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Diego de Alvear volvía a su Montilla natal, en Córdoba, después de una vida dedicada a abrir fronteras cuando una escuadra inglesa interceptó su flotilla frente a las costas del Algarve portugués. Diego, que dominaba el inglés, además de tupí, guaraní y otras seis lenguas, pasó a la nave principal de los agresores como traductor cuando los británicos, como aviso, dispararon una salva con tan mala suerte que el tiro cayó sobre la fragata ‘Nuestra Señora de las Mercedes’, la hundió, y con ella la fortuna de Alvear, acumulada durante toda una vida. Y con la fortuna, su esposa, ocho de sus nueve hijos y un sobrino. Y las copias únicas de los escritos donde recreaba sus descubrimientos en tierra nueva. El cordobés, por si fuera poco, fue conducido a Gran Bretaña con el resto de la flotilla, preso y desconsolado.
El incidente dio fama al de Montilla: en Inglaterra su historia provocaba llantos y el gobierno británico, avergonzado, acordó devolverle parte de sus riquezas perdidas. Alvear, eso sí, debía de tener un espíritu alegre: durante su cautiverio conoce a una joven británica, Luisa Ward, con la que tuvo otros diez hijos. Borraba así su anterior vida, la que había comenzado treinta años atrás como guardiamarina en la colonia de Sacramento, una plaza en permanente disputa entre lusos, británicos y españoles como punta de lanza para asegurarse el comercio del sur del continente americano. El de Montilla formó parte del ejército de Pedro de Cevallos, un gaditano que derrotó a los portugueses en Sacramento, creó el virreinato del Río de la Plata y se erigió en su primer virrey. Diego se adentró en los desconocidos territorios ribereños, aprendió tupí y guaraní, levantó las fronteras entre los ríos Paraguay y Paraná, escribió tratados sobre botánica y etnología, y consiguió el grado de general. El cordobés deja atrás además una leyenda: José Ignacio Hamilton, en su libro Don José, la Vida de San Martín, asegura que Diego de Alvear es nada menos que el padre del libertador del cono sur, hijo ilegítimo producto de sus amores con una india guaraní, la bella Rosa Guarú, pero que decidió ocultarlo para no causar discusiones entre los suyos. Años después, José San Martín rechazó a las tropas españolas y consiguió la independencia de la región que su supuesto padre puso a los pies de la corona española.
Pero esa vida anterior se había hundido en el mar. Ahora vivía a medio camino entre Montilla y Londres, el inquieto Alvear gestionaba las bodegas que fundó su abuelo, defendió Cádiz de los ataques franceses, rindió la flotilla del general galo Rosilly y fue nombrado gobernador militar de San Fernando. Sus últimos años los pasa apoyando la causa liberal y detenido en repetidas ocasiones por eso mismo. Diego de Alvear murió en 1830 sin saber si tenía fortuna y honores o no, tantas veces se los retiró el vil Fernando VII. Nunca hubiera sospechado que su fortuna hundida terminaría en un litigio entre el gobierno de España y una compañía de cazatesoros que lo recuperó del fondo del mar y que el hijo que tuvo con aquella india correntina terminaría separando las tierras que tanto amó de la corona que tanto defendió.

Bibliografía

Don José, la vida de San Martín, José Ignacio García Hamilton, Editorial Sudamericana,
Seamos libres y lo demás no importa nada (Vida de San Martín), Norberto Galasso, Colihue, Buenos aires, 2007
Combate de Trafalgar, Manuel de Marliani, Imprenta Matute, Madrid, 1850