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Junto a la mezquita Amr Ibn El Aas, la más antigua de África, se celebra una boda. Es un barrio popular de El Cairo, de los balcones asoman cabezas, de los tendederos cuelgan mantas de colores, la calle tiene un aspecto festivo. Un equipo de música escupe música a toda pastilla y en una mesa los hombres beben cerveza. ‘Beba usted, amigo’, me ofrece un muchacho. No: me obliga más bien. Están borrachos. Pienso que son cristianos pero me sacan del error: son musulmanes, pero un día es un día. Al fondo de la calle las mujeres hacen un círculo y bailan. Allí las mujeres y aquí los hombres. ‘Beba, beba’, todos ríen, dan palmadas. ¿Puedo sacarles unas fotos? ¡¡Por supuesto!!, rugen todos, posan, gastan bromas. El novio me abraza, soy un trofeo exótico en manos de esta pandilla de borrachuzos.

Aprovechando un descuido me escabullo entre la multitud y me planto frente a las mujeres. Bailan alegres y despreocupadas. ¿Puedo sacarles unas fotos?, pregunto otra vez. ¡¡Por supuesto!!, rugen todas, posan, gastan bromas. Las mujeres sonríen, las chicas dan palmadas, la novia baila. De pronto una mano me agarra el hombro. El muchacho que me ha invitado a la boda, y la pandilla de borrachuzos, me rodea amenazante. ¿Qué hace usted haciendo fotos a las mujeres? Les he pedido permiso, me excuso, me han dicho que sí, una chica se acerca y confirma mi historia. El muchacho chasquea la lengua, los demás menean la cabeza, hay un aire intimidatorio en todo esto. ‘No es a ellas a quien debería de haberles pedido permiso’, me dice, ‘sino a nosotros porque las mujeres son nuestras’. Pongo cara de póker y bromeo: bueno, ellas tendrán algo que decir. ‘Usted no lo entiende’, dice el muchacho, ‘ellas no tienen opinión: esas mujeres son nuestras y usted debe borrar las fotos’.

Y así, una a una, el muchacho, bajo el calor de la pandilla de borrachuzos, borra cada una de las fotos en las que sale una mujer. Sólo respetan las que salen niñas. ¡Suerte que no conocen los programas de recuperación…! Las mujeres me miran con cara de pena, a mi lado un señor bufa con un insoportable aliento a cerveza, una chica me pide que me vaya o la cosa puede empeorar. Me despido amablemente, los hombres me miran mal, las mujeres han dejado de bailar, creo que me he cargado la fiesta. Hay algo atávico que supera incluso a los hombres. De hecho el muchacho que me invitó, y que lideró el borrado macarra de las fotos, se me acerca cuando me voy. ‘No se lo tome a mal’, me dice, ‘pero es que esas mujeres son nuestras…’ Y ahí radica el problema: esas mujeres son suyas. Y de nadie más. Ni siquiera son de ellas mismas.

Las niñas de la boda sí son fotografiables, las mujeres no aunque te den permiso porque la mujer no tiene opinión ni mando en plaza…

Tal vez por eso mismo El Cairo tiene una fama terrible para las mujeres. Dice este estudio (pincha aquí) que El Cairo es la peor megaciudad del mundo para ser fémina. Hablamos de una ciudad con 19 millones de habitantes (probablemente más), con prácticas que invisibilizan a la mujer, la convierten en objeto. Y un objeto tiene dueño por definición. El estudio es devastador en todas las facetas: violencia sexual permanente (el 99% de las encuestadas por la ONU reconoce haber sufrido acoso sexual y el 47% de las divorciadas o separadas confiesan episodios frecuentes de violencia doméstica), prácticas culturales que incluyen mutilación genital (según este estudio nueve de cada diez sufren ablación total o parcial), matrimonios forzados o infantiles, feminicidio. El acceso a la salud es limitado y en algunos consultorios sólo se las atienden cuando se ha terminado con los hombres. Y de las oportunidades económicas mejor no hablar porque son prácticamente nulas: sólo trabaja el 23% de la población femenina.

El dudoso título de peor megaciudad del mundo lo ha logrado compitiendo en una liga de grandes ciudades con mala fama, desde Delhi, Kinshasa, Karachi, Lagos a México D.F, lo que no deja de ser deprimente. La situación, por si fuera poco, ha empeorado desde la primavera árabe de 2011, que terminó con el derrocamiento de Mubarak.

Debía de estar preparado: no en vano acababa de salir de la mezquita Amr Ibn El Aas, la más antigua de África, (como decía), según me contaba en perfecto inglés Ahmed, un muchacho culto y educado, estudiante de ingeniería, ávido lector y tan profundo conocedor del islam que voluntariamente muestra la mezquita a los extranjeros que atraviesan sus puertas. ¿Tienes novia?, le pregunto, pero Ahmed rechaza la sola idea. No, dice, me apartaría de la religión. ¿Con veintipico años y no quieres novia? De verdad que no, insiste Ahmed, una vez tuve una pero me distraía de las cosas de Dios y la dejé. Entra un grupo de mujeres pero van directamente a la parte reservada a ellas. ¿No te gustaría estar todos juntos? Ahmed pone cara de susto: ni hablar. Y Ahmed comienza un discurso que no se corresponde para nada con el de un joven universitario.

Por ejemplo: es muy importante que las mujeres no se mezclen con los hombres, como ocurre en su tierra me dice, porque entonces todo sería un disparate y no sabríamos de quién es el hijo de cada mujer. Imagino Europa convertida en una bacanal gigantesca con una promiscuidad desatada. Los hombres no sabemos controlarnos, dice Ahmed, y es necesario que protejamos a las mujeres: lo dice el Corán. Y ahí radica el problema: los hombres no saben controlarse y a las mujeres hay que protegerlas porque son objetos sin opinión. Tras cada hombre hay un violador en potencia y tras cada mujer una víctima en potencia porque los hombres somos todos unos salidos con ganas de meternos entre sus piernas. El Corán insta a bajar la mirada y guardar modestia. Por si queda alguna duda, Ahmed recita el versículo del Corán 33:59 ‘¡Profeta! Dí a tus esposas, a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se cubran desde arriba con sus vestidos. Es lo mejor para que se las distinga y no sean molestadas…’. Es el principal propósito del velo, insiste: no ser molestadas.

Ya, le digo a Ahmed, pero en Europa los porcentajes de mujeres molestadas son menores que en Egipto y no llevan velo. Ahmed tuerce el gesto y vuelve a pensar en un universo de promiscuidad pagana. ¿No será, digo yo, que con tanta represión el hombre egipcio está frustrado y ve a la mujer como algo lejano, no será que esta represión consigue que el hombre se vea a sí mismo como un agresor sexual que antes o después tendrá que ejecutar su papel? Porque en occidente las cifras de acoso son también altas, deprimentes y humillantes pero menores y las mujeres no son objetos lejanos. ‘Dios ha repartido diferentes papeles a hombres y mujeres’, me dice Ahmed, ‘las esferas de actuación son muy distintas y querer romper esa regla es cuestionar el propio mensaje de Dios’. Miro al bonito artesonado de la mezquita con aire distraído y pregunto entonces por la libertad individual: ¿y si una mujer no quiere velos? Ahmed sonríe, parece acostumbrado a toparse con occidentales libertinos, sedientos de sexo sucio. ‘Entonces hay que hacerles ver la verdad’.

Clase espiritual en la mezquita Amr Ibn El Aas

La verdad en Egipto cabalga carruajes que asombrarían a los faraones. Por ejemplo, en el cine, con películas como El Cairo 678, de Mohamed Diab , un triste y sórdido retrato de El Cairo actual construido alrededor de una línea de autobús. Concretamente la 678. Porque los autobuses, como los barcos que navegan por el Nilo, como los vagones del metro, como cualquier concentración humana, son terreno abonado para los acosadores. Y en la película se produce toda una revolución femenina cuando una mujer clava un cuchillo en la ingle de uno de los muchos manos largas que pululan por la ciudad. Pero no sólo cine clásico: The People’s girls es un documental que también habla de lo mismo, aunque más bien es un experimento que a base de entrevistas y experimentos sociales coloca el foco en los culpables de esta plaga.

Los carruajes de la verdad moderna van más allá del cine. Internet, por ejemplo. Como esta aplicación llamada Harassmap, un mapa de El Cairo en el que las mujeres colocan advertencias, experiencias, denuncias sobre incidentes sexuales.’El hombre que cuida los zapatos en la mezquita Midan Tahrir cerró la puerta y me dijo que quería tener sexo conmigo… ¡Ya no hay ni lugares sagrados!’, ‘un grupo de adolescentes se me echó encima para tocarme las tetas’, ‘me atacó un grupo aprovechando que llevaba las manos ocupadas con bolsas’, ‘vi cómo un grupo de hombres atacó a una chica en la plaza Tahrir, todas las manos le recorrían el cuerpo’…

Las grandes aglomeraciones son caldo idóneo para que grupos de hombres acosen a las mujeres, desde protestas y manifestaciones a fiestas o celebraciones como las que a diario toman el río Nilo…

Según las denuncias del ‘Mapa del acoso’, la céntrica plaza Tahrir se lleva la palma en acoso y violaciones. Una violencia que ni siquiera respetó a las corresponsales de prensa extranjeras que cubrieron la primavera de 2011. Como Lara Logan, corresponsal de CBS News, violada y golpeada por un grupo de becerros mientras rodaba un documental sobre la primavera árabe. Aquí puedes verla hablando del infame suceso:

Y no fue la única: esta reportera de France 24, Sonia Dridi, sufrió una agresión prácticamente en directo. Los agresores son los mismos que salen en pantalla, que se la llevan poco a poco…

Los videos de agresiones sexuales grupales en Tahrir Square abundan por internet y son, como poco, perturbadores. Dice la estadística que el 80% de las mujeres egipcias ha sufrido acoso sexual alguna vez en su vida. La religión siempre es un problema en estos casos pero aquí se exacerba con las opiniones de los ‘líderes de opinión’. Por ejemplo, el abogado conservador Nabih al-Wahsh dijo en la cadena de televisión Al Assema que ‘acosar a mujer que viste pantalones rotos es un deber patriótico y violarla un deber nacional‘. La frase se le ocurrió a este machote en un acalorado debate sobre un proyecto de ley nacional sobre la prostitución. Finalmente el miserable abogado fue condenado a tres años de prisión por semejante exabrupto. ¿Y qué decir de Tariq Ramadan, nieto del fundador de la pía organización de los Hermanos Musulmanes? Pues que está en prisión por violador a pesar de ser uno de los pensadores islamistas más conocidos de la actualidad, además de consejero del gobierno británico. El remate lo sufrió la presentadora de televisión Dohaa Salah, condenada a prisión por tratar el tema de las madres solteras

Pero los gallos testosterónicos no son los únicos que mantienen opiniones miserables. Suad Saleh, que es profesora de estudios islámicos en la prestigiosa universidad Al -Azhar de El Cairo, asegura muy ufana que ‘las prisioneras de guerra son propiedad de los guerreros musulmanes, se puede humillarlas y deben ser propiedad de un señor de la guerra o de un musulmán, que puede disfrutar de ellas como lo hace con sus esposas’. ¿Dice esta señora que el Corán permite la violación como arma de guerra? Pues sí, aquí abajo está ella misma:

El gobierno egipcio ha doblado las penas para los condenados por acoso sexual pero el problema se encuentra en la mente colectiva. Una mente colectiva que considera que la mujer no tiene derechos porque un libro antiguo lanza frases ambiguas que los ceporros interpretan a sus anchas. Los píos musulmanes borrachos de cerveza, por ejemplo, que consideran que la opinión de las mujeres no cuenta porque son de su propiedad. O el cultivado Ahmed, que no cree que podamos convivir porque los hombres viviríamos con la duda de saber cuáles son nuestros hijos.

Tal vez el problema no sólo radique en la mente colectiva de los (y las) macarras más retrógrados. Puede que también anide en el propio concepto divino, que habilita a estos descerebrados. Porque en El Cairo, en Egipto, y en todo el mundo por ende, hay hombres que aman y respetan a las mujeres. Pero el peso de la tradición y la convicción inculcada a través de la educación, la religión y la vida misma de que una mujer es menos construyen una tela de araña que atrapa a sociedades enteras. Y si encima cuentan con el apoyo de líderes de opinión sin más conocimientos que su propio desconocimiento, el resultado es obvio. Y aquí El Cairo, pese a todas sus virtudes, tiene un grave problema. No ama a sus mujeres.