Dicen que el kan Kenesery perdió la cabeza a manos de sus enemigos y que su cráneo es hoy un cenicero en manos de los rusos. Pero su estatua observa impertérrita el lento paso del río Esil por el centro de Astaná montado en su caballo. Parece que lo mira sin verlo, que sus ojos ven pero no su cerebro, está como ausente, en otro lugar. Tal vez esté pensando en dónde está su cabeza. Claro que es solo una estatua y no voy a pedirle que me haga guiños pero podría mostrar un poco más de entusiasmo ante este parsimoniosa corriente. A sus pies se besa una pareja, unos chicos hacen piruetas con sus monopatines, la gente pasea aprovechando que aun quedan meses para que el temido invierno, con sus cuarenta grados bajo cero, detenga aún más el río. Kenesery mira sin ver el paisaje y ya me queda claro que su mirada de metal ve algo que yo no puedo ni adivinar. Tal vez observe los restos chamuscados de su penúltima víctima torturada con saña, puede que vea en la estepa los fantasmas de sus ilustres, e igualmente sanguinarios, antecesores, tal vez dé forma a un ataque fulminante contra los cosacos de los Romanov. ¡Quién sabe! Lo único que sé es que esa figura me resulta extraña, chocante, contradictoria, con un país tan reciente que me huele a nuevo.

Kenesery Khan observa distraído el río Esil a su paso por Astaná…

Un país tan nuevo en un territorio tan enorme (es como casi toda Europa y está prácticamente vacío) que necesita héroes a los que acudir en sus libros de historia. ¡Y qué mejor que un rebelde que luchó contra los invasores de la corona rusa que los Romanov enviaban regularmente para extender sus fronteras! ¡El último khan en una tradición de milenios! Las estepas asiáticas son interminables, están vacías, sufren un calor inhumano en verano pero en invierno se sumergen en temperaturas que van más allá de los cuarenta grados bajo cero. Por fuerza los habitantes de estos paisajes deben de ser superhombres. Y supermujeres. Resisten el calor y el frío, las larguísimas marchas por un terreno que no casa con ninguna de nuestras distancias, los veo en los bares de Astaná beberse enormes jarras de cerveza (antes de ir a la mezquita, por cierto), los imagino dando tortazos con esas enormes manos.

Los antepasados de estos niños salieron un buen día de sus estepas de la vecina Mongolia y les dio por conquistar mundo. Y conquistaron todo lo conocido…

Conquistaron el imperio chino y el imperio persa, derrotaron a los otomanos y a los árabes, se hicieron con Egipto y con la India, llegaron al Mediterráneo y al Índico. La sola amenaza de guerra te hacía palidecer y si no lograbas pactar algún tipo de deshonroso acuerdo (pues no había otro) la alternativa eran los Siete Males: destruirían tu ciudad hasta los cimientos, violarían a todas las mujeres, les sacarían las entrañas a todos los niños, demolerían cada edificio y cada monumento hasta que no quedara nada en pie y, finalmente, usarían las cabezas para levantar enormes pirámides de cráneos. Las de Timor el Cojo, por ejemplo, podían tener hasta doce mil cabezas cada una… Antes que él Genghis Khan completa la trilogía de los más grandes conquistadores de la historia (junto a Alejandro Magno) aunque su caso ofrece una variación: dicen que es el padre universal y que el 0.5% de la población mundial, y el 8% de Asia, proceden directamente de su bolsa escrotal.  La crueldad de Genghis tiene muchas aristas pero destaca sobre las demás el berrinche que se llevó por su yerno, muerto por una flecha perdida que salió de la ciudad de Nishapur: dice la leyenda que en venganza asesinó a todo ser viviente de la región, casi dos millones de personas pero  también ganado, perros y gatos, que formaron una enorme pirámide de cuerpos muertos. 

Estamos en tiempos de reivindicacciones y Kazajistán necesita héroes como los peces necesitan agua. Y si el duro tipo de mirada extraviada que veo ahí arriba ha pasado a la historia como un cruel rebelde, para los kazajos es un héroe nacional que anticipó el actual estado de Kazajistán. En Uzbekistán reivindican al Gran Tamerlán y le levantan estatuas en Samarkanda, su querida capital, porque, qué demonios, si otros reivindican a Napoleón o a Stalin, ¿por qué no sentir orgullo de ese tipo del que proceden sus pueblos? En esa clave contemplo la estatua de Kenesary Khan en un emblemático lugar de Astaná, la moderna (por no decir kitsch) capital de Kazajistán. Kenesary fue el último Khan, o rey, el último gran heredero de las hordas que asolaron el mundo conocido de su tiempo, hoy un héroe con una estatua grandota justo donde los capitalinos tienen su centro de actividad, con tenderetes, músicos callejeros, puestos de helados (en verano, en invierno helado está el suelo) y un parque muy coqueto donde descarrilan cacharritos infantiles y los místicos se sumergen en técnicas de meditación orientales. Y ahí está Kenesary, olvidados sus fracasos, su psicopatía, su sed de sangre, elevado a héroe nacional y padre de la patria. 

Este es el número 32 de la calle Kenesary…

Vuelvo a mirar la estatua de Kenesary y me extraña su subida al Olimpo kazajo. Claro que una vez sin su molesta presencia los rusos colonizaron el enorme país, trajeron ingentes cantidades de cosacos de Siberia, campesinos ucranianos y súbditos merecedores de grandes tierras, entre ellos las tribus que les habían sido leales. ¡Motivo más que suficiente para que los kazajos resucitaran su memoria en 1991 para darle lustre a un país tan enorme como deslavazado!. Culpable fue, sobre todo, Ermukhan Bekmakhanov, un historiador local que describió en su obra a Kenesary como un héroe guerrero que dio su vida por la libertad de su país. ¿¡¡Qué país!!? El caso es que el pobre Ermukhan escribió su laudatoria biografía en 1947, cuando los soviéticos dominaban la región, y por supuesto no les hizo ninguna gracia que al que consideraba un bandolero sanguinario se viera elevado a las mieles de la historia épica así que le quitaron su puesto en la universidad y lo metieron en prisión. A Ermukhan, no a Kenesary. Fliparía hoy si viera que Kenesary tiene no solo esta estatua sino que da nombre a calles, plazas, pabellones deportivos, centros comerciales a lo largo de todo el país, que es un héroe nacional y que el presidente de la Fundación Kenesary Khan incluso se presentó a las elecciones nacionales de 2105…

Janibek y Kerey Khan, los padres de la patria kazaja, tienen presencia ante el ‘Museo del Primer Presidente’, edificio en honor y loa de Nursultan Nazarbayev, primer presidente del moderno Kazajistán y, me parece a mí, primer khan del siglo XXI. El renacer de las grandes Hordas

Pero la historia no es nunca una ni permanece fija: depende de cómo la cuentes. A las puertas del museo del último gran Khan, Nursultan Nazarbayev, en la plaza de la Independencia, Janibek Khan y Kerey Khan, descendientes directos del gran Genghis Khan y considerados los padres de la patria kazaja miran con suficiencia sobre las cabezas de los tataranietos de sus súbditos, en el centro de la ciudad se encuentra el conjunto dedicado a ‘Los defensores de la Madre Patria’, en el que se mezclan hordas mongolas con soldados soviéticos, el orgullo mongol regresa de su travesía del desierto y el primer paso es olvidarse de lo malo. Si Genghis Khan fue un sádico conquistador olvidamos lo sádico y nos quedamos con lo de conquistador y le levantamos una gran estatua en Ulan Bator, capital de Mongolia, si el Gran Tamerlán fue un soberano sangriento nos olvidamos de lo último y le recordamos como un gran soberano con estatua en Tashkent. Aunque ambos actuaron en Kazajistán aquí se mira mejor a Kenesary y se le pone también su estatua…

La estatua de Kenezary es centro de quedadas juveniles…

Porque el mérito de Kenesary no es solo proceder de las grandes Hordas. En 1840 lanzó una ofensiva contra esos rusos que vivían una vida paralela a sus acérrimos enemigos gringos: si estos se lanzaron a matar pieles rojas en el salvaje Oeste, los primeros destripaban los restos de las hordas mongolas y aprovechaban, ya de paso, para echarse una partidita a ese Great Game con los ingleses en el que el premio mayor eran las orillas del Índico y los techos himalayos. Kenesary se enfrentó a una potencia emergente y poderosa y no le bastó con el apoyo de las dispersas tribus kazajas. Los kirguises, los vecinos del sur que ya estaban aliados con Moscú, lo capturaron, le cortaron la cabeza y se la cambiaron a los rusos por mil rublos (no sé si sería una fortuna entonces pero bien poco parece por una cabeza con genes de los grandes khanes de la antigüead…).

Claro que tal vez fue demasiado pago por el uso que recibió de sus enemigos porque, se especula, la cabeza terminó como cenicero real… Dice la tradición que una celebérrima vidente búlgara, Baba Vanga, conocida como la Nostradamus de los Balcanes, profetizó que Kazajistán no prosperaría hasta que la cabeza volviera a reunirse con el cuerpo del malogrado khan. De momento, hasta donde yo sé, los rusos no la han devuelto aunque sí accedieron a devolver la de Keki Batyr, otro kazajo que se enfrentó algo más tarde, en 1916, a la Rusia Imperial y terminó, cómo no, decapitado y con su cabeza en Moscú. Recuerdo entonces la manía del Gran Tamerlán de levantar torres de cabezas y pienso que los rusos se mimetizaron de barbarie para reinar sobre las estepas. Hay quien dice que la cabeza del gran Kenesary está guardada a buen recaudo en una sala de curiosidades del Hermitage, en San Petersburgo, que se ve perfectamente que es un cenicero y que incluso alguien talló el origen del macabro recipiente… 

Kenesary Kasymov fue khan, o rey, como dije antes, de la Horda Media y su fama se extendía por las planicies al oeste de Siberia por su arrojo y temeridad. Su belicosidad se orientaba hacia los cosacos rusos, que llegaban como hormigas colonizadoras bajo las órdenes de los Romanov. En 1837 las tropas nómadas kazajas le rinden vasallaje y el tipo se embarca en una rebelión de diez años contra los invasores, aunque su familia les combatía desde al menos 1824. Al principio el liderazgo recayó sobre su hermano mayor, Sarzhan, pero murió en una refriega con los uzbekos, que también tenían sus propios kanatos en Samarkanda o Bujara. En 1841 Kenesary consigue el apoyo de todos los kanatos y anuncia que recupera el título de Khan, como sus antepasados, y lanza su grito: ‘la estepa es mía’. ¡Y vaya si se lo creyó! A sus súbditos les pidió lealtad absoluta o los aniquilaría por completo. Cuando un sultán de pueblo se negó a entregarle 150 caballos sus soldados se turnaron para violar a su hija, cuando el jefe de los Zhappas (una tribu kazaja) se negó a cumplir sus órdenes ordenó ejecutarlo a cámara lenta: primero le cortaron las piernas, luego los brazos y, finalmente y con el torso aún palpitante, lo quemaron vivo.

Miro la estatua buscando un brillo especial en sus ojos de metal muerto y no lo veo. Parece que la mala baba de sus antepasados debía correr por sus genes y que centroasia es terreno de líderes majaretos. En su mayor momento de gloria, Kenesary tuvo un ejército de unos diez mil hombres compuesto por excelentes jinetes pero también criminales tártaros y chinos, prisioneros de guerra, nómadas kirguises y hasta convictos liberados de las cárceles. Su crueldad era tan grande que parte de su familia se alineó con los cosacos y muchos de sus guerreros le abandonaron aburridos de sus idas de olla. Parece que Kenesary tenía la mala baba de Genghis Khan pero no su carisma y la crueldad del Gran Tamerlán pero no su generosidad. En 1846 a las permanentes deserciones se unió que Ormon Niyazbek Uulu, el sultán de Sarybagysh, una región kirguiza con base en Ala Tau, en las imponentes montañas de Tien Shan, se autoproclamó Kan de las tribus del Norte y el colérico Kenesary entró en cortocircuito. Reunió lo que quedaba de sus tropas y se encaminó a las montañas, ese macizo de nieves perpetuas, en una ofensiva disparatada y suicida. Las huestes de Ormon rodearon el patético ejército, capturaron al iracundo Kenesary, lo tuvieron preso unos días (imagino que para nada bueno) y terminaron decapitándolo junto al río Karasu. La cabeza se empaquetó debidamente y la enviaron al zar Nicolás, en San Petersburgo, donde, dice la leyenda, sigue convertida en cenicero. 

El cuerpo del nuevo, e inesperado héroe, duerme su descabezado sueño en Katyrbulak, en la región de Talgar, al sureste de Kazajistán y muchos de sus paisanos sueñan con el momento en el que la cabeza recorra la estepa para reunirse con su ansiado cuello. Ese día, según una archiconocida vidente búlgara, será el día de Kazajistán. Si el vaticinio es correcto en algún momento asistiremos al renacer de las hordas mongolas con un líder que lleve un cenicero por cabeza…