Enterrado en una tumba de un cementerio sin pompa, sirviendo de almohada a una adolescente muerta dieciséis siglos atrás, yacía (se suponía que para siempre) un libro de salmos. Pero no cualquier libro de salmos: el Libro de Salmos. El libro encuadernado más antiguo del que tengamos constancia, cuatrocientas noventa páginas de pergamino encuadernadas con cubiertas de madera sujetas con cuero, escrito a mano en dialecto copto con caracteres del griego antiguo que se completan con siete jeroglíficos del periodo tardío del antiguo Egipto.  Algunas palabras del griego y del copto no se habían visto nunca antes y sacudieron a los paleolingüistas porque les descuadró un universo calmo y tranquilote. Está escrito con tinta marrón aunque algunos pasajes la tiene negra porque, dicen los expertos, alguien corrigió o intentó arreglar algunas páginas. El libro tenía adherida una pequeña llave hecha en hueso, un símbolo egipcio que tomó forma de cruz cristiana, porque antes estos libros se cerraban, no se fueran a escapar los santos y las vírgenes… Supongo que la vitrina con tanta cruz debe ser el reflejo moderno de esa llave: de la urna no escaparían tampoco…

Lo veo ante mí, envuelto en una atmósfera de penumbras, protegido por un cristal serigrafiado con cruces y más cruces, arrugado y como recuperándose de una inundación, protegido del exterior por una urna dotada de control de humedad y calculo los acontecimientos que han ocurrido desde que alguien lo escribió. La caída de Roma, la expansión del cristianismo, la Edad Media, las cruzadas, el nacimiento de Mahoma, la expansión del islam, la invasión musulmana de la península ibérica, el imperio otomano, el descubrimiento de América, los británicos creando el mayor imperio de la historia, Napoleón, Hitler, Stalin, la creación de Israel, la guerra del Vietnam, el fin de la URSS. Por decir algo. Pues antes de todo eso, el librito ya estaba ahí.

Según los expertos tiene la friolera de mil seiscientos años, y probablemente hasta más. Lo datan en la segunda mitad del siglo IV, que ya ha llovido, y me extraña la poca popularidad de la que goza. De hecho estoy solo en la estancia que lo alberga, el libro y yo enfrentados cara a cara, él en su vitrina especial, yo buscando un ángulo por el que pueda enfocarlo porque al museo se le ha ido la olla con las cruces serigrafiadas.

El libro volvió a ver la luz del día en el año 1984 y para tan magno descubrimiento en un país con tanta tumba real resulta desconcertante que lo encontraran anónimos inspectores de antigüedades en una tumba para pobres. La guardiana del libro era una niña de unos doce años enterrada en un cementerio llamado Mudil cerca de la antigua ciudad grecorromana de Oxyrhynchus, a unos cien kilómetros del Cairo, un lugar propicio para hallazgos de órdago. De ahí su nombre: Codex Mudil.

El misterio de la niña pobre con un libro que se suponía para ricos no será resuelto jamás y sólo la suerte pudo esconder el preciado tesoro de los saqueadores de tumba durante dieciséis siglos. Hasta el momento de su hallazgo sólo se tenían fragmentos de los Salmos gracias a los rollos del Mar Muerto porque los textos originales vete tú a saber dónde andan. Así que este libro que vive en permanente penumbra es el texto más fidedigno y cercano al original del que tengamos constancia. Que la niña tuviera el libro bajo la cabeza, dicen los expertos, no es tan raro porque los egipcios continuaban con la tradición de los antiguos faraones de enterrar el Libro de los Muertos. Sólo que el de la niña no cuadra por el cementerio y porque nadie ha podido encontrar uno más antiguo. Tal vez la niña no fuera tan pobre…

El libro es uno de los objetos centrales del Museo Copto del Cairo, un hermoso edificio construido en el interior de la antigua fortaleza de Babilonia. Todo me parece fascinante en esta antigua fortaleza. Porque esto es Babilonia, aunque sólo sea de nombre, un reflejo de la gran urbe que se llevó a todos los judíos y conquistó su mundo conocido de entonces. Y digo reflejo porque dicen que la construyeron los seguidores del rey persa Cambises II en el año 525 antes de Cristo. ¡Todo en El Cairo es un disparate de años y de siglos y de milenios!

Para llegar a la zona copta, y al museo que es fortaleza babilónica, hay que sortear frecuentes controles militares con pánico a los atentados

Dentro del museo me fascinan las cartas que se enviaban los primeros coptos escritas…en vasijas…

La fortaleza la retomaron los romanos, que le añadieron esas bandas típicamente romanas, rojas y blancas, y posteriormente los primeros cristianos, los coptos, que hoy tienen la antigua fortaleza plagada de iglesias, monasterios y este museo. Y si ha pasado de todo desde que alguien copió el librito de los salmos, el codex Mudil, no quiero ni pensar en lo ocurrido desde el tal Cambises.

Dentro del edificio los artesonados del techo, los balcones tallados en madera, los espacios, son espectaculares y ponen nervioso al fotógrafo comprometido…

Decía Ptolomeo en su libro Geografía que la fortaleza formaba parte de una ciudad llamada del mismo modo, Babilonia, por la que pasaba un canal que unía el cercano río Nilo con el ciertamente lejano mar Rojo, un canal que perdió uso hasta que el emperador Trajano lo reabrió para volver a darle vida también a la fortaleza, aunque desplazó el fuerte original para mejorar el abastecimiento de agua. A pocos metros de este núcleo se instalaron los conquistadores musulmanes, que dejaron la primera mezquita de África, y el área entera se convirtió en el centro del mundo cristiano egipcio.

Hoy la fortaleza se deja ver mejor en la entrada al museo copto y resulta un agradable lugar de jardines cuidados, sombras frescas y pandillas de turistas que zigzaguean entre los soldados fuertemente armados que vigilan la zona. Porque los cristianos de Egipto forman una comunidad con la diana puesta en la cabeza por los más orates del Islam y los atentados organizados y los ataques espontáneos son de lo más frecuentes.

Una lástima porque el edificio es magnífico, con sus juegos de sombras, los balcones de madera tallada, los techos artesonados con intrincadas tallas y dibujos mezcla de miles de años de civilizaciones y tendencias. Quién sabe si dentro de dieciséis siglos todo esto perdure, como la almohada de la niña de Mudil. el libro de los salmos más antiguo del mundo, el libro encuadernado más antiguo del mundo. La huella de un dios recién nacido con ecos de dioses mucho más antiguos.