Este post se ha leíd4064veces

DSC_5441-imp

En el teatro de la alcazaba de Chaouen Estrella Morente canta y baila ante el gesto serio del retrato de Mohammed VI. Y de pronto, ya de noche cerrada, canta a su vez el muecín su llamada al rezo. El clásico Allahu Akbar rasga el aire, se entromete en la música flamenca y termina interrumpiéndola. Morente corta la actuación y permanece en pie, circunspecta y seria. El público aplaude, ulula, suena un murmullo de aprobación. El muecín acaba su retahíla religiosa y Morente vuelve a cantar. Pero al cabo de un rato suena un grito lejano y Estrella, seria otra vez, corta la actuación. Una vez más. El público se remueve divertido. ‘Noooo’, grita alguien. Pero Morente no mueve una ceja. La gente aplaude otra vez, agradece el gesto, reiterativo, enconado más bien. Callan las guitarras, calla la batería, calla Estrella. La gente se remueve ya nerviosa. Ya es demasiado evidente que ahora no es un rezo: pareciera una fiesta cercana. Pero nada perturba a Estrella Morente. De pronto se le agita una ceja. ‘¿Están rezando?’, el público reacciona: ‘noo’, la granadina contesta, ‘es que no quiere molestar, quiero respetar’. Y sigue en silencio, cabizbaja.

DSC_5465-impDSC_5459-imp

‘En estos tiempos de intolerancia y de disensión’, me cuenta Mohammed Sefiani, alcalde de Chaoeun, ‘eventos culturales como este nos traen un poco de cordura’, explica en un impecable castellano. ‘Cuando los musulmanes son noticia sólo por Irak, Siria, Turquía y el terrorismo, también es momento de decir que no es así, que la cultura nos iguala, que es más lo que nos une que lo que nos separa’. Rabia Zbakh, la presidenta de la Fundación Chefchaouen que organiza el evento, incide en el mismo punto: ‘reuniones como esta tienen mucha más trascendencia de lo que pudiera parecer en un principio porque se establecen unas bases de convivencia y de conocimiento mutuo que ayudan a no separarnos aún más’. La placa tectónica africana empuja a todo el continente hacia el norte a razón de dos centímetros y medios al año: dicen los expertos que a este ritmo dentro de seiscientos cincuenta mil años los dos continentes se habrán unido y el Mediterráneo será un lago. ‘Esperemos que no haya que esperar tanto tiempo para que nos demos cuenta de que los habitantes de ambos lados del estrecho no somos tan distintos’.

DSC_5134-imp

DSC_5379-imp

A pocos metros del escenario del teatro, en los jardines de la alcazaba, o de la Kasbah, se celebra una velada de poesía: un poeta marroquí, un poeta de Barbate, un poeta bereber, una poetisa de Sevilla. El resultado inunda el bonito jardín de rítmicas frases en dos idiomas que no se parecen ni por asomo, a pesar de que el español tenga alrededor de diez mil palabras árabes en su vocabulario. Dentro del teatro ahora es la jerezana María José Santiago quien levanta sus faralaes ante la inevitable mirada de Mohammed VI y pone al público en pie cuando entona su última copla. La tarara. La Santiago comienza la canción pero la termina el público, tocando palmas al estilo bereber mientras la cantaora dirige el micrófono a la multitud. La ciudad cerrada, la ciudad prohibida a los cristianos, la ciudad que nació de un puñado de refugiados expulsados por los Reyes Católicos al completar la reconquista, es ahora una ciudad de mezcla, de fusión y de tarara. En una escondida plaza de la medina un grupo de percusionistas de Cádiz provoca un remolino de vecinas que fotografían el alboroto con sus móviles desde las ventanas, desde los tejados, escondidas bajo sus hiyabs, curiosas.

DSC_5301

DSC_5319-imp

DSC_5312

DSC_5314-imp

DSC_5332

‘Ojalá la música gobernara el mundo’, me dice la Mari, la cantante de Chambao, al acabar su actuación en la parte baja de la ciudad. ‘Pero entonces ya no sería lo que es así que mejor vamos a dejarlo como está’, concluye su circunloquio aún alterada y acelerada por un concierto en el que no ha dejado de dar botes. La plaza estaba repleta, jovenzuelos fotografiándose con los móviles, alguna que otra nube de hachís, las niñas en grupos riéndose de sabe dios qué cosa.

DSC_5193-imp

DSC_5209-imp

DSC_5419-imp

‘Barbate se ha forjado con los boquerones de Tánger y las sardinas de Kenitra’, me cuenta el guitarrista Nono García, ‘habría que ver cómo podemos abrir la frontera entre Barbate y Marruecos’. Y en eso trabajan algunos, en abrir una nueva línea marítima de pasajeros entre Barbate y Tánger. ‘No hay más solución que entendernos’, insiste Sefiani, el alcalde de la ciudad, ‘llevamos ya diez años con este festival y hemos traído a lo más conocido del sur de España y del Magreb’. Por ejemplo, Samiri Kadiri, toda una estrella en Marruecos, una poetisa que canta o una cantante que poemiza, me habla también en castellano, perfecto por cierto, ‘mi relación con Andalucía es tan fuerte que a veces actúo más allí que aquí’, y parece entonces difuminarse su origen de Essaouira para metamorfearse en sevillana, en granadina, en una vecina de Vejer de la Frontera. Hamid Arbaj, la estrella local violín en mano, improvisa cánticos mientras una bailaora rasga el aire con sus taconeos y bailes castizos. Porque la música andalusí evoca a mi tierra, Andalucía, pero se interpreta más abajo, desde Marruecos hasta Libia, pasando por Argelia y Túnez. Nació en Córdoba, durante el califato de los Omeya, y hay quien afina hasta señalar a un músico como culpable: Ziryab, compositor personal de Abderraman II, quien tomó la música medieval española, presente en todo su entorno, para mezclarla con sus melodías tradicionales. El resultado fue incendiario y llenó la península ibérica de trovadores y cantantes, de instrumentos musicales nuevos, desde la quitara (nuestra guitarra) al laud, la castañuela o la dulzaina. Y dicen que hasta la cítara, la gaita y el arpa… La cosa es que las melodías de ambos lados del estrecho de Gibraltar son más compatibles de lo que muchos piensan y hay que rendir homenaje a Juan Peña, el Lebrijano, por su apuesta decidida a unir ambas orillas con sus músicas, como pueden ver en el siguiente video:

DSC_5422-imp

DSC_5110 (1)-imp

DSC_5469-imp

DSC_5168-imp

La ciudad cerrada se ha abierto y lleva diez años gritando que nos miremos hacia adentro porque sólo así descubriremos que las placas humanas se unieron antes que las tectónicas…

DSC_5263-imp