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Un muchacho se me acerca en la plaza Outa el Hamman de Chaouen. ‘Hola, pisha, ¿una cervecita?’ Lo miro incrédulo. Los buscavidas de Chaouen siempre han tenido fama de improvisar cualquier idioma y de descubrir la nacionalidad de los extranjeros por la forma de caminar y el modo de vestirse. Pero esto supera cualquier expectativa. ¡Han afinado tanto el ojo que ya descubren la provincia de origen! ¿Y si en lugar de Cádiz yo viniera de Málaga?, le pregunto burlón. ‘Amigo, entonces te hubiera dicho otra cosa, porque los malagueños son boquerones, no pishas’. ¿Qué quedó de aquella ciudad cerrada a cal y canto a los extranjeros? ¿Ya no arden cristianos en la calle del Quemado? La medina de Chaouen es un ir y venir de turistas: japoneses, británicos, españoles, franceses. Los comerciantes salen a recibirlos con ofertas únicas y personalizadas, ‘sólo para ti, amigo’, los buscavidas muestran apetitosas bolsas con polen de hachís, las mujeres gritan furibundas cuando alguien las apunta con un teleobjetivo y parece el único recuerdo de aquel villorrio oculto. La antigua ciudad prohibida es ahora la moderna ciudad deseada, tanto por extranjeros como por locales. Los hoteles proliferan como setas, encaramados en las montañas, escondidos en el intrincado dédalo de callejuelas azules de la medina, en plazas, en calles secundarias. El rencor amasado durante siglos contra la cristiandad se ha superado a base de hoteles, de turistas, de touroperadores y, por qué no decirlo, de grandes cantidades de hachís…
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El Chaouen de hoy es el campo de refugiados de cinco siglos atrás, cuando los Reyes Católicos completaron la conquista de la península ibérica y expulsaron a moriscos y judíos. Y se la debemos a Ali Ben Rachid, quien luchó en vano contra el poderoso ejército español y pensó que al menos podría levantar un remedo de su querida Al Andalus al otro lado del estrecho de Gibraltar. Aprovechó entonces un campamento que tendía a ciudad pero que quedó en nada cuando un tal Abi Joumaa, que levantó el asentamiento y Chaouen venera como fundador de la ciudad, murió luchando contra los portugueses. Pero, y aunque la primera idea fue de Joumaa, el Chaouen que hoy brilla azulado bajo las montañas del Rif fue el sueño de Ben Rachid, quien escogió personalmente la ubicación de la plaza de Outa el Hamman, corazón de la medina, centro neurálgico de la ciudad y una de sus estampas más conocidas.

La plaza Outa el Hamman vista desde la alcazaba de la ciudad

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chaouen por hachero
Encaramada en las montañas, protegida de miradas curiosas, acorazada frente a lo que se presumía el fin de los mundos que no era sino el demoledor avance de las tropas cristianas, cuenta la tradición que Ben Rachid suspiraba por su Al Andalus y mucho más su mujer, Lalla Zahra, que soñaba con su Vejer natal. Tanto que su marido dio forma a las calles y a las plazas y hasta pareciera que a las cuestas para que Chaouen fuera un remedio a su nostalgia. Y llegaron entonces andalusíes por millares, musulmanes, claro está, pero también judíos expulsados por los que tanto montan y montan tanto. Y en 1471 nacía oficialmente la villa de Chaouen, adscrita en principio a Fez, aunque independiente de ella. La fama de Chaouen se extendió y los expulsados de Al Andalus acudieron en busca del lugar que pretendía borrar la humillación cristiana. Tanto rencor acumuló que tuvo de vecina a una gobernadora nacida en Granada, Lala Al Hourra, que vivió para atacar a los cristianos y que incluso se asoció al pirata Barbarroja para asolar las costas andaluzas.
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Resulta difícil hoy imaginarse siquiera esos tiempos porque la ciudad rezuma turismo, cristianos sobre todo, y nada invita a pensar que estas gentes fueron en su tiempo refugiados de una guerra. Pero durante siglos se acumuló en la ciudad de las montañas buena parte del saber del sur ibérico, sus músicas, sus artes, los comerciantes de las empinadas cuestas del Albaicín, los agricultores de Loja, los músicos que inundaron de melodías la Alhambra. Y al tiempo se desarrolló una aversión al cristiano, un rencor acumulado por la gran pérdida, un ensimismamiento que elevó la ciudad a la categoría de mística, de cerrada, incluso de feroz defensa de un mundo destruido. Los guardianes del imperio perdido, de la única fe posible, de los más enconados enemigos de la cristiandad. Y tanto empeño puso en su fe fundacional que la ciudad se cerró al enemigo hasta que la conquistaron en 1920.
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En 1888 el escritor francés Charles de Foucauld describe en su libro Reconnaissance au Maroc cómo entra en Chaouen en 1883, disfrazado de judío, aunque todo indica que describió la ciudad que vio a lo lejos. Luego fue el periodista británico Walter Harris el que la detalla en su libro The Land of an african sultan. Cuenta que entró con una camisa larga, pantalones bombachos y chilaba con capucha. En Beni Hassam unos montañeses descubrieron que era cristiano aunque los calló con cigarrillos. Harris entró en Chaouen acompañado por un joven guía local que lo alojó en su casa, aunque su madre descubrió el asunto y se pasó la noche llorando. Por si fuera poco, los montañeses se chivaron y por el pueblo se paseaban pandillas buscando al cristiano para darle su merecido. Harris recuerda una ciudad fanatizada, sin más jefe que el fusil, habitada por gentes que se consideraban todos descendientes del Profeta. El primer español en entrar, según esta relación, fue Manuel Martín Romero, un muchacho que decía haber sido secuestrado dos meses en Chaouen. Por último, el coronel Alberto Castro Girona y el intérprete Clemente Cerdeira entraron en la ciudad tras un tortuoso viaje disfrazados de carboneros de Tánger. Fueron el preludio al 14 de octubre de 1920, cuando se pone fin a la leyenda y el general Berenguer ocupa militarmente la ciudad. Una ocupación débil e intermitente que marcará además uno de los confines del Protectorado español y que abrió la ciudad a la fuerza hasta parecer lo que es hoy, una suerte de feria internacional. ‘Me han dicho que aquí se ha instalado nada menos que Eric Clapton’, le pregunto a un guía local. ‘Mmmm’, responde misteriosamente, ‘puede ser pero no seré yo quien se lo revele…’
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Dicen que el azul de sus casas y paredes y puertas y hasta suelos proviene de una partida de judíos que encontró acomodo en la ciudad a partir de 1930, cuando le vieron las orejas al pérfido Adolf Hitler. Y que el azul simboliza el cielo, la pureza, la paz espiritual. Otros, menos poéticos, aseguran que el azul ahuyenta los mosquitos, que en los tórridos meses del verano pueden ser legión. Sea como sea, el color azul, la tranquilidad de sus calles, la pureza de su hachís y lo exótico del entorno la ha convertido en todo lo contrario: de una ciudad cerrada a una ciudad turística. En 1953 el gobierno español inaugura el parador de Chaouen, cerca de la alcazaba y un gancho para el turismo, que en el Protectorado francés se explotaba mucho más ambiciosamente. Chaouen es hoy una ciudad tan abierta como cerrada, abierta porque las hordas de turistas deambulan cuan rebaño medina arriba y medina abajo, enfrentándose a los comerciantes y mercachifles sonrientes y políglotas, cerrada porque los extranjeros siguen siendo los Otros, los que vienen de fuera a robarnos fotografías y a fumarse los cerros de la montaña de los Cuernos.
Precisamente lo que significa Chefchaouen: Mira los cuernos…
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