Los antidisturbios están detrás de la nube de periodistas. Hay que mezclarse con la prensa, nadar entre gráficos, cámaras y redactores libreta en mano para llegar a la otra orilla: el lugar donde residen los antidisturbios. Dudo de que haya otra revolución más filmada y fotografiada y retransmitida en directo que esta. Cualquier gesto, cualquier acción, cualquier mueca, quedan registradas para siempre. ¿Qué un antidisturbios se asoma a una esquina para ver si hay manifestantes? Decenas de periodistas lo esperan ya apostados sobre la acera para cubrir el único ángulo que les permita documentar la ficción. La ficción de que el antidisturbios se enfrenta solo a un grupo de saqueadores fuera de plano, la ficción de que el reportero está milagrosamente solo en una ciudad de multitudes, la ficción de que el mundo entero espera esa fotografía, ese plano, esa visión, para comprender lo que ocurre en Hong Kong. Los antidisturbios entran en el metro sorteando teléfonos móviles, cámaras de televisión, cámaras fotográficas, y no sólo de la prensa.

Ciudadanos anónimos que pasan casualmente por allí lo graban todo y también lo graban todo las cámaras de los comercios, y del metro, y de los autobuses, y del ayuntamiento de la ciudad, cámaras escondidas en farolas, entre rejillas, en cúpulas plateadas, en las barandillas, entre árboles, en los semáforos, entre las señales del tráfico, entre bambalinas. Cualquier acto que se salga del baile da la vuelta al mundo. ¿Un ciudadano golpeado por una porra? ¡Repercusión mundial! ¿Una embestida de los antidisturbios? ¡Indignación planetaria! ¿Una carrera de manifestantes perseguidos por robocops? ¡Primera plana en occidente! No sé si tendrá algo que ver que la potencia cuestionada sea un monstruo de primera magnitud, China, no sé si será por la sobreabundancia de cámaras, o si por la habilidad de los manifestantes de convertir en tema del día la mayoría de sus acciones. Lo que sí veo es que los antidisturbios se tropiezan con cámaras que buscan el mejor ángulo desde el suelo, con fotógrafos que buscan el perfecto contraluz nocturno, con periodistas que entran en directo. Unas revueltas parecidas a otras revueltas, si acaso más mediática.

Pero con la diferencia de que Hong Kong es una máquina perfecta de hacer dinero y que esa pasmosa facilidad comienza a resentirse. Pasan las semanas y las protestas no cejan, pasan las semanas y los manifestantes no regresan a casa, pasan las semanas y el único dispuesto a dejarlo todo es el dinero. Y Hong Kong es la ciudad del dinero, la ciudad en la que hasta hace poco la única estatua erigida en un parque era la de un banquero. Los empresarios husmean el refugio más seguro y todos los efluvios conducen a China. Por las redes circula el diario de un empresario llamado Thomas Hon Wing Polin que quiso conocer a los manifestantes y se convirtió en uno de ellos durante dos meses para desentrañar su trasfondo. Suena un tanto fantasioso, sobre todo por su lenguaje, pero entre los empresarios de la ciudad, y extranjeros, ya se da por cierto.

El infiltrado asegura que consiguió entrar en el movimiento a base de gritar eslóganes e insultos al gobierno, que los integrantes del movimiento tienen una gran necesidad de reconocimiento social y que sin los disturbios no serían nadie, niños mimados abandonados a la soledad de sus hogares por unos padres obsesionados por el trabajo. En los disturbios, razona, son alguien. Los muchachos, continúa, se convierten en camaradas de armas, las chicas no pueden pasar del papel de amantes y se ofrecen alegremente a los muchachos más arriesgados en la lucha contra los policías como la hembra del urogallo se ofrece al urogallo más aguerrido. Por supuesto los chavales consumen drogas que les templan los nervios antes de la batalla y por eso luchan como alucinados niños soldados liberianos que ni siquiera sienten los porrazos de los antidisturbios.

Por si fuera poco, el supuesto infiltrado asegura que los manifestantes son racistas que no aguantan a los chinos y que les acusan de robar los empleos y los recursos locales. ¡Como mis paisanos de extrema necesidad! El empresario asegura que les han lavado el cerebro para convertirlos en ¡¡nazis!! Casualmente como los ucranianos que se levantaron contra los rusos… Y que el apellido Nguyen está muy extendido, lo que los coloca en una difícil posición: tanto al empresario mismo, que cae en el racismo que denuncia, como a los honkgoneses, que quedan reducidos a una masa de refugiados resentidos. Porque Nguyen es un apellido vietnamita que proviene de los cientos de miles de refugiados del antiguo Vietnam del Sur que llegaron a la ciudad huyendo de los comunistas del Vietcong. Y entre que los vietnamitas y los chinos se llevan especialmente mal y que son, o eso dice el enigmático anónimo, furibundos anticomunistas, todo encaja. 

Tenemos una masa de jóvenes abandonados y convertidos en nazis que odian todo lo chino porque lo llevan en sus genes de refugiados desagradecidos. ‘Hitler incitó a los alemanes a odiar a los judíos, (…) los japoneses etiquetaron a los chinos como los ‘enfermos’ de Asia para poder atacarlos, Trump apeló al discurso del odio racial para convertirse en presidente de los Estados Unidos…’. Todo me empieza a encajar, como decía: Hitler al mismo nivel que los japoneses de Hiro Hito y que el propio Trump. ¡Hitler como personificación del mal universal, Japón como el recuerdo reciente más doloroso de los chinos, Trump como instigador de odios (y casualmente de agresiones comerciales a los chinos…). Mucho tiene que cambiar la cosa para que este señor no esté a sueldo de Pekin…

Lo cual no quiere decir que no tenga alguna verdad. Pero tan tenue que queda sepultada por tanta pamplina. En otros posts he contado cómo se organizan, cómo precisamente esa organización genera dudas, cómo Hong Kong ha basado la educación en formar personas con un gran abanico de posibilidades. Pero el dinero es temeroso y China es poderosa. Un empresario español que exporta a Hong Kong me asegura que muchos comerciantes de Hong Kong apoyan ya una intervención de Pekín ante el cariz (económico) que han tomado las cosas. Y así está la cosa, los defensores de China llaman nazis racistas apoyados por occidente a los manifestantes, los defensores de los manifestantes ven la mano de China en los contratiempos que sufre el movimiento, los chinos mientras tanto acumulan tropas en la vecina Shenzen.

Es indudable que todo este jaleo ha afectado a la ciudad del dinero. La agencia Fitch ha rebajado la calificación de la deuda hongkonesa al nivel de 1995, se han congelado salidas a bolsa, han bajado los precios de bienes raíz, su crecimiento es del 0.6%, y tal vez bajando, frente a los dos dígitos de no hace tanto tiempo. El dinero es temeroso, como ya sabemos, y China ha pasado de pesadilla del liberal occidental a sueño húmedo: ¿Comunistas? ¡Sí, pero qué más da! ¡No hay democracia, nadie chista, aman el dinero por encima de todo y puedes hacer lo que te dé la gana siempre que no cuestiones al poder ni hagas demasiado el cafre! Dentro de poco puede que incluso saquen a Mao de su Libro negro del comunismo……

Un antidisturbios resopla y suenan nosecuántos clicks. Incluido el mío. Los agentes están sometidos a una presión de la que ya hablé aquí, la célebre epinefrina que te pone como una moto y con la que afrontas ataques a multitudes muy superiores. Entre la tensión, la epinefrina, la multitud hostil y que deben sentirse como monos de feria a los que cualquiera se acerca para tirarles una foto, estos tipos son una bomba. De repente hacen sonar sus escudos: los golpean con las porras, dan un paso adelante, comienzan a desfilar Kowloon abajo, la gente se aparta pero no deja de hacerles fotos. De hecho hay más fotógrafos que antidisturbios y se mueven al unísono, como galaxias con sus sistemas solares, como planetas con sus satélites. Miro a mi alrededor y no consigo ver ni un solo manifestante. Tal vez estén cortando una autopista no lejos de aquí…..