Entre las nubes bajas de las negras tierras del Alto Karabaj se levanta una iglesia. Es gris, parece húmeda y abandonada, erigida sobre una colina como a modo de capricho, está amurallada, parece a la defensiva. ¿Quién querría venir aquí? El taxista me deja en la puerta. Se santigua, mira alrededor, me dice algo ininteligible, sonríe, se aprieta la gorra contra las sienes y reclina el sillón del conductor para echarse a dormir. Supongo que me espera. Bajo al frío mediodía y noto la humedad de la neblina. El complejo parece abandonado. Pero no lo está: tan sólo llueve y hace frío. El templo se sitúa en el monte Gandzasar, que le da nombre a la iglesia y al monasterio, y su población más cercana, Vank, me sorprendió con un hotel en forma del célebre Titanic y una calle decorada con las matrículas de los vehículos azeríes capturados en la guerra de los años noventa. Gandzasar significa ‘Montaña del tesoro’ y hay que separarse para ver que, efectivamente, es una montaña y hay que entrar en su interior para ver que, efectivamente, es todo un tesoro. Los altorrelieves de los muros exteriores, las figuras de leones, las inscripciones en armenio, incluso las tumbas de unos desconocidos que permanecen ahí desde siempre. La iglesia lleva al enredado nombre de St. Hovhannes Mkrtich, que entre nosotros no es sino San Juan el Bautista, y dicen que terminaron de construirla en 1216. ¡Hace más de novecientos años!

Sin embargo, la fecha puede no ser definitiva porque ya hay constancia al menos dos siglos atrás de que en esta colina se levantaba un edificio religioso con monjes. Entre nosotros: eso me suena a monasterio. Las crónicas indican que fue un poderoso señor local llamado Hasan Jalal Vahtangian el que ordenó su edificación y también que el tal Vahtangian debió de ser todo un personaje con cierto ego porque se hacía llamar ‘El gran Príncipe, Príncipe de Príncipes y Rey’. Pertenecía a una conocida familia de la aristocracia local, los Arranshahiks, que gobernó Armenia en la Edad Media y gracias a su red de poderes y contrapoderes mantuvo el templo en manos cristianas durante las más peligrosas invasiones del este, desde los mongoles a los otomanos. El autodenominado Príncipe de Príncipes recogió el guante de una estirpe de meritorios gobernantes y dejó una línea hereditaria doble. Una siguió con sus cuitas de alta gobernanza y de palacio. La otra hizo suya el cristianismo armenio y se nombró guardián del sagrado sitio de Gandzasar. De un modo u otro la historia de estas tierras es la historia de esta familia.

Huyo de la lluvia pero no sé a dónde ir: hay una puerta abierta en un lateral del templo principal y me decido a entrar. ¡Hay misa! Pero es una misa extraña: no hay bancos ni reclinatorios, la sala es circular y está casi a oscuras, el sacerdote está subido en un altar de piedra que parece un escenario teatral. Pero sobre todo: estoy solo. El sacerdote ni siquiera cae en mi presencia. O tal vez le importe un pimiento. Estoy de pie ante una misa personalizada y pongo cara de póker. ¿Qué debo de hacer? Me gustaría tomar una foto pero tal vez se enfade. Escucho la perorata pero no entiendo nada. Hace frío pero sudo. ¿Y si me señala y me obliga a subir para hacer las veces de monaguillo?

Respiro aliviado. De una puerta disimulada junto al altar salen más religiosos. ¡Y feligreses! Tras mis pasos han llegado varios devotos, ellas con un tocado cubriendo la cabeza, ellos serios como serios están los sacerdotes. Aún así, nada multitudinario. De hecho somos tan pocos que ni siquiera es algo íntimo. El frío glacial del templo impide un atisbo de calor: así sea humano. El altar, elevado siempre en los templos armenios, de pronto se esconde tras una cortina a modo de telón y un señor permanece de pie, enfrentado, cabizbajo, en posición de recogimiento. La liturgia armenia es muy diferente de la católica española. Para empezar, apenas hay iconos, ni estatuas, ni tallas religiosas. Para continuar, en según qué momento de la misa, y para mantener el misterio del rito, la pesada cortina se cierra durante unos momentos y deja a la feligresía separada del sacerdote. Yo, en mi candidez, creo que todo ha acabado y miro alrededor al personal hasta que la cortina vuelve a descorrerse y todo continúa como si tal cosa. El rito es el mismo para las dos iglesias armenias, la Apostólica y la Católica, y común también para las iglesias orientales de la vecina Georgia. La cortina puede provenir de la tradición judía del sanctasanctórum, en la que el elemento mas sagrado no puede rebajarse a la vista de los meros mortales. Sea como sea no sé si irme o quedarme.

Miro las paredes, repletas de inscripciones. No entiendo nada. En casi un milenio, o en algo más dependiendo de la fuente, el monasterio ha vivido de todo. Y de todo en esta parte del mundo es un De Todo con mayúsculas. Los armenios adoptaron oficialmente la religión cristiana en el año 301, gracias a la semilla que plantaron San Judas Tadeo y San Bartolomé, los apóstoles de Cristo, y que regó con fuerza un santo llamado Gregorio el Iluminador. No es cualquier dato porque se convierten así en la primera nación cristiana del mundo. Como cristianos antiguos que son se vieron con fuerza para separarse de Roma defendiendo que Jesucristo no era Dios y hombre al mismo tiempo sino sólo Dios. Lo que se conoce como monofisita. Por lo demás, las coincidencias son mayores que las discrepancias: tienen los siete sacramentos, los obispos deben de ser célibes, aunque no siempre los sacerdotes, veneran a la Santísima Trinidad y a María madre de Cristo. En otros puntos se separan, como en la Navidad, que se celebra el 6 de enero y no el 25 (porque Roma quiso mantener el tirón de la fiesta pagana de adoración del sol, que se celebraba ese día, frente a los armenios, cristianos viejos como dije, que estaban seguros de su fecha).

El sacerdote murmura algo y mi vecino le responde en voz muy bajita. ¿Será este cura descendiente directo del Príncipe de Príncipes? Hasta hace no tanto el Patriarca tenía que pertenecer a la familia Jalal y estas paredes incluso fueron la sede del Catolicosato de Albania, porque esta región se levanta sobre un territorio que fue, en tiempos de Maricastaña, el reino de Albania, que significa ‘Tierras blancas’ en alusión a sus montañas nevadas y que estaba habitado, entre otros, por los avaros del Cáucaso. No confundir con la otra Albania, a las orillas del Adriático. Miro nuevamente las paredes. Reconozco en algunos bajorrelieves la crucifixión, Adán y Eva, hay figuritas de reyes cuya memoria se pierde en el tiempo, en ocasiones parece una sopa de letras.

El líder de la iglesia es el Supremo Patriarca pero después de un milenio de luchas, invasiones, éxodos y hasta genocidios variados no hay un solo centro sino cuatro: los patriarcados armenios de Jerusalén, donde tienen su propio barrio en la ciudad vieja, el de Constantinopla, la capital de los invasores otomanos que los absorbió primero y los quiso erradicar de la faz de la tierra en 1915, el de Sis, en el Líbano, y el de Echmiadzin, en Armenia, un ejemplo de que no hay armenio que no cargue sobre sus espaldas la plaga bíblica del desarraigo y el exilio: fuera de las fronteras armenias hay seis millones de fieles, dentro sólo la mitad… En este post (pincha aquí) hablé del memorial de Erevan dedicado al millón y medio de muertos durante el genocidio que ellos llaman Gran Catástrofe y que expulsó a tantos vecinos de la Anatolia que hoy hay grandes poblaciones de armenios en Rusia, Estados Unidos, Líbano o Francia.

En un milenio, siglo más siglo menos, el complejo ha vivido de todo. ¡Qué menos, situado donde está! A principios del siglo XIII lo saquearon las hordas mongolas, más tarde los ejércitos turcomanos del Karabaj, por no hablar de persas o rusos. Los últimos ataques los sufrió en 1992, en plena guerra entre armenios y azeríes. Dicen que entre sus reliquias se encuentra la cabeza de San Juan el Bautista, que no por nada da nombre al complejo, aunque un señor niega gravemente cuando le pido verla. Según ‘Historia de las tierras de Aghvank’ la cabeza del primo de Cristo estuvo deambulando de un lado a otro de Oriente Medio hasta que un príncipe la llevó a Constantinopla pero los católicos del momento quisieron robarla y el príncipe, que era hermano del inevitable Jalal, puso pies en polvorosa y apareció en Iberia. No la nuestra, claro, sino la otra, de la que ya he hablado aquí. La Iberia del Cáucaso. Y una vez allí reaparece nuestro líder armenio por antonomosia, Hasan Jalal, quien se a apropió sin contemplaciones. Hasan la llevó a donde me encuentro yo hoy y levantó este complejo en honor del santo bautizador. Según ese libro, la cabeza del bautista no está sola: la mandíbula de San Gregorio el Iluminador y distintas reliquias de San Pantaleón (sin visitadoras) y de San José de Arimatea están también a su vera.

Unos restos que pueden dar grima pero que a los armenios de la Edad Media y, sobre todo, del imperio otomano les dieron vida y ayudaron a mantener su fe. Los propios zares rusos miraban a Gandzasar como un reducto cristiano que había que proteger y ese espíritu de simpatía mutua degeneró siglos más tarde, a finales del XIX y principios del XX, en el gran genocidio armenio a manos de otomanos y kurdos. De aquí partieron en los siglos XVII y XVIII expediciones con el objetivo de convencer a los Romanov de que Artshak, el nombre que se dan los armenios del Nagorno Karabaj, era tierra cristiana rodeada de infieles. El complejo, que aquí se considera Santa Sede, estuvo en el candelero de las decisiones armenias: desde aquí se organizaban las relaciones civiles y militares, el Patriarcado de Gandzasar dominaba 900 pueblos, aquí mismo se redactó la primera constitución armenia, los Cánones de Aghven, escrito en el siglo V DC, se escribieron sus vidas de los Santos que luego copiaron otras tendencias cristianas, aquí se dio forma al primer tratado de leyes armenias en el siglo XIII que rigió la vida del país y de la diáspora medieval, desde Hungría a Crimea o Persia.

Los rusos no vinieron y los otomanos se quedaron con la mosca detrás de la oreja: estos súbditos nos devolverán el golpe en cualquier momento, debieron de pensar, y en cuanto el imperio comenzó a tambalearse los turcos la emprendieron contra todo armenio que encontraron hasta prácticamente exterminarlos. Un episodio que en 1992 tuvo un nuevo capítulo en la guerra entre armenios y azeríes. El ejército de Azerbaiyan tuvo la fabulosa idea de centrar sus ataques en el complejo religioso para borrar el espíritu religioso e histórico de sus enemigos. En lugar de eso, las fuerzas armenias derrotaron a los azeríes muy cerca de Gandzasar y hasta capturaron algunas ciudades como Agdam, que hoy luce abandonada y destruida. Salgo de la misa. Sigue lloviendo y no he entendido una palabra. Pero no hace ni falta. Las paredes aún rebotan los ecos de las conversaciones de siglos, de milenios, los ecos de ideas, de inspiraciones y de toda una razanación. Un pueblo indestructible, el armenio, el primero cristiano de manera oficial. Un pueblo al que admiro, debo confesar, por su resiliencia y por su tenacidad. Fuera llueve y el taxista se acaba de despertar. Puedo decir que no he entendido de la misa la mitad. Pero no importa. Hay cosas que no se entienden con los oídos…