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Suelen ir serios, solemnes, ceñudos incluso. Caminan firmes, con paso rápido, avasallador. Muchos calzan botas de agua y ondean banderas rojiverdes, se cubren con gorras rojiverdes, se tapan la boca con pañuelos rojiverdes. Tienen miradas oscuras que observan con desconfianza y uno no puede menos que sentirse intimidado porque sus ojos tienen algo de acusador. Van muy juntos, unidos con palos que usan a modo de barandilla. Parecieran asomados a un balcón esperando a que se forme una pelea para bajar a fajarse con quien haga falta. Y sin embargo, es pura fachada. Porque son pacíficos, porque sus miradas son oscuras pero limpias, porque luchan por un sentimiento de pertenencia que sólo entiende el que pertenece a algo. Incluso esos palos que uno imagina cayendo sobre la cabeza del oponente no son armas sino símbolos. Son los integrantes de la Guardia Indígena colombiana, dicho así: en mayúsculas.

El 14 de abril de 1998 unos guerrilleros de las FARC atacaron un poblado de indígenas Nasa llamado Toribio, en el departamento del Cauca, y sembraron el caos entre los habitantes. Más de dos mil huyeron sin rumbo, varias decenas resultaron heridos, una niña pequeña murió en la refriega. Los indígenas entonces dijeron basta. Vivían como extraños en su propio país, rodeados de cultivos de hoja de coca que sólo mascaban los líquidos abrasivos de los laboratorios clandestinos, de plantaciones de unas matas ajenas a su mundo y que llamaban amapolas. Vivían atemorizados por grupos de narcotraficantes enfrentados al gobierno, por grupos guerrilleros enfrentados a grupos de narcotraficantes pero también de paramilitares y al propio gobierno. Amedrantados por delincuentes que sacaban tajada de todo ello, por soldados corruptos que les robaban lo poco que tenían. ¡Qué menos que decir basta!

Los ciento quince cabildos indígenas, una entidad indígena de autogobierno creado no mucho antes, en 1995, se reunieron de urgencia: hay que hacer algo. Los líderes indígenas viajaron por las montañas, por las selvas, se reunieron solemnes, discutieron, deliberaron y tomaron una decisión. Tendremos una guardia propia, se dijeron, será independiente del ejército nacional, negociaron, pero tendrá la presencia que ellos no tienen, insistieron, y además sería extraordinariamente original: no utilizarán jamás la violencia. Su única arma sería un bastón de madera con más simbolismo que poder físico: la chonta, llamado así por el árbol del que extraen la madera. El gobierno de la nación, entonces presidido por Álvaro Uribe, consintió la idea (qué menos cuando sus soldados eran incapaces de controlar la situación), los tribunales no vieron nada malo en ello, el resto del país frunció el ceño ante la idea de una policía que no era policía y que no usaría jamás la violencia.

A decir verdad, todo comenzó mucho antes de 1995. Ya en 1701 Felipe V otorgó a los resguardos indígenas una figura institucional llamada ‘cabildos’ a modo de administración especial paralela a la estatal. Nada nuevo en un territorio inclinado a las revueltas y donde los esclavos negros habían conseguido ya incluso un remedo de país en Palenque de San Basilio. Los guardas indígenas, conocidos como los Kiwe Thegnas llevan la chonta adornada con los colores de la guardia, rojo y verde. Los miembros de la guardia se llaman los Kiwe Thegnas. Al igual que los palabreros wayuus de la Guajira, su verdadera arma es la palabra: los bastones son meros símbolos.

La Guardia Indígena no tiene edad ni género: hombres, mujeres, niños y niñas son bien recibidos

Avanzan por la avenida Séptima de Bogotá entre gritos de ánimo. ‘Guardia, guardia, fuerza, fuerza’, gritan, ‘adelante compañeros, dispuestos a resistir, defender nuestros derechos así nos cueste morir’, cantan. Y morir, mueren. ‘Buenas, querría hablar con Aída Quilcué’, llamé en cierta ocasión al teléfono de Aida Quilcué, una carismática líder del movimiento. ‘Pues ahorita no puedo hablar’, me dijo la propia Aida, ‘pues acaban de matar a mi esposo’, me contestó. El disparo la buscaba a ella, me contaron después, pero quien cayó fue Edwin Legarda, su marido, que viajaba en el coche que habitualmente la trasladaba a ella.

En 2008 protagonizaron una marcha de cientos de kilómetros a pie desde sus montañas y selvas de origen hasta la ciudad de Bogotá: al menos cinco no llegarían jamás, asesinados a balazos por el camino, y otros ciento cincuenta tuvieron que darse la vuelta, heridos de bala.

La Guardia Indígena de Colombia se basa en la Ley de Origen, el derecho propio y la constitución nacional, artículos 7, 246 y 330. No es una guardia propiamente dicho, puesto que el colectivo lo integran por igual hombres, mujeres y niños: se trata de un organismo ancestral considerado instrumento de resistencia, unidad y autonomía en defensa del territorio indígena. En teoría pueden defenderse de todo aquel que agreda al mundo indígena pero no disponen de nada más que del bastón de mando. Entre sus labores están la búsqueda de desaparecidos, la liberación de secuestrados, el apoyo a los cabildos locales, traslado de heridos, seguridad en movilizaciones y protección de sitios sagrados. Pueden incluso montar retenes en las carreteras.

Sus integrantes son además voluntarios que no reciben más paga que la satisfacción de sentirse parte de un conglomerado nacional en el que todos coinciden porque son indígenas. Los guardas pueden ser de cualquier etnia aunque son los indígenas del departamento del Cauca, el de mayor diversidad étnica del país, los que gozan de mayor reconocimiento. Los indígenas del Cauca han protagonizado batallas contra los conquistadores españoles, han reconstruido reservas, recuperado terrenos robados por terratenientes, son activos y belicosos pero no en el sentido de la violencia. No cejan en su defensa del pueblo indígena.

No sólo se han enfrentado a terratenientes. Les han plantado cara al ejército nacional, a los grupos paramilitares, a la guerrilla de las FARC, y a la del ELN, han protagonizado marchas de miles de kilómetros a pie durante los que caían muertos asesinados por francotiradores escondidos en la floresta, o bien asesinados por militares que les impedían avanzar. La Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca agrupa a unos 110.000 personas de diferentes etnias, aunque destacan mayoritariamente los de etnia nasa. Su lema dice así: ‘Guardar, cuidar, defender, preservar, pervivir, soñar los sueños propios, oír las propias voces, reír las propias risas, cantar los propios cantos, llorar las propias lágrimas’. La Guardia Indígena responde ante las autoridades de los cabildos, y en Colombia existen 16 cabildos, o gobernaciones indígenas, quince resguardos, que son las tierras indígenas autónomas de propiedad colectiva, 304 veredas, que son pequeños pueblos que pertenecen a siete municipios.

Entre sus logros: evitaron que las FARC tomaran el municipio de Jambaló, rescataron al misionero suizo Florian Arnold de manos de la guerrilla, consiguieron la liberación del alcalde de Toribio, se reunieron varias veces con líderes de los grupos paramilitares para exigirles el final de las masacres, rescataron un helicóptero derribado por las FARC cargado de sacos de dinero con destino a una entidad bancaria y devolvieron el dinero a sus dueños, según explican en este post

Eso sí, guardias de miradas hoscas que estallan en sonrisas incontenibles en cuanto les tiras dos fotos seguidas…