En Semporna, en la isla de Borneo, no hay medio de transporte más popular que el fueraborda. Embarcaciones alargadas que hacen las veces de taxis y de autobuses urbanos trasladan grupos de gentes de un sitio a otro sin respiro. Lo mismo los llevan a algún punto de la orilla más allá de esos barrios de palafitos repletos de niños que a misteriosas casas levantadas en medio del mar. ¡En medio del mar vive gente! Sin los fuerabordas los vecinos de Semporna no llegarían muy lejos porque las carreteras son pésimas, jalonadas de baches que son cráteres, caminos de tierra embarrada que no llevan a ninguna parte, trochas comidas por la selva.

Antes de llamarse Semporna esta ciudad se llamaba Hujung Hutan, que en malayo significa ‘Donde acaba la selva’, y eso parece: si dejas a tu espalda el mar te espera un manto de verde selva con bosques espesos. Y como la selva parece impenetrable no me extraña que estén más pendientes del mar que del interior. Los vecinos esperan en una amplia escalera que alguna de las embarcaciones se llene y el piloto arranque el motor.¡Y pensar que por aquí rondó la corona española hasta no hace tanto! Porque la moderna Semporna fue fundada por los ingleses de la Compañía británica del Norte de Borneo sobre el pueblito que escapaba de la selva pero aquí hubo un intenso ajetreo que involucró a los locales convertidos en piratas, a los españoles aburridos de los piratas, a los alemanes que soñaban con el imperio que la historia les había negado y hasta un intento italiano, otro norteamericano y otro más austríaco. Nada de eso queda ya en un pueblo sin gracia alguna pero que sirve de puerta a algunos de los mejores lugares del mundo para bucear, como Sipadan o Mantabuan

De hecho hay más huella de las aspiraciones españolas en Andalucía que en lo que hoy es Malasia. Por ejemplo, en la catedral de Cádiz descansa el sueño eterno Carlos Cuarteroni, un gaditano que fue capitán de navío, pescador de perlas, cartógrafo, activista abolicionista y, finalmente, prefecto apostólico de Borneo al servicio (secreto) de la Corona de España . Otro ejemplo: el sevillano Fernando Primo de Rivera, capitán general de las islas Filipinas, destacado en la derrota del sultán de Jolo, Jamalul Kiram, al lado del gaditano Basilio Augustín y Dávila, más tarde gobernador (pésimo, añado yo) de las mismas islas Filipinas. Uno más: el 23 de mayo de 1880 fallecía en Sanlúcar de Barrameda José Rudesindo Malcampo y Monge, a la sazón conde de Jolo y vizconde de Mindanao, héroe español en las guerras contra los piratas de los mares del Sur y capitán general de las Filipinas. 

La mezquita azul domina el frontal al mar

La mezquita azul de Mesjidur Rahman que domina el puerto, en el barrio de Ar-Rahman, llama a la oración y su eco rebota en la indiferencia de los paseantes que caminan sobre las precarias planchas de madera que comunican el barrio a modo de calles. Al atardecer los pescadores traen sus capturas y organizan un oloroso mercado en menos que canta un gallo: precisamente ese gallo que aquel niño trata de agarrar por el cuello sin ninguna delicadeza.

Los restaurantes, que parecen siempre en manos de chinos obesos, abren sus puertas, los locales se afanan en montar puestos de madera, el gentío crece. Tan solo las patrullas del ejército malayo recuerdan que este levantisco territorio no ha cambiado tanto desde el siglo XIX: ahí enfrente hay piratas, a veces atacan un hotel, a veces capturan una chalupa llena de turistas. Por eso los militares patrullan la ciudad, patrullan las orillas, patrullan el mar, por eso montan fortines acorazados  en las islas que frecuentan los turistas. Porque los nietos de los piratas que atormentaron a los españoles decimonónicos martirizan hoy a los chinos cargados de cámaras que inundan la región. Mirando las caras de los vecinos uno sospecha piratas escondidos observando al personal y eligiendo víctimas que luego señalarán a los orates de Abu Sayyaf, con base en la no muy lejana isla de Basilan, los herederos directos de aquellos locos del sultán de las islas Sulu, y rendidos en pleitesía al Daesh. Dos siglos después nada ha cambiado…

El 5 de febrero de 1876 el sanluqueño José Malcampo lanzó la flota de Manila contra el sultán de Jolo y desbarató el principal foco de la piratería en la región. No sirvió de mucho porque, siglo y medio después, del sur de las Filipinas, no muy lejos de Semporna, salen muchos de esos piratas que los militares malayos buscan con tanto ahínco. ¡Jolo! ¡Cualquiera se arriesga a darse un garbeo por esa idílica isla! Sin embargo, ahí siguen mientras que el entonces triunfador, el de Sanlúcar, ha pasado al olvido. Jolo le dejó al gaditano una salud tan precaria que volvió a su localidad natal para morir con solo 52 años. En su tumba, que todos creen vacía, se le recuerda como ‘Conquistador de Jolo’. A decir verdad no quedan muchas más señales de su hazaña. Ni en Borneo, ni en Jolo ni en Sanlúcar. También es cierto que su obra no perduró porque el territorio se perdió poco después junto a las Filipinas, Guam, Puerto Rico y Cuba…

El chino del restaurante apenas se puede mover: tan gordo está. Supongo que todo estará bueno… Y supongo bien: el mejor centollo de mi vida, delicioso pescado a la brasa, cerveza helada, vistas al puerto con un extraño espectáculo en el que decenas de ratas de buen tamaño saltan como canguros por los espigones. Los tatarabuelos de estos vecinos que me sonríen con tanta amabilidad se dedicaban desde finales del siglo XVIII a la piratería con tal pasión que hacían imposible el comercio de la zona. Los españoles, dueños de las Filipinas, decidieron acabar con el foco de los filibusteros a las bravas y bombardearon el sultanato de Jolo. Pero el sultán dominaba una cadena de islas más allá de Solo, en lo que es la continuación natural del oriente de Borneo y, por tanto, también tenía ascendencia sobre Semporna y la isla de Tawitawi con esos fondos de coral colorido.

La cuestión sobre Jolo había comenzado antes, en 1851, cuando las tropas españolas sometieron por vez primera al díscolo sultán y comenzaron una larga discusión diplomática con Gran Bretaña, que veía acercarse peligrosamente a los españoles a lo que consideraba su área de influencia. Cuando la marina española se asoma a Borneo en 1878 investiga entonces si apropiársela también porque el sultán de Jolo poseía parte del noreste de la isla y se suponía que el sultanato pertenecía ahora a España. Ahí empezó otro trabajo: el de los ratones de biblioteca para encontrar un papel que abriera Borneo a la corona española. Finalmente en 1869 los estudiosos presentan un informe en el que aseguran que España tiene derechos de soberanía en Borneo e incluso en las islas Carolinas. El problema es que deben demostrar esa soberanía con actas de ocupación que evidencien que allí se instalaron españoles y no las había.

La solución resultó compleja porque las potencias europeas habían puesto ya sus ojos en la zona: los británicos estaban sedientos de más terrenos, un aventurero norteamericano consiguió que el sultán de Brunei les arrendara el norte de la isla y montaron su Compañía Americana comercial de Borneo, aunque Washington no estuvo muy interesado en un proyecto que terminó comprando un austríaco para el imperio Austro Húngaro, que tampoco estuvo interesado, y que terminó en manos de, cómo no, Gran Bretaña. El lío aumentaba con cada potencia que se fijaba en la región y a los austríacos se unieron los italianos. Sin olvidar a los locales y sus negocios de piratería. Con tanto trajín la Corona española, que no tenía mucho interés en la isla, sintió de pronto pelusita de sus vecinos europeos y volvió sus ojos a un gaditano que ya era una leyenda en la región.

Carlos Domingo Antonio Genaro Cuarteroni Fernández nació en Cádiz hijo de italiano y de sanluqueña (aquí el semblante de la gran Laura Garófano) y con 13 años ya viajó a las Filipinas. Debieron de impresionarle porque volvió a Cádiz para estudiar náutica y a los 19 ya era capitán de bergantín en el sudeste asiático. Pero con poco más de 25 años se aburre de la navegación formal, compra una goleta y se dedica a buscar perlas en el mar de China. Por si fuera poco encuentra un barco inglés cargado de monedas de plata que lo convierte en un tipo inmensamente rico. Dueño de su barco, con dinero asegurado y navegante por los mares del sur, el gaditano se dedica entonces, por placer más que nada, a cartografiar Borneo, a describir sus pueblos, sus costumbres, a luchar contra los piratas y hasta sirvió de modelo a Emilio Salgari para su célebre Sandokán (hay una ciudad al norte de Semporna que se llama Sandakan…). Abrumado por la cantidad de esclavos en manos de los piratas Cuarteroni gastó su fortuna en liberarlos y terminó por ver la luz: se hizo monje trinitario y el Papa Pío IX lo nombró prefecto apostólico de Labuán y Borneo. Como destacado personaje en Borneo la Corona española contactó con él para que disimuladamente le contara qué se cocía por esa lejana isla y si era posible incorporarla al catálogo nacional…

Mientras Cuarteroni pululaba por la isla de Borneo los piratas de Jolo volvieron a rebelarse y tuvo que ser el sanluqueño José Malcampo, como he dicho, quien volviera a pacificarlos (a base de mandobles, todo sea dicho). Los ingleses aprietan por el norte, con puertos en Labuan y buenas relaciones con Brunei. El sultán de las Sulu cede una parte de territorio en tierra de Borneo, concretamente en lo que será Sandakan, para que los alemanes establezcan un puerto pero entonces son los ingleses los que se toman mal la nueva competencia, como si no tuvieran bastante con los españoles. La cosa se va de madre cuando los españoles comienzan a capturar mercantes nibelungos para dejar claro que no toleran tonterías en lo que cree son sus aguas. Los británicos, maestros en el arte del divide y vencerás, se unen a los germanos a ver qué pillan y lo que pillan es el conocido como Protocolo de Madrid, en 1885, en el que reconocen la soberanía española sobre las Jolo siempre que se les dejara a su bola en Borneo: España renunciaba a cualquier derecho en lo que, a partir de ahí, sería zona de influencia de la Compañía Británica del Norte de Borneo.

Pero mientras eso ocurría entre las potencias occidentales los nativos no veían con buenos ojos que esos paliduchos les arrebataran sus tierras: otra vez más, los levantiscos vecinos desempolvaron sus chalupas piratas y en 1896 se unen a su manera a la rebelión de Katipunan por la que los filipinos, en general, se declaran hartos de España y quieren la independencia. El violento conflicto y la precaria situación de la situación en la metrópoli llevó al desastre de 1898, la pérdida de las colonias y el cierre para siempre de las reclamaciones españolas en Borneo: el gaditano Basilio Augustín, último gobernador español de las Filipinas, arrió para siempre la enseña rojigualda de la colonia más lejana y dejó el camino de Borneo abierto a los británicos.

Semporna hoy es un lugar sin gracia alguna más allá de la idílica costa, una ciudad desvencijada, con edificios feos y antiguos, carreras de ratas, suelos resbaladizos, tráfico congestionado y gentes descalzas. El único sentido de acercarse hoy a Semporna es el buceo porque frente a sus costas se encuentran algunos de los mejores lugares del planeta tierra en el parque marino llamado igual que la ciudad, Semporna: allí están los tiburones ballenas, más allá islitas formadas por barreras coralínas, por aquí cadenas de islotes con remedos enanos de selvas húmedas, en ese resort en mitad del agua se reúnen los primos de Nemo. También hay filipinos, varios miles, que han emigrado (como han hecho toda la vida, antes incluso de que se hablara de fronteras) y que hablan chabacano de la no muy lejana Zamboanga, ese extraño castellano del que solo pude entender ‘hola, qué tal tú’. Mi barco sale para conquistar lo único que le ha quedado permitido a los descendientes de los enemigos de aquel califato de Jolo: las profundidades de los mares del sur…