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Los vecinos de Llivia son tan independentistas que su pueblo está ya fuera de España. Físicamente. Por sus calles ondean esteladas, apenas se escucha castellano y el territorio español más cercano está a tres kilómetros. ¿Acaso se han llevado el pueblo fuera de la península? A decir verdad, el pueblo nunca se ha movido de su lugar original. Llivia pertenece al reino de España, algo que escuece a muchos vecinos a tenor de la proliferación de esteladas en balcones y ventanas (comenzando por el propio consistorio), pero al tiempo está fuera del territorio nacional por cosas de la historia. Una historia que se siente en sus empedradas calles, sus casas medievales cubiertas de pizarra, sus balcones y contrabalcones de madera, las piedras talladas y desgastadas por el tiempo que forman parte de ciertas fachadas, pistas que dejan intuir que la vida en la población no ha debido cambiar mucho en los últimos siglos (más allá del impulso recibido por los deportes de nieve).

La iglesia fortificada de Nostra Senyora del Àngels, pegada a la pintoresca torre Bernat de So, recibe apenas un puñado de feligreses para la misa de nueve, las calles vacías y húmedas, el suelo de piedra, la noche de luna llena. De no ser por las farolas podríamos seguir en el siglo XII, cuando levantaron edificios como estos. Pero no, estamos en el siglo XXI y esta ciudad, Llivia, es un exclave español, el único que yo conozca, un territorio patrio en el interior de un país vecino. Y además son catalanes. Catalanes que ya no están dentro del territorio nacional…

La controversia acompaña a Llivia desde su mítica, pero vergonzosa, fundación: dice el imaginario que Hércules cogió una cogorza de mil diablos y violó a una ninfa llamada Pirene,  quien huyó despavorida y parió una serpiente antes de ser devorada por los lobos. Hércules, avergonzado, la enterró con tanto fervor que dio lugar a toda una cordillera montañosa: los Pirineos… No es un principio alentador pero tampoco es historia pura. Si es por mitos también se atribuye su fundación a Julio César durante su campaña de las Galias, un origen más regio pero que tampoco parece real porque los vestigios apuntan a que este núcleo lleva habitado nada menos que cinco mil años. Junto a la iglesia unos trabajos desentierran restos romanos que apuntan a un foro de considerables proporciones. Porque Llivia tiene más historia que geografía y un paseo por sus calles se acaba antes que por su pasado.

Llivia tuvo su realce en la Antigüedad y llegó a ser nada menos que capital de la Cerdeña, que hoy es francesa en casi su totalidad y que se pregunta a diario en estos días de independencias y secesiones qué les queda de aquella catalanidad del otro lado de los Pirineos. Les quede lo que les quede, Llivia fue capital de la Cerdeña, como decía, sí, pero en el año 815, y de eso ha llovido y nevado con profusión (aunque esto último cada vez menos, confirman los vecinos con amargura) y desde entonces tan solo el gesto del emperador Carlos I, y V de Alemania, de concederles la condición de villa les dio cierto relieve (y más tarde lo colocó en esta extraña situación geográfica actual).

En la convulsa Edad Media europea el pequeño pueblo perdió importancia, fue arrasado por los franceses, que ya veían en los Pirineos una frontera natural, los catalanes se replegaron a su ancestral esquina peninsular y en el siglo XVIII las dos coronas, la gala y la española, sellaron una vergonzosa paz (para estos últimos) en la que se cedía treinta y tres pueblos del conocido como valle del Querol. ¡Treinta y tres pueblos arrebatados por la pérfida Galia en un relato paralelo al de Gibraltar pero del que apenas tenemos conciencia patriótica! Hablo del Tratado de los Pirineos, firmado en 1659, que cedía tierras de la comarca catalana del Vallespir, el Capcir, el Conflent, el Rosellón y la Alta Cerdeña, una región que hoy se conoce como departamento de los Pirineos Orientales.

Los franceses se aprestaron a recoger los frutos de su ventajoso tratado pero, ¡oh, sorpresa!, los legajos firmados con pompa y boato lo dejaban bien claro: treinta y tres pueblos. ¡¡Y no villas!! El término municipal apenas comprende trece kilómetros y medio pero le da para tener dos pedanías y un exclave kilómetros Francia adentro, un territorio llamado las Bullossas, donde sólo hay un bar y unas hermosas montañas convertidas en parque natural por orden del gobierno francés contra el criterio de los vecinos de Llivia. Digamos que este exclave tiene su propio exclave, o dicho de otro modo, que esta isla geográfica comprende una nueva isla geográfica algo más al norte. ¿Y cómo es esto de vivir entre franceses? ‘Bien’, me cuenta una chica en el museo, ‘ellos vienen aquí para comprar gasolina o tabaco y nosotros vamos allá a comprar queso’.

En uno de los bares de su plaza la camarera me atiende en castellano, a otra pareja en catalán y a unos turistas en francés. ‘Qué menos, si no es imposible hablar con los vecinos’. Si le añadimos el inglés, que es básico, la mayoría de los vecinos de Llivia habla cuatro idiomas. Y por poco hay que añadirles el alemán porque en plena II Guerra Mundial Hitler, conquistada ya Francia, veía esta villa como un incordio y, pidió permiso a Franco para enviar cien soldados a vigilar a los poco más de mil habitantes del lugar. También fue curiosa su situación en la guerra civil española porque las tropas franquistas tuvieron que pedir permiso al gobierno francés para penetrar por la carretera que transcurre por territorio galo antes de conquistar la ciudad. Cuando llegaron encontraron pocos republicanos, eso sí, porque la mayoría había puesto pies en polvorosa…

Los problemas de Llivia están tan lejos de su capital de provincia, Girona, como de la luna. Como ejemplo, las guerras del agua y la del Stop. Con el agua tienen problemas históricos de abastecimiento con los franceses debido a su insularidad geográfica y también con los franceses tienen sus más y sus menos debido a una señal de Stop. Lo cuenta aquí su entonces alcaldesa: en los años 80 los franceses colocaron una señal de Stop en su parte de la carretera que comunica con España pero los vecinos lo tomaron como una afrenta que incumplía el Tratado de Bayona, que les otorga libre circulación. Los franceses colocaban el Stop por el día y los vecinos de Llivia lo arrancaban por la noche hasta que los gendarmes tuvieron que vigilarlo día y noche y la cosa pasó a conflicto de estado…

Con todo ello, Llivia es más conocida por otra vuelta de la historia: presumen de tener la farmacia más antigua de Europa, conocida como Farmacia Esteva. Seria oposición le plantan los estonios que aseguran que no, que la farmacia más antigua de Europa se encuentra en la calle conocida como Raeapteek, o Pueblo de la Farmacia, en pleno centro de su capital, Tallinn. Dicen que en el número 11 se encuentra la farmacia en funcionamiento más antigua del continente, abierta desde principios del siglo XV (se duda si abrió en 1415 o 1422). Los croatas también levantan la voz y aseguran que todo esto no es cierto porque la farmacia más antigua en uso se encuentra en Dubrovnik. Conocida como la Farmacia Antigua se encuentra en el interior de un monasterio franciscano, la consideran la tercera más antigua del viejo continente aunque la más antigua en permanente funcionamiento porque alcanza ya los setecientos años de antigüedad.

¿Y qué más da que sea la más antigua? Como reclamo turístico el museo de Llivia guarda los botecitos, los tarros, las jeringas y fórmulas magistrales de otros siglos mientras espera atraer forasteros ávidos de conocer su historia. Tal vez por eso disponga de un museo muy superior para una población tan corta de vecinos. En el propio museo informan de que la farmacia de Llivia está documentada desde 1594. Claro que eso es casi dos siglos después de la estonia. Además, la estonia sigue abierta, contra viento y marea, mientras que la catalana cerró en 1926. En todo caso, la huella de su nacimiento se remonta a principios del siglo XV, más allá de la documentación existente, lo que la iguala en cierta medida a sus rivales, y uno puede maravillarse con los tarros y botes y los tratamientos de belladona que se guardan en su museo, que parezcan venidos de esa época. Una época en la que la farmacia estaba rodeada de pueblos españoles y de una comarca enteramente catalana. Ahora la aldea de Astérix resiste contra el invasor. Pero no habla francés. Habla catalán…