‘Aquí viven mejor los muertos que los vivos’, me dice Mohammed mientras despliega una bandera palestina y busca un hueco entre las tumbas de sus paisanos. ‘Los muertos extranjeros’, puntualiza como si quisiera enfatizar que en Sabra y Chatila los muertos palestinos siguen con su tortura después de la muerte. Un corto paseo hasta los memoriales de los soldados polacos, franceses, ingleses, indios o egipcios confirman su queja: los muertos extranjeros viven mejor que los palestinos. Ya estén vivos o muertos. En el camposanto de los soldados caídos en las guerras mundiales se respira paz, la hierba huele a recién cortada, el verde es relajante, las lápidas están limpias.

Los memoriales de las guerras mundiales en Chatila son un primor…
En cambio las calles de Sabra y Chatila tienen poco encanto…

En las calles de Sabra y Chatila se acumulan los vendedores callejeros sobre charcos fétidos, las motos rozan a los peatones, que son multitud, la carne a la venta huele a rancio, las fachadas están acribilladas a balazos, el cableado es un espectáculo. Tampoco están cómodos los muertos palestinos: las tumbas de los dos pequeños cementerios de Sabra y Chatila se disputan el espacio, como los vivos de afuera. Sabra es un barrio mientras que Chatila se considera campo de refugiados aunque la masacre de 1982 unió sus nombres en uno solo y así quedará para siempre. Sabra, dicen, es un barrio de clase trabajadora y Chatila es el campo de refugiados, y así me lo atestigua el check point que da paso a la parte de Chatila, con soldados libaneses que registran cada vehículo que entra aunque a nadie se le ocurre revisar la aparatosa bolsa de mi cámara de fotos. Será que no es una bolsa propicia para una guerra o un atentado…

Así es la vida en la principal calle comercial de Sabra y Chatila

Ahora no hay guerra, ni siquiera atentados, no hay una tensión más intensa que en otros tiempos. Tan solo hacinamiento, desempleo y economía subterránea. Así que la tensión se estará acumulando hasta que explote del modo menos amable. Un paseo por el kilómetro cuadrado en el que malviven más de treinta y cinco mil personas te transporta a una ciudad sin agua potable ni electricidad estable ni aunque pagues dos facturas como en el resto de la ciudad, un submundo donde el paro es casi total porque los palestinos no pueden trabajar en apenas nada (por decreto del gobierno libanés hay más de treinta profesiones que no pueden ejercer, desde medicina o derecho a ingeniería o educación), un universo en el que vivir con el peligro constante de que esos cables que se arremolinan en las alturas y que se pierden tras las esquinas resplandezcan de pronto tras una lluvia y se lleven a alguien por delante. Nada más salir del barrio que es también campo de refugiados uno se topa con los barrios chiítas que no mejoran mucho lo visto.

Los vecinos de Chatila están hacinados en vida y en el más allá…

La calle principal es un mercado abarrotado de gente que compra y vende mercancía barata, muchachos descalzos que descargan cajas de camiones, puestos itinerantes de verduras y frutas, garrafas de agua, camiones que entrechocan con una mediana de cemento, jaulas con palomas, cebollas, muchas cebollas, frutos secos, ropa barata, sombrillas que protegen del sol, gallinas que desafían al tráfico, tenderetes con cacharros de plástico… Como a perro flaco todo son pulgas los refugiados palestinos han crecido, pero no en altura sino en diversidad: ahora también hay muchos refugiados sirios viviendo en esas casas decrépitas. No es un campo de refugiados al uso, como los del norte de Irak o del sur de Turquía: es como el fondo de una letrina, detritus humanos que nadie quiere y que a todos molestan. Detritus que me sonríen al paso, que me entrechocan las manos, detritus pequeñitos que juegan con pelotas de trapo y con alambres mientras detritus mayores se las ingenian para sobrevivir un día más. Y detritus ancianos que se empeñan en olvidar y en recordar al tiempo las guerras y las batallas vividas, las matanzas, los secuestros y los coches bomba.

El cementerio de los Mártires de Chatila

Como los de aquellos tres días de septiembre de 1982, cuando en plena guerra civil del Líbano los paramilitares maronitas de la Falange, apoyados por soldados israelíes, asesinaron en estas mismas calles a sangre fría a un número indeterminado de civiles. Hay quien los cifra en 460 pero otros en 6.000. La Cruz Roja se queda en el punto medio y se queda en 2.400 muertos en apenas cuarenta horas. Pincha aquí para descubrir el horror en mayúsculas. Las fuerzas de defensa israelíes rodearon el campamento, bloquearon sus accesos y salidas, y capitaneados por Ariel Sharon (que entonces era ministro de defensa y del que siempre se dijo que fue el instigador de la matanza) permitieron la entrada de millar y medio de milicianos falangistas, cristianos, que armados con pistolas, cuchillos y hachas se entregaron a una orgía de sangre, violaciones y torturas que duró casi tres días. Prácticamente la totalidad de los muertos eran civiles, sobre todo niños, mujeres y ancianos.

Una matanza que me recuerda a la del Salado en Colombia. Cuando caía la noche los israelíes disparaban bengalas para iluminar la zona y permitir así a los matarifes continuar con su masacre en la resplandeciente oscuridad. El Alto Mando israelí siguió la masacre desde su sede en Beirut, parece que con cierta satisfacción, y no contentos con ello mantuvieron informados al detalle a los altos funcionarios del gobierno de Israel en Jerusalén. Menahem Begin, en uno de esos cínicos arranques que lo caracterizaron, solo dijo: ‘no judíos matan a no judíos, ¿qué tenemos que ver con eso?’. ¿Deberíamos los españoles preocuparnos por ese holocausto en el que no católicos mataron a no católicos? Afortunadamente las opiniones de Menahem Begin y de Ariel Sharon no son las de los judíos en general.

La tumba de Ghassan Kanafani

‘Solo tenemos un colegio’, me dice Mohammed casi cuarenta años después de unos sucesos que ha vivido solo de oídas, solo por el sufrimiento de su entorno, solo por genética, mientras damos rodeos entre lápidas y saltitos entre tumbas. ‘Quiero enseñarle la tumba de Ghassan Kanafani’, me dice mientras yo arrugo la nariz. ¿Quién es ese tal Ghassan? Mohammed me mira estupefacto: ¿qué clase de pregunta es esa? ‘Ghassan fue un escritor y un activista que fundó el Frente Popular para la Liberación de Palestina’. Ahí está, su foto en blanco y negro, su bigote de galán de cine antiguo, su recuerdo convertido en mito para los suyos.

Kanafani voló por los aires a los treinta y seis años cuando los israelíes le colocaron un coche bomba en 1972 en pleno Beirut y dieron forma así a una leyenda. Como colocar coches bombas y acabar con la vida no solo de Kanafani sino también de su sobrina, casi un bebé aún, es de terroristas habrá que concluir que Israel es un estado que sufre actos terroristas y también los causa. Detrás dejó Ghassan cuatro novelas acabadas y tres por terminar, decenas de relatos breves, obras de teatro, ensayos y cientos de artículos periodísticos. El Mossad no solo había acabado con la vida de un escritor sino que había asesinado al constructor sobre el papel de una identidad palestina.

Mohammed me dice que me fije en las tumbas porque aquí no son todos musulmanes: también hay cristianos y me muestra muy contento la cruz de una lápida. ‘No son tan bonitas como las de los memoriales pero ya sabe que aquí ni los muertos descansan en paz’. Y luego, ya en el memorial de los soldados australianos y neocelandeses muertos en las guerras mundiales recordaré esa frase porque, efectivamente, las cruces occidentales son más bonitas y están mejor hechas y el césped huele mejor. Todo es cuestión de dinero, claro. El cementerio de los mártires está construido frente al cementerio de los no mártires pero pienso que el solo hecho de vivir aquí te martiriza toda una vida y que los de allí no son menos mártires que los de aquí. En este hay mártires al uso, los muertos por los maronitas, los muertos en las invasiones, algunos que lucharon contra Israel otros que se enrolaron con Hezbollah, están los típicos tipos vestidos de verde caki cargando AK47 y abrazando niños.

Los otros, los del 82, no se ven más allá de los ojos de Mohammed. Están ahí, de cualquier modo, enterrados fila sobre fila, bajo tierra. Como están los soldados británicos y australianos y franceses y egipcios de los memoriales vecinos. Como estaremos todos. Pero hay maneras y maneras. Los muertos de las masacres de Sabra y Chatila no descansarán en una eternidad porque están apegotonados, muy juntos, incómodos. Los soldados extranjeros disponen de espacio, del verde tranquilizador de la hierba recién cortada, de una manguera que les hace brotar florecillas. De hecho disponen de más espacio que los vivos palestinos y sirios de ahí al lado, del barrio, o del campo de refugiados, de ese pozo oscuro de desesperación que no acaba ni siquiera en la muerte.