Categoría: África

En la mezquita más antigua de África

Cuando se levantó por vez primera esta mezquita Mahoma sólo llevaba nueve años muerto. Cuando se levantó por vez primera esta mezquita la capital de Egipto se llamaba Fustat. Cuando se levantó por primera vez esta mezquita no había ninguna otra en África así que los vecinos la miraron extrañados porque la mayoría no había oído hablar jamás del Islam. Lo grandioso es que mil quinientos años después sigue ahí. Renovada, claro, porque apenas queda nada del primer edificio, construido en el emplazamiento de la tienda de campaña del general Amr ibn al-As, el victorioso militar árabe que le...

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Con la abuela Lucy

Lucy tenía apenas veinte años cuando murió, no medía más allá de metro diez centímetros ni alcanzó los treinta kilos de peso. Una niña, podría pensarse, o tal vez una muchacha impedida, desmejorada. Pero si atendemos a la catalogación de Lucy: Australopithecus afarensis, y a que su muerte se produjo en un intervalo entre los tres millones doscientos mil años y los tres millones quinientos mil años, Lucy puede que más que una niña grande o una muchacha desmejorada fuera una mona de buen tamaño.      Su nombre nos lleva a equívoco porque Lucy suena a adolescente desatada...

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Los que se quedan

  Una patera desembarca en una cala de Roche. En Conil de la Frontera, Cádiz. Los tripulantes bajan ante el asombro de los bañistas y se dividen en grupos de intereses. Los subsaharianos corren pero de alegría, saltan, elevan las manos, saludan contentos. Los marroquíes menores charlan con los bañistas, bromean. Los marroquíes adultos corren también pero como alma que lleva el diablo. Buscan lugares altos, bosques. Buscan huir. Pero los subsaharianos no: esperan a la policía, se abrazan, posan ante las cámaras. Tienen de su parte a la ley. Y no porque la ley les permita quedarse en...

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Bajo la sombra de la Gran Esfinge

Cuando salgo del corredor de piedras milenarias que da acceso a la explanada de Giza y veo la Esfinge no puedo menos que palidecer de asombro y abrir mucho los ojos. Cuando los bajo (los ojos) y veo esa multitud internacional haciendo piruetas para repetir las clásicas monadas fotográficas en las que besan los morros del pobre bicho milenario no puedo menos que recuperar la sangre que perdí en mi primer asombro y apretar el paso. La Esfinge me impacta tanto con su hierática dignidad como los turistas con su descuidada vacuidad. ¡Qué no habrá visto la pobre Esfinge...

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