En una acera de Casual Bay, en la isla de Hong Kong, una señora quema papeles al caer la noche: la hoguera lanza chispas a la oscuridad y la imagen es llamativa. Saco la cámara pero la apacible señora muta a monstruo nocturno que me amenaza con un dedo. Parece fuera de sí. ¿Es para tanto una simple foto? ¡Sí, lo es! Porque a la señora tal vez no le importe salir en una instantánea pero a los fantasmas que la rodean sí. Por eso no puedo hacer fotos. Porque los fantasmas quedarían atrapados en la imagen y ya no podrían vagar por sus mundos paralelos y mucho menos acercarse a los que fueron sus seres queridos para que les den de comer al menos una vez al año.

¿Bromean o qué? 

No, no bromean. Los fantasmas hambrientos son criaturas dignas de toda pena: vagan con el estómago vacío, tienen unas bocas muy pequeñas y sus cuellos son tan delgados que apenas pueden tragar, así que permanecen en un permanente estado de hambruna total. No siempre fueron así: es un castigo que sufren por su impiedad en otras vidas, por haber pecado de envidia, de soberbia, de celos. A finales de verano los budistas se apiadan de estas miserables almas y les dejan platitos con comida, a veces en las calles, otras en los colegios, en parques y jardines, bajo los puentes. No los fotografíe, dicen, porque entonces el fantasma hambriento quedará atrapado y no podrá salir nunca más, lo cual, estimo yo, incrementará su apetito. En Victoria Park, en pleno centro de Hong Kong, preparan una gran fiesta donde el letrero lo pone bien grande: se prohíben las fotos… 

Imagino entonces a esa caterva de espíritus caninos, sus espectrales costillares marcados en una seda roída, vagando para siempre en mis archivos RAW o JPG y siento, yo también, lástima por ellos. Y miro entonces a mi alrededor, siquiera sea para acercarles un mendrugo de pan fantasmagórico, aprovechando que estoy en Hong Kong precisamente ese mes, el séptimo mes del calendario lunar, el momento propicio para dar paso a su legendaria gazuza. Difícil concretar más la fecha porque varía de un año a otro aunque suele coincidir en el periodo que va de mediados de agosto a principios de septiembre. Salvando las distancias, es el día de los Muertos de México o el Halloween anglosajón.

¿De dónde viene esta extraña costumbre? Pues hay varias versiones del origen, a cual más enrevesada y surrealista.

Una de ellas dice que un rico comerciante chino estaba a punto de salir de viaje cuando llegó un monje sediento y le pidió de beber. El hombre, azorado porque salía ya, le encargó a su esposa el detalle pero a la buena señora la cosa no le pareció del todo bien y en lugar de zumo le dio al monje un brebaje de orina y jugo de caña. El monje no dijo nada pero algo guardó en su interior. Cuando, años después, la mujer murió, su espíritu volvió a la tierra convertido en un fantasma hambriento.

En otra variedad de esta leyenda, la mujer recibe el encargo de darle no una bebida sino comida, pero ella, enfadada también en esta historia, encierra al monje en una habitación vacía todo el día y no le da ni un mendrugo. Como castigo por su mala acción la mujer fue condenada a reencarnarse miles de veces en fantasma hambriento.

Señor que dormita plácido en una calle de Hong Kong

Hay una versión budista que dice que Mulián, uno de los diez discípulos de Buda, encontró a su madre muerta en el reino de los fantasmas hambrientos. Su madre era lo que se piensa de un fantasma: el cuello largo y delgado, las cuencas de los ojos muy marcadas, pálida como la misma muerte y con un hambre inconmensurable. ¿Cómo llegó allí el tal Mulián? Ni idea, la verdad, pero sí sabemos que este hombre consiguió reunir un puñado de arroz para su madre aunque se estaba enfrentando a unas fuerzas muy superiores que no iban a permitir esta vacilada y convirtieron el arroz en ceniza. Mulián, abatido por ver a su madre convertida en fantasma escuálida, acudió a Buda, que más que ayudarle lo hundió un poco más: ‘tu madre es un fantasma porque ha sido una gran pecadora’, parece que le dijo, ‘y tú solo, por muchos poderes que tengas, no podrás salvarla: necesitas el poder de todos los monjes’. Y el mismísimo Buda le aconsejó que lo hiciera justo el día 15 del séptimo mes lunar tras un mes de intensa meditación. Mulián pidió ayuda a su pandilla de monjes y la pobre y raquítica madre consiguió liberarse de su pesadilla gastronómica.

Las tiendas viven unas jornadas frenéticas vendiendo cosas muy raras, como coches de cartón, tabaco falso o ropa de papel maché (tan raro como las calabazas de Halloween…)

Ahora todo tiene más sentido: los devotos chinos intentando apaciguar el sufrimiento de las ánimas, quemando billetes (falsos, claro), coches de lujo (de cartón) o trajes de chaqueta de prestigiosas marcas (de papel maché…). La celebración se sublima el día 15 de ese mes, el festival Yu Lan, aunque días y noches atrás las señoras más pías demuestran su respeto por los ancestros quemando réplicas en los portales de los apartamentos, entre cajas que esperan al camión de la basura, junto a restos del mercado zonal. Hay platitos con comida, grandes humaredas de varitas de incienso, los comerciantes más recalcitrantes incluso sonríen bendecidos por esta creencia general que le deja un buen puñado de dólares de Hong Kong. Esos días hay óperas, representaciones teatrales, la gente monta escenarios efímeros de bambú, los templos registran una actividad superior a la habitual y los farolillos se encienden como velas en el Rocío con la intención de guiar a los pobres fantasmas hacia los platos de comida.

La festividad en Hong Kong se nota especialmente entre la comunidad de Chiu Chow, una región china de la provincia de Guangdong que tiene en Hong Kong nada menos que un millón doscientos mil individuos. Una gente que además es muy conocida por la calidad de su demoníaca salsa picante de chiles y ajos y de la que espero que no la ofrezcan a los pobres espíritus famélicos. Los alimentos no se ponen solo en la calle: en las familias se hace un hueco para los antepasados, hay casas donde se pone una foto del, de los, fallecidos como si fuera la película Coco de la Disney, incluso en las representaciones se dejan filas vacías. Eso sí, los rituales, la comida para el fantasma, la algarabía espectral, se deja fuera, a las puertas. Porque a nadie en su sano juicio se le ocurriría lo impensable: invitar a los fantasmas a entrar en el hogar…