Categoría: Europa

En los subterráneos de Nápoles

Bajo la ciudad de Nápoles existe otra ciudad de Nápoles a la que nunca llega la luz. Se accede por húmedos pasadizos de escaleras resbalosas, estrechos corredores no aptos para obesos y serpenteantes callejuelas subterráneas que desembocan en inesperadas y enormes estancias que en otros tiempos fueron cisternas para almacenar agua. Porque Nápoles, toda su región y todas sus tumbas, las tierras adyacentes a los volcanes, las ciudades congeladas en el tiempo de Pompeya, de Herculano, de Estabia, tiene algo en común: la roca volcánica. La tierra sobre la que se levanta Nápoles no es tierra sino roca en...

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La segunda muerte de Pompeya

El 24 de agosto de 1943 una formación de bombarderos británicos de la RAF dejó caer una lluvia de bombas sobre posiciones del ejército nazi en el yacimiento arqueológico de Pompeya y dio una segunda muerte a los vecinos de molde que no consiguió borrar el Vesubio. Decenas de esos cuerpos de piedra que se resistían a desaparecer se esfumaron hechos añicos, pulverizados y aplastados bajo el peso de bombas de hasta quinientos kilos. Los vecinos de Pompeya volvían a morir, esta vez a manos del hombre, y por una nefasta casualidad lo volvían a hacer el mismo día...

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Pompeya: falos, burdeles, vino y tabernas

El lupanar más conocido de Pompeya no tiene pérdida: solo hay que seguir las pollas esculpidas en altorrelieves que están distribuidas por todo el casco histórico. Las pollas, los penes, los falos, las trancas, los nabos. Los romanos tenían cierta adoración por estas cosas. Esculpidas y esculpidos. En frescos, en amuletos, en colgantes. Y no sólo en altorrelieves: también hay bajorrelieves, pinturas, están en columnas, en dinteles, en losas del suelo. Probablemente incluso las llevaran, al menos en intención, tatuadas en las frentes de los malogrados vecinos, tan dados a la promiscuidad que por la ciudad aún se conservan...

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Los muertos de piedra de Pompeya

En una vieja urna de cristal con los bordes de metal oxidado duerme su sueño eterno un absoluto desconocido. Y cuando digo duerme es que tal parece: está tumbado sobre el suelo, uno de sus brazos hace de almohada y confiere al conjunto cierta sensación de calma. Y cuando digo desconocido es que el durmiente no tiene nombre, nadie sabe quién es, ni lo sabrá jamás, ni hay modo alguno de determinar su identidad. Porque el durmiente es de piedra aunque antes, mucho tiempo atrás, fue de carne palpitante. Da cierta lástima verlo ahí, en la urna, arrumbado en...

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