Categoría: Europa

Pompeya: falos, burdeles, vino y tabernas

El lupanar más conocido de Pompeya no tiene pérdida: solo hay que seguir las pollas esculpidas en altorrelieves que están distribuidas por todo el casco histórico. Las pollas, los penes, los falos, las trancas, los nabos. Los romanos tenían cierta adoración por estas cosas. Esculpidas y esculpidos. En frescos, en amuletos, en colgantes. Y no sólo en altorrelieves: también hay bajorrelieves, pinturas, están en columnas, en dinteles, en losas del suelo. Probablemente incluso las llevaran, al menos en intención, tatuadas en las frentes de los malogrados vecinos, tan dados a la promiscuidad que por la ciudad aún se conservan...

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Los muertos de piedra de Pompeya

En una vieja urna de cristal con los bordes de metal oxidado duerme su sueño eterno un absoluto desconocido. Y cuando digo duerme es que tal parece: está tumbado sobre el suelo, uno de sus brazos hace de almohada y confiere al conjunto cierta sensación de calma. Y cuando digo desconocido es que el durmiente no tiene nombre, nadie sabe quién es, ni lo sabrá jamás, ni hay modo alguno de determinar su identidad. Porque el durmiente es de piedra aunque antes, mucho tiempo atrás, fue de carne palpitante. Da cierta lástima verlo ahí, en la urna, arrumbado en...

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La ropa tendida de Nápoles

Hubo un tiempo en el que Nápoles tenía la última palabra en la moda, a la altura del Londres o del París actual, muy por delante de su archienemiga Milán. Claro que eso fue siglos atrás y ahora Nápoles presume de su relación con la ropa a través de mafiosos que falsifican marcas, como cuenta Roberto Saviano, o bien de tendederos. El sol del cielo napolitano apenas llega al suelo porque los rayos caen en una de las mayores trampas trenzadas por el género humano: el de las cuerdas suspendidas en los aires del Quartieri Spagnolo, con su abundancia...

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Los muertos insepultos de la Fontanelle

El cementerio de la Fontenella alberga los huesos de muertos sin sepultura, muertos sin descanso, occisos de guerras lejanas, de enfermedades contagiosas, muertos nuevos y muertos viejos, almas atormentadas que vagan erráticas porque sus espíritus se sentían ultrajados por esta falta de atención. Ánimas que, no obstante, encontraron consuelo en el buen corazón del napolitano medio, el vecino de cualquier casa, el feligrés de alguna de las quinientas iglesias de la ciudad, el camorrista que extorsiona a su panadero, el marinero a sueldo, el que cocina pizzas. Por eso descansan aquí, mimados y ordenados, algunos con monedas sobre el cráneo, otros con caramelos, con peluches, con estampitas de las vírgenes o de los santos o del mismísimo Jesucristo. Dice un cartel a la entrada que los napolitanos han intentado al menos darle alivio a estas almas abandonadas con pequeños gestos amables. Por eso hay napolitanos que han adoptado una de estas calaveras, uno de estos húmeros, tibias, de esos omoplatos, como miembros de su familia. Y les traen caprichitos, bien un caramelito, bien un rosario, ora una estampita, ora un relicario. Los muertos, que están muertos pero no han dejado de ser sensiblones, pueden devolver los favores y hacen pequeños milagritos y ayuditas del día a día: por eso algunos cráneos están en urnas de cristal, por eso alguno tiene pintarrajeado un Jesús te ama, por eso les llevan...

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