también.