Categoría: Europa

Patrullando por el estrecho de Gibraltar

Tras la cara oculta del Peñón se esconde una goma. Yo no la veo pero Rafael, que es sargento de la guardia civil, enfila la proa de su patrullera a toda pastilla. La cara oculta del Peñón es apreciación mía, claro, porque siempre miro a Gibraltar desde la bahía de Algeciras. Para un malagueño esa apreciación será al revés. La patrullera acelera el paso: ya estamos casi a cincuenta nudos. No puedo levantarme del sillón, mucho menos hacer fotos, el sargento Rafael sigue mirando un punto fijo en el horizonte que yo no alcanzo a vislumbrar. Veo el Peñón...

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Patrullando por La Línea de la Concepción

La playa del Tonelero tiene vigilancia especial de la policía nacional, de la guardia civil, bloques de cemento para evitar que los vehículos lleguen a la orilla del mar. La observan cámaras, la sobrevuelan helicópteros, la rastrean radares. Cada poco aparecen patrulleras oficiales que husmean sus alrededores. ‘Para nada’, me dice Eusebio (nombre ficticio) mientras conduce su coche patrulla, ‘las narcolanchas desembarcan y las cuadrillas sólo tienen que correr veinte metros cargando fardos antes de perderse por las callejuelas del barrio o de meterlos en sus cuatro por cuatro’. El barrio es La Atunara, la ciudad es La Línea...

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En los subterráneos de Nápoles

Bajo la ciudad de Nápoles existe otra ciudad de Nápoles a la que nunca llega la luz. Se accede por húmedos pasadizos de escaleras resbalosas, estrechos corredores no aptos para obesos y serpenteantes callejuelas subterráneas que desembocan en inesperadas y enormes estancias que en otros tiempos fueron cisternas para almacenar agua. Porque Nápoles, toda su región y todas sus tumbas, las tierras adyacentes a los volcanes, las ciudades congeladas en el tiempo de Pompeya, de Herculano, de Estabia, tiene algo en común: la roca volcánica. La tierra sobre la que se levanta Nápoles no es tierra sino roca en...

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La segunda muerte de Pompeya

El 24 de agosto de 1943 una formación de bombarderos británicos de la RAF dejó caer una lluvia de bombas sobre posiciones del ejército nazi en el yacimiento arqueológico de Pompeya y dio una segunda muerte a los vecinos de molde que no consiguió borrar el Vesubio. Decenas de esos cuerpos de piedra que se resistían a desaparecer se esfumaron hechos añicos, pulverizados y aplastados bajo el peso de bombas de hasta quinientos kilos. Los vecinos de Pompeya volvían a morir, esta vez a manos del hombre, y por una nefasta casualidad lo volvían a hacer el mismo día...

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