Arthur Fleck es un desecho social atormentado por su enfermedad mental, sometido a una madre demente, marginado por su entorno  y dependiente de unas pastillas que lo mantienen en un angustioso limbo. Cuando el desprecio de los poderosos le impacta de lleno y pierde la medicación que lo mantiene apocado por culpa de recortes económicos, Arthur Fleck despierta de su sopor y saca al monstruo que lleva dentro. Ya no es Arthur, es un cúmulo de rencores, de odios amasados durante décadas, una mezcla de frustración y de perdidos al río. Ya no es Arthur, como digo, ahora es el Joker. Pero tampoco es el Joker: incomprensiblemente es un ídolo de masas igualmente frustradas, de amplios grupos que lo ven como  la consecuencia lógica de una rabia contenida durante toda una vida.

Todo esto me viene cuando me encuentro a un señor con el Joker tatuado en el cuello en la plaza de los Mártires de Beirut…

¿Qué mata? Sí, pero es que mata a quien se lo merece, me dice un muchacho en la plaza de los Mártires de Beirut. ¿Y quién se lo merece? Suspira, mira al cielo, me clava unos grandes ojos negros, menea la cabeza, se mesa la barba. Intuyo que se le vienen a la mente tantos nombres y tantas caras que prefiere no comentar más. Arthur Fleck como inspiración revolucionaria, esa me parece buena. Porque el Joker así sin más no es nadie que inspire sino a jugar a héroes y supervillanos en alguna ruina. En las del Huevo, por ejemplo, un antiguo proyecto de cine en el centro de Beirut que no llegó nunca a ver la luz por culpa de la guerra civil (y posteriormente por la invasión israelí) y que ahora alberga reuniones de pinta clandestina, pintadas revolucionarias y una estructura cercana al colapso que aprovechan los desafiantes jóvenes beirutíes para ondear la bandera nacional sobre el peligroso tejado. Aún no he digerido que alguien sea capaz de tatuarse al joker en su cuello, sabiendo quién es Arthur Fleck, cuando veo a otro joven que lo pinta en la pared. ¿Tanta capacidad de influir tiene ese majadero? Me embarco en una búsqueda de jokers por la revolución libanesa y veo con asombro que no me cuesta encontrarlos. El Joker está en el Líbano pero también en las revueltas de Chile, en Hong Kong, en Cataluña…

Arthur siente que nadie lo comprende, siente su propio ridículo, el peso de su enfermedad, de sus risas incontenibles, su incapacidad para ligarse a la vecina, a tener una conversación normal con sus compañeros de trabajo. Es un mierda, pero un mierda moldeado como mierda por una vida de mierda y una sociedad de mierda. ¿Se sienten así los jóvenes? ¿Moldeados por una vida de mierda en unas sociedades de mierda? Dice el inclasificable Bob Pop en Late Motiv, el programa de Buenafuente, que ‘elegimos bien las causas pero mal a quienes las representan’. Desde influencers a políticos corruptos, desde macarras despiadados a sociópatas como Arthur. Porque Arthur, ya convertido en un descuajaringado joker, alcanza el Olimpo de los líderes proletarios en una calle alborotada y salpicada de pillaje e incendios: el pueblo encolerizado guiado por un payaso asesino que esconde a un enfermo mental. ¿Es consciente el muchacho que lo llevará tatuado toda una vida? ¿Es consciente de que hay un montón de críticos que lo consideran un reaccionario de libro, de los que votarían a Donald Trump, a Bolsonaro, a Orban? 

También los denostados políticos aparecen pintados como jokers pero en exclusiva acepción de payaso…

Como dice Mireia Mullor en esta disección del Joker en Fotogramas, ‘El personaje canaliza la rabia de quienes sufren las injusticias de igual modo que los ladrones de ‘La casa de papel’. (…), entendemos su ira y por eso aplaudimos de forma silenciosa y culpable sus actos’.

¿Es usted español? ¡Me encanta la Casa de papel! En la plaza de los Mártires de Beirut suena el bella ciao y me temo que tengo claro el por qué. Un par de muchachos se pasean con las máscaras de Dalí que popularizó la serie que lo peta en Netflix, otros muchachos llevan la máscara de Anonymous. ¿Por qué os gusta la serie?, les pregunto a unos muchachos que se entusiasman al saber que vivo en la tierra del Profesor.

En Baalbek también pululan máscaras, estas de V de Vendetta

‘Es un ataque al poder, es un ataque a lo establecido, es el descaro de plantarle cara a quien no se lo espera porque está cómodamente sentado en su sillón pensando que es superior al resto del mundo, es darle una patada en el culo a los poderosos’. No sé si los guionistas pensaron en este giro de los acontecimientos a nivel planetario. De pronto, la plaza bota: suena una versión árabe del Bella Ciao. 

El edificio conocido como El Huevo, en el centro de Beirut, tiene una exposición de fotos de la revolución con marcado gusto por los enmascarados

En ‘El Huevo’ los revolucionarios han inaugurado una exposición de fotografías en las que no faltan las máscaras dalinianas, entre otras referencias (como el impagable beso de dos revolucionarios que evoca al pintor belga Magritte y que el gran Isaac Martín de Efe en Beirut ha explicado en este reportaje sobre los artistas libaneses) Los robos del Profesor, la rabia del Joker y el activismo de los anónimos seguidores de V de Vendetta se entremezclan con los problemas diarios de los beirutíes (o de los bagdadíes, de los hongkoneses, los chilenos o los catalanes) para afinar el movimiento y darle un componente universal, común a todas las protestas, un común denominador que iguala al gobierno chino con la corrupción libanesa o iraquí, al escuálido gobierno español con el autoritario chileno.

Las imágenes de los desórdenes aún no han pasado de algún cristal roto, con cierta guasa, y de calles cortadas con mucha alambrada: el joker sigue medicado

Dicen los datos que la brecha entre ricos y pobres es cada vez más grande, que la gente lo pasa cada vez peor, sea en Barcelona o en Bagdad, con las notables, y sobresalientes, diferencias entre el pasarlo mal de un sitio y el del otro. Quien quiera unir en un plano de igualdad los problemas de Bagdad con los de Barcelona, los de Santiago de Chile con los de Hong Kong, no tiene más que ignorancia o maldad. En el Líbano han catalizado la indignación en una suerte de 15M con charlas, talleres, música, mucha música, concentraciones y manifestaciones, y algún corte de carretera, evitando, de momento al menos, que el Arthur colectivo se coloque la máscara de Joker.

Los revolucionarios libaneses aún no han roto más que algún cristal con algo de guasa y se afanan en golpear con saña paredes y planchas de metal que hacen un ruido llamativo, más que las cacerolas que también hacen sonar en una protesta que no recuerda precisamente a las calles de Gotham enseñoreadas por el Joker. El Joker se asoma pero de momento la rabia de la masa parece sedada y se expresa en según qué horas, cuando cae el sol, en las calles del centro, golpeando paredes y cacerolas, rompiendo algún cristal, subidos en lugares imposibles ondeando banderas y cantando himnos.