Categoría: Viajes

La ciudad de las torres vigía

Las torres de Cádiz tienen espíritu de árboles de bosque espeso, de espiga que huye de la maleza bruta, de hierba rala que se niega a serlo. Las torres de Cádiz estiran el cuello buscando luz, escapando de la penumbra, hastiadas de suelo. Porque Cádiz es salada claridad pero sólo en las alturas, sólo escapando del asfalto y el empedrado. Abajo es salada oscuridad, achicados los espacios por las casas que entrechocan sus balcones, la estrechez de las calles, a resguardo de la humedad infinita que carcome los huesos. Abajo es sombra de la que el mortal huye al...

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Medinaceli la nuit

Medinaceli no cuenta ni con quinientos vecinos pero a cada uno de ellos le corresponde un puñado de monumentos y de siglos de historia. Porque Medinaceli tiene, así al pronto y sin mirar libro alguno, un arco romano, un castillo árabe, una colegiata, un palacio ducal, la Casa de los duques de Medinaceli, una plaza mayor, una puerta árabe, una antigua sinagoga, una nevera árabe y un convento de clarisas del siglo XVI. Supongo que podría seguir. ‘Roma para mí’, imagino un reparto en la plaza Mayor, ‘pues para mí la alcazaba’. Y podría ser. Pero sobre todo Medinaceli...

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Shusha, la tumba del rey eunuco

Los tiempos de esplendor de Shusha pasaron hace muchos años pero la ciudad actual es sencillamente fascinante Apenas queda nada del esplendor persa en la ciudad de Shusha. Como ya conté en este blog los vencedores armenios de los años noventa desterraron el barrio azerí sin sacarlo de la ciudad, lo arrinconaron y olvidaron hasta que las fastuosas villas se desfondaron, las comió la maleza, se agrietaron sus paredes, se resquebrajaron las vías, las aceras. Y murió. Tal vez en aquella esquina de la mezquita Yukhari Govhar Agha, que se cae a trozos y en cuyo interior alguien ha...

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Las negras aguas de Dacca

El río Buriganga arrastra aguas marrones repletas de desechos sin nombre, formas gelatinosas, botellas, coloridas tiras de plásticos, bolsas, detritus, algún pez muerto, espumas rosadas, marrones y grises. No metería un dedo en ese agua. Pero aquel señor mete todos sus dedos, sus manos y hasta su cuerpo. Y no es el único. Una larga fila de hombres mantiene el equilibrio sobre el borde del río para evitar caer al agua o, mucho peor (dónde vas a ir), que se les resbale el sarong y les queden las vergüenzas al aire. Se bañan entre cúmulos de basuras, entre nubecillas...

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