En la Avenida de las Estrellas de Hong Kong permanece congelado para siempre Bruce Lee en una actitud que mezcla la defensa con el ataque, la provocación con la templanza, la violencia con la calma. A su alrededor brilla la noche de la ciudad de los rascacielos, bailan los edificios, refulge el logo de Starbucks, un chaval posa a sus pies en pretendido remedo karateka. Lo tiene todo, la estatua, todo lo que significa Hong Kong. Tiene movimiento estando parado, tiene un espectáculo de luces estando a oscuras, y dependiendo del fondo que elijas tiene el capitalismo desaforado de la ciudad del dinero y el logo de su máximo exponente. Una ciudad de mercancías y servicios, de bienes y capitales, donde puedes cambiar euros a libras rememorando los tiempos de la colonia o dólares hongkoneses a renmimbi sin salir de tu barrio, comprar las últimas zapatillas deportivas o comer productos típicos del norte de Bután. Pero sobre todo, el fondo de Bruce Lee es el del agua. El agua de la bahía de Hong Kong, el agua que de pronto cae de unas nubes intensamente grises, el agua de su filosofía.

En el aeropuerto serás pasajero como el agua es tetera en la tetera

‘Vacía tu mente, abandona las formas: sé como el agua’, dice el propio Bruce Lee en una entrevista que recuperó no hace tanto un anuncio de televisión. ‘Pon el agua en una copa y el agua será copa, ponla en una tetera y será tetera: el agua puede fluir, gotear, chocar, siempre será agua: sé agua, amigo’. Los jóvenes que se manifiestan estos días en Hong Kong han adoptado la máxima de Bruce Lee y son agua. Ante la policía se transforman, aparecen y desaparecen, en el aeropuerto son público, en las carreteras circulan como coches, en las avenidas son peatones. Es una nueva forma de resistencia que desespera a las autoridades (sobre todo a las del otro lado de la frontera, a las chinas), y que intentan ser fluido que se adapta a las circunstancias. Conforme pasan las semanas, y los meses, cada vez menos, eso también: las estaciones de metro, los enfrentamientos con la policía, las agresiones a posibles mafiosos prochinos, rompen el agua, que ya es decir, y toman la forma entonces de sus peores enemigos.

El agua no tiene forma, ni jefe, y los manifestantes no tienen cabeza visible, ni son eternamente una botella. Uno de los señalados por las autoridades como líder, Joshua Wong, toma también el lema aunque las autoridades ven entonces la oportunidad de etiquetarlo, tal vez en una réplica de la filosofía de Bruce Lee. Los policías también son agua y no menos los matones enviados por Pekín, el agua de Bruce Lee se condensa sobre los cristales de los rascacielos de Central y, desde las alturas, cae sobre los manifestantes en líquida venganza.

En la autopista serás coche

Mientras, en la costa de Tsim Sha Tsui la estatua de bronce de dos metros y medio de Bruce Lee permanece ajena al berenjenal de las protestas. Su heredero en las pantallas, y no menos leyenda de las artes marciales, Jackie Chan, ha tomado parte declarándose chino y guardián de la bandera nacional, ‘nuestro país se ha desarrollado mucho en los últimos años’, dice en esta entrevista, ‘China es mi país, amo mi país y amo Hong Kong, que es mi lugar de nacimiento: espero que la paz llegue pronto’. Suficiente para que los acuosos manifestantes se queden tan fríos como el hielo y hayan afirmado que Hong Kong le odia. No sabemos lo que pensaría Bruce Lee, contenido entre el ataque y la defensa, entre la violencia y la calma. La ciudad se debate entre el capitalismo de postal que le legó Gran Bretaña o el que le prepara China, sabedor no obstante que el último es inevitable.

Si viaja a Hong Kong prepare su comparador de cambio de moneda porque, además, la moneda local fluctúa peligrosamente conforme las protestas se alargan en el tiempo y la escenas violentas ilustran los informativos de medio mundo. El hongkonés quiere ser agua, como Bruce Lee, pero amenaza con estancarse y volverse fétida, con congelarse y quebrarse, con buscar la forma del sumidero. Bruce Lee murió de pronto, mientras dormía intentando recuperarse de un intenso dolor de cabeza, tal vez por una reacción alérgica a un medicamento, puede que de muerte súbita. Su estatua nos recuerda que el ídolo local sigue sirviendo de inspiración y que los manifestantes deben de cuidar su legado no vaya a ser que tanta agua les lleve a morir, ellos también, de un intenso dolor de cabeza.