El durián es un fruto tan maloliente que causa mareos, taquicardias y miradas agresivas. En según qué país está prohibido llevarlo encima en aeropuertos, autobuses y trenes, no se permite su entrada en hoteles y restaurantes, su posesión puede traerte tantos problemas como esconder estupefacientes. Su olor es tan fuerte que la biblioteca de la Universidad de Canberra, en Australia, evacuó de urgencia a quinientos cincuenta alumnos en menos de seis minutos porque pensaban que había un escape de gas. Solo después se dieron cuenta de que no era gas: alguien trajo un durián. El olor es indescriptible y solo de lejos puede uno asociarlo a una cebolla podrida potenciada por sabe dios qué reactivo.

Sin embargo, dentro de ese caparazón extraterrestre y agresivo, el fruto es sabroso y sus aficionados son legión…

El escritor culinario Richard Sterling lo describe aún mejor: ‘es una mezcla de mierda de cerdo, aguarrás y cebollas guarnecidas en un calcetín sudado’. Anthony Bourdain llegó a decir que si comes durián ‘tu aliento olerá como si le hubieras comido el culo a tu abuela muerta…’ De hecho el olor es tan fuerte y nauseabundo que multitud de escritores han intentado describirlo en parecidos términos. La revista The Oxford Companion to Food lo describe como una mezcla de ‘gato muerto, alcantarilla, vómito rancio, cebolla y queso’, el periodista del siglo XIX Bayard Taylor decía que comerlo era un ‘sacrificio de la autoestima’, el escritor gastronómico Bob Halliday asegura que huele a ‘un montón de gatos muertos que, sin embargo, con el tiempo no es tan ofensivo y te hace babear como un mastín’, Jerry Hopkins en Strange Foods lo describe ‘como comer helado en una letrina’…. 

Por eso mismo no puedes introducirlo en la habitación de un hotel, en un autobús o en un taxi sin temor a sufrir una reprimenda subida de tono (o un sopapo con la mano abierta). Su transporte particular está prohibido (sí, prohibido) en Singapur y Malaisia. Según estos científicos el durián tiene unos genes que generan sulfuro, etileno y lípido, lo que lo convierte en un superalimento rico en carbohidratos y vitaminas A, B y C. 

‘Huele como el infierno pero sabe como el mismísimo Cielo’, me dice una vendedora mientras me ofrece un zumito recién exprimido en el mercado nocturno de Davao, en Filipinas. Lo pruebo con aprensión: pero es cierto, sabe rico. Es espeso y dulce, parece una pulpa fresquita y edulcorada con un sabor intenso a fruta. La región de Davao es uno de los centros mundiales de este extraño y monstruoso fruto.

Parece una broma con su tamaño de sandía pero cubierto de espinas gruesas y verdes que le dan forma de fruto alienígena. En Davao está por todas partes, en el mercado, en mercadillos callejeros, a bordo de carretillas de vendedores ambulantes, lo veo tirado por el suelo, sobre las aceras y en los arcenes, flotando en la orilla del fétido mar de China, lo llevan camiones y coches en sus techos. ¡Incluso pude comprar un llavero de durián!

Solo esta región produce más de sesenta mil toneladas, que se dice pronto, pero nada en comparación con las seiscientas mil toneladas que produce Tailandia. Y a pesar de su pésima fama el durián es rico en hierro, vitamina C, potasio, ácido fólico, zinc, niacina, B6, vitamina A, riboflavina, tiamina y calcio. Es bueno para la piel, disminuye la presión arterial, tiene propiedades antibacteriales, antifúngicas y antimicrobianas. Por si fuera poco existen más de doscientas variedades y cada una de ellas genera sus propia, y sutil, mezcla de olores que producen sabores ligeramente diferentes. Si se decide lo habitual es comerlo directamente de su cáscara pero con él hacen desde pasteles a café, tartas y dulces, incluso hay condones con sabor a durián….

La leyenda dice que hace muchos años un anciano rey acudió a un sabio para que le aconsejara como lograr el amor de su joven esposa. El anciano envió al rey a recoger una serie de frutas raras pero de maravillosos ingredientes para que las plantara en su jardín. La desdeñosa esposa probó el durián y cayó inmediatamente enamorada y el rey, tan contento como estaba, organizó un fiestón de no te menees. ¡Pero olvidó invitar al sabio! Y tan dolido estaba que lanzó una maldición: tendrá un sabor estupendo pero olerá a rayos. Desde entonces el durián es un reto a la nariz y a las papilas gustativas…