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Lucy tenía apenas veinte años cuando murió, no medía más allá de metro diez centímetros ni alcanzó los treinta kilos de peso. Una niña, podría pensarse, o tal vez una muchacha impedida, desmejorada. Pero si atendemos a la catalogación de Lucy: Australopithecus afarensis, y a que su muerte se produjo en un intervalo entre los tres millones doscientos mil años y los tres millones quinientos mil años, Lucy puede que más que una niña grande o una muchacha desmejorada fuera una mona de buen tamaño.

    

Su nombre nos lleva a equívoco porque Lucy suena a adolescente desatada o a niña encantadora de cuento de terror. Pero es el mismísimo John Lennon el responsable de que una de las mujeres más antiguas de las que se tiene constancia lleve ese nombre porque los arqueólogos que la hallaron escuchaban en ese preciso instante la célebre canción de los Beatles, Lucy in the sky with diamonds… Sea como sea hoy es un montón de huesos a duras penas ordenados bajo una vitrina junto a la que se ha levantado una reconstrucción educativa para que sepamos dónde debería estar cada uno de ellos. Un motivo más para que los chavales se hagan fotos con las que bromear luego…

El museo etíope de historia natural de Adis Abeba donde reside la joven eterna ha vivido épocas mejores. Todo parece demodé, pasado de moda, incluso rancio. Las moquetas, las telas de las paredes, las urnas. Pasado de moda. Y sin embargo el contenido es tan magnífico que uno obvia esas pamplinas de la moda. ¿Qué más da la modernidad de la vitrina cuando el contenido es tan impactante? Y los restauradores del museo le ponen las ganas que el presupuesto no les da. El centro dispone de probablemente la mejor colección de homínidos fósiles del planeta, a pesar de sus pocos medios que te tienen como en penumbra. La visita merece un paseo y este blog lo describe mejor que yo. La planta del sótano del museo etíope es una joya en sí misma de visita obligada si uno anda por Addis Abeba. Lucy, como estrella, su hermano mayor, Ardi, como escolta.

Lucy es una jovenzuela pero sólo de nombre: dicen que si nos la encontráramos vivita y coleando no veríamos a una chica menudita sino a toda un mona. Su cráneo era similar al de un chimpancé, andaba sobre sus piernas pero tenía los brazos robustos supuestamente de saltar de rama en rama. Sin embargo ese esqueleto que veo en la vitrina no es el de verdad. La Lucy verdadera está en una cámara especial para evitar su deterioro y en los últimos años muy pocos privilegiados han podido verlo (más allá de los norteamericanos, que se lo llevaron siete años (¡¡siete años!!) en una larga gira por los Estados Unidos que terminó con el presidente norteamericano Obama en Etiopía tocando con sus propias manos el legendario esqueleto….). Una de las frecuentes giras que la estrella del museo hace regularmente para conseguir fondos para la institución y que me hace mirar la moda desfasada con más comprensión que lástima…

De Lucy sólo se conserva el 40% de esqueleto, un total de 52 huesos, lo suficiente como para saber que tenía unas muelas del juicio muy recientes, que la articulación de la rodilla y la forma de la pelvis nos invitan a pensar en que andaba erguida y la curvatura de sus pies nos lo corrobora. Es importante, pues, esta Lucy, lo más parecido al eslabón perdido entre el hombre y el mono. Su descubridor, Donald Johanson, un paleoantropólogo norteamericano amante del pop inglés, la encontró en la región de Afar y en esta entrevista dice que Lucy es prácticamente la mujer de su vida pero que no le gustaría estar a solas con ella en una habitación porque ‘en realidad era un animal salvaje’.

Donald Johanson con Lucy… Abajo, recreación de Lucy

Porque Lucy, y su pandilla de Dikika, el yacimiento donde aparecieron, en la región etíope de Hadar, tenían cierta tendencia a colgarse de las ramas de los árboles y su aspecto no es precisamente de muchachita. Pero como Lucy no pudo nacer de una costilla ni vino del polvo era cuestión de tiempo que apareciera su madre, su abuela o su bisabuela. En este caso sería una tatarabuela muy lejana de Lucy, quien a su vez es una tatarabuela lejanísima de cualquiera de nuestras tatarabuelas.

El nuevo elemento de la familia se llamó Ardi, vivió en el Plioceno, es decir, hace casi cuatro millones y medio de años, y también reside ahora en Addis Abeba, cerquita de su tataranieta. Lo que nos da que al menos vivió un millón de años antes de que Lucy se cayera del árbol que le costó la vida. Ardi, que vivió también en Etiopía, en el valle del río Awash, apareció en 1992 y da nombre, ella sola, a una especie al completo: Ardipithecus ramidus, una especie de homínidos bípedos que tenían aún menos aspecto humano que su tataranieta lejanísima Lucy. Pero no es la única. Como decía, Lucy no vino del polvo sino de otra pelvis y en Sudáfrica hallaron otro ejemplar con medio millón de años más que la etíope. No es tan vieja como Ardi pero sí de su misma especie con matices: australopithecus Prometheus, aunque todos la conocen como Little Foot, o ‘Piececito’.

A pesar de Ardi y de Little Foot, Lucy mantiene el carisma primate del que se reveló por primera vez como abuela de la Humanidad. Ahí las dejo, a ella y a Ardi, rodeados de bustos de Hailé Selassie, esqueletos incompletos pero reveladores de que la raza humana recorrió un largo camino para llegar a donde estamos y que tal vez tengamos más pasado que futuro… En todo caso el legado de Lucy va más allá del museo: a las puertas, un restaurante ofrece cerveza fresca y comida típica del país…