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En el monasterio de San Jorge, a las espaldas de la iglesia, también hay una multitud de peregrinos. Buscan, sobre todo, una minúscula celda con una puerta grandiosa en la que se encuentra una cadena de algo más de cuatro metros que dicen tiene poderes mágicos. Se encuentra en el muro sur del templo y todo el que llega le reza muy serio, se pone la cadena al cuello, cierra los ojos y se imagina convertido en quien fuera la llevase. Habitualmente la magia, de tenerla, se traspasa a las mujeres, o eso me dicen, aunque veo un señor cariacontecido que se la pone muy ufano. El monasterio es también conocido como Deir al-Banat y data del siglo VII: para acceder a su interior hay que perderse por el dédalo de las callejuelas del barrio copto cairota y dejarse llevar casi que por el azar.

La puerta que da acceso a la celda donde se hallan las cadenas, y donde supuestamente San Jorge sufrió martirio, no es precisamente discreta…

Dicen que la iglesia de San Jorge se levantó sobre la prisión en la que el propio San Jorge estuvo preso y fue torturado durante meses. El monasterio, como la iglesia de San Jorge, es ortodoxo griego, y la iglesia, que es adyacente, es la sede del Patriarcado griego de Alejandría. Ambos se construyeron sobre fortalezas romanas y algo queda de aquellos edificios: tal vez sus techos tan altos, sus muros tan gruesos, su ambiente marcial. El monasterio alberga actualmente a unas treinta monjas que muestran especial veneración a estas cadenas que cuelgan de cualquier modo de la pared. Al parecer San Jorge estuvo preso y ofrece sus bendiciones a través del frío metal. Los devotos se la ponen al cuello, se rodean el cuerpo, la llenan de besos y caricias, dicen que puede curar a paralíticos y también a los poseídos por el demonio. El joven que se la coloca al cuello no parece afectado de ninguno de estos males pero nunca se sabe…

Desde el siglo XVII las cadenas se han usado para atar a enfermos de posesiones pero también desórdenes nerviosos, neurosis de ansiedad, histeria, trastornos obsesivos e incluso esquizofrénicos. La fama traspasó fronteras y en el siglo XVIII el viajero británico Richard Pococke aseguraba que los enfermos se dejaban atados durante tres días para que recobraran la sensatez. Yo necesitaría bastante menos, me digo entre dientes. También Pococke decía que los turcos, que dominaron Egipto durante siglos en el imperio otomano, venían con frecuencia porque notaban los beneficios y hasta rezaban a sus pies los viernes. No veo sanaciones milagrosas pero sí muchos fieles escribiendo papelitos que luego colocarán en rendijas de las paredes, en oquedades entre ladrillos, en pequeños altares iluminados débilmente por la luz de una vela…

Las religiones se encuentran, se entrechocan y se solapan. Si en la mezquita del Imán Hussein sunitas y chiítas olvidan sus diferencias para postrarse ante la posibilidad de que ahí repose la cabeza del nieto de Mahoma, en San Jorge musulmanes y cristianos presentan respetos al santo torero de dragones. Y del mismo modo, pienso entonces, se solapan y confunden las religiones vivas con las muertas. Los coptos convirtieron un gran número de templos del antiguo Egipto en iglesias cristianas. La de San Juan Bautista de Alejandría, por ejemplo, era un antiguo Serapeo, el lugar donde se adoraba a Serapis. Los ritos se adaptaron al nuevo escenario en un contexto donde Amón daba paso a Atón con todos sus traumas. Un papiro del siglo V localizado en la actual El-Bahnasa, provincia de Minia, al sur del país, dice así: ‘Hor, Hor, Eloei, Adonai, Iao, Sabaoth, Miguel, Jesucristo, ayúdanos, a nosotros y a esta casa, amén’…

Tanto en la iglesia como en el monasterio las representaciones de San Jorge están por todas partes y son inevitables…

Tal vez por ello sigo con atención los paralelismos entre el cristianismo y las religiones del antiguo Egipto. Dicen que por influencia de los miles de judíos que han vivido desde tiempos inmemoriales en Egipto, o por contagio de ideas, cuento las siguientes coincidencias: Jesús nació de una virgen llamada María, al igual que Horus nació de una viuda llamada Osiris que rescató trozos de su marido muerto para fecundarse con su pene, ambos fueron llamados ‘El Salvador’ y ambos tenían el misterioso don de transmutar la materia y resucitar muertos. Por si fuera poco, tanto Jesucristo como Horus murieron asesinados y resucitaron al tercer día para ofrecer a sus seguidores la promesa de la vida eterna. Las similitudes no han pasado desapercibidas para todo tipo de estudiosos.  Los cristianos, desde los tiempos de Hipólito de Roma, celebran el 25 de diciembre como nacimiento del Redentor, curiosamente el mismo día en el que nació Horus, aunque en la Biblia no menciona fecha alguna. ¿Coincidencia o continuación de los ritos egipcios…?

En ‘La sombra del faraón’, Anthony Satin también analogías en la construcción de sus templos, tan altos y sin ventanas, y la función doble del faraón, de rey y guía espiritual, que aún guardan los patriarcas actuales, como Shenuda, que tiene un poder omnímodo y se le atribuyen milagros, la gente se desmaya a su paso, desprende santidad. De hecho acude nuevamente a una popular estampa de Horus matando un hipopótamo para explicar la devoción que suscita San Jorge, matando en su caso un dragón. Los coptos, como dije, se separaron de la doctrina única de la Iglesia en el Concilio de Calcedonia y desde ahí, sin corsés unificadores, pudieron desarrollar el cristianismo a partir de sus propias experiencias. Para ellos, el espíritu original, el egipcio de siempre. Unos ritos que mantuvieron incluso cuando Amr Ben Al-As conquistó Egipto para el Islam reconociendo que no entendía una palabra ni un gesto de esos que se hacían llamar coptos.

Arcos de metal y vigilancia privada para extremar las precauciones a la hora de pisar la iglesia

Los coptos son objeto de curiosidad para los cristianos europeos desde hace siglos. Por ejemplo, Lucie Duff Gordon escribía en 1860 que le parecía evidente que eran faraones por sus rasgos físicos: nariz ligeramente aguileña, ojos grandes, mismas caras de las tumbas y pinturas bizantinas, caras redondas… Edward Lane, en The Manners and customs of the modern egyptians insiste en este tema y dice que están mezclados, como es obvio tras el paso de los siglos, con nubios, griegos, abisinios, árabes y demás. Como rasgos distintivos dice que circuncidan a sus hijos y que tienen una estatura menor que la media… Los miro y no encuentro diferencias llamativas con respecto a los musulmanes de ahí fuera. Más allá de la vestimenta, claro, porque las mujeres no se cubren, los sacerdotes portan pesadas cruces, en los colegios juegan niños y niñas en el patio.

Muchachos coptos posan ante mi cámara: los miro y los remiro pero no alcanzo a ver esos rasgos que me trasladen a los faraones de las pirámides…

Hoy los coptos sienten algo más que las discriminaciones burocráticas. Ya apenas quedan cristianos en el norte de la península del Sinaí, donde han vivido por milenios, expulsados por los orates yihadistas del Daesh. Los que viven al sur del país, la gran mayoría, viven entre puestos de seguridad, cacheos, vigilancia del ejército y miedo a acciones terroristas. Sólo en las navidades de 2018 se desplegaron doscientos cincuenta mil soldados para evitar que la gran celebración cristiana se tiñera de sangre. La violencia se deja sentir también en El Cairo, en el delta del Nilo, en Alejandría. Al igual que ocurre con los maronitas del Líbano o los asirios del norte de Irak y sur de Turquía, muchos coptos miran el horizonte con ganas de emigrar. Aburridos de malos tratos en su propia casa.

Una niña llena una botella de agua en una de las muchas fuentes que decoran las calles de El Cairo: pero esta tiene el sagrado corazón de Jesús…

En el colegio de San Jorge, entre la iglesia y el monasterio, los muchachos se turnan para tomarse fotos conmigo. ‘Los turistas nunca llegan hasta aquí’, me dice un muchacho, ‘además ahora tampoco hay muchos’. Claro, tienen miedo a los atentados terroristas, les digo. Sonríen tímidos y señalan las alturas: ‘pero los musulmanes vienen cuando se aparece la virgen…’. ¿Se aparece la virgen?, pregunto asombrado. ‘A veces’, dicen con cara de guasa. Y efectivamente: la virgen se aparece regularmente en El Cairo en forma de extrañas formas fluorescentes que recuerdan a palomas y los vídeos inundan youtube y atraen a curiosos de todas las religiones. ‘Es que la virgen cura a los inválidos y a los musulmanes les da igual entonces que sea María o Fátima. Nuevas risas. ¿Tenéis miedo?, les pregunto. Se miran, sonríen, se ríen abiertamente. aplauden. ‘Esos tipos no tienen poder suficiente para echarnos de nuestra tierra…’