En el centro de Beirut un muchacho coge carrerilla y sale corriendo para estampar una sonora patada en una plancha de metal. Otro, a su lado, ríe la ocurrencia y repite el ritual. Más allá, en un edificio agujereado al estilo queso grouyere, un señor golpea la pared con las dos manos y gesto serio. A su lado una larga fila de viandantes hace lo propio: hay una señora con hiyab que golpea la pared con una piedra mientras consulta el móvil, un niño pequeño que da porrazos con cara de susto, varios jóvenes que usan todo tipo de artilugios, desde piedras a trozos de metal. Más allá una chica golpea una cacerola con una cuchara. ¡Y esta chica es la que responde al arquetipo de la cacerolada! ‘Hago ruido para que todos sepan que no estoy de acuerdo con el gobierno’. Detrás de la chica un grupo de jóvenes se empeña en echar abajo una plancha metálica pero solo consiguen rebotar violentamente, lo que causa regocijo y risotadas entre el público. Porque hay público. Yo, por ejemplo, que grabo la escena. Pero también canales internacionales, fotoperiodistas venidos de medio mundo, familias con sus teléfonos móviles. Un tipo lleva un tambor, otro una darbouka. El ruido es infernal, parece que temblara el universo al entrar por el hueco demasiado pequeño de un agujero negro. Hay quien trae palos de madera, barras de hierro, piedras de tamaño considerable, hay quien golpea el brasero metálico de una narguile, una pala, un trozo del guardabarros de un coche, llaves y llaveros, campanillas y cencerros. El ruido es grande y el alboroto también, la gente ríe y se hace fotos. 

¿Qué es esto?

Aquí se puede ver, y oír, lo que es una cacerolada en Beirut

Para los hispanohablantes, esto es una cacerolada. Porque en su origen se trataba de hacer ruido con una cacerola y una cuchara. Pero en Beirut el tema se ha desmadrado y lo importante es simplemente hacer ruido. Mucho. Estamos cerca de las tiendas caras carísimas, de las embajadas, a tiro de piedra de los lujosos apartamentos de los ricos riquísimos del Líbano, que tienen dinero a espuertas, estamos cerca del parlamento, del gobierno de la nación, estamos cerca de todos los que desean silencio, paz y orden. Por eso se hace ruido: para recordares que el pueblo los reprueba: o eso dicen. Sin embargo, y con ser llamativo, la iniciativa tiene unos años. Incluso unos siglos.

Según La formación histórica de la cacerolada: charivari  y rough music, de Natalie Zemo, el tema viene de lejos. Ya en el siglo XVI existía en Francia el Charivari y en Inglaterra el Rough Music o skimmington, ambos modos de nombrar ‘un ritual carnavalesco consistente en un estallido sonoro realizado con ollas y cazos con la intención de señalar y reprobar una transgresión de las normas establecidas’. Al fin y al cabo: una protesta popular. En Alemania se le conoce como Katzenmusic y en holandés Ketelmuziek.  El Charivari tenía tres formas de actuación: en la más violenta una multitud acudía al domicilio de la víctima y la sacaba por la fuerza para en medio de un sinfín de chanzas y burlas pelarlo al cero y dejarlo completamente mojado en mitad de la calle. Una segunda versión involucraba a un vecino de la víctima (que se prestaba voluntario y entusiasta) procesionando por la ciudad rodeado de una multitud que se reía de él mientras le cantaban canciones burlonas. La última versión tan solo afectaba a una representación del ser odiado, normalmente una burda estatua, que terminaba quemada en un descampado. El ser odiado podía ser un abuelete que se hubiera casado con una jovencita, un viudo o una viuda que se casaran por segunda vez demasiado pronto, adúlteros pillados in fraganti, madres solteras, maridos que pegaban a sus mujeres.

Cacerolada inglesa…

El motivo no tenía por qué ser político, como vemos, aunque no estaba descartado ni mucho menos. De todos modos parece que el tema viene incluso de antes porque existen grabados de gentes avanzando mientras despachurran cacharros, incluso en el sigo XIV.

Hay quien se trae a los niños para dar golpazos en la pared, como aquí arriba, y hay también quien parece que va a la oficina a echar la jornada, como el de abajo…

Todo eso se hacía entre un ruido insoportable y mucha guasa. Como lo que yo veo ahora en Beirut, solo que el lugar del ser odiado o del vecino lo ocupan las paredes de las casas en permanente ruina porque no hay quien saque a la calle al presidente del país, el señor Aoun, y lo rape al cero entre risas y multitudes. No es la primera que veo una cacerolada, o mejor dicho, una señora cacerolada. Las vi en Buenos Aires cuando el país vivía aletargado por el corralito de principios del siglo XXI, las he visto también en Cataluña convocadas por el movimiento independentista, o en Colombia. Pero con un carácter más íntimo, familias en sus casas tocando cachivaches de cocina que resonaban como un fondo de ciudad nocturna, gentes dando la matraca pero sin salir del hogar, en cierta medida con miedo a salir a la calle y sufrir la ira física de los que ellos torturan con ira sonora. Aquí en Beirut tiene la cacerolada algo de charivari en su segunda acepción, la de coger al vecino en forma de pared y sustituir al ser odiado con otro que se presta gustoso. Tiene algo de ritual hipnótico esto de aporrerar paredes y planchas de metal, algo peliculero también. Vienen familias con niños que aporrean las paredes con sus puñitos en formación, hay un tipo que ha ideado todo un sistema meticuloso de golpes, tal vez algo teatral pero efectivo en su modo de subir los brazos y bajarlos rítmicamente: tan efectivo que un canal de televisión internacional se centra solo en él mientras golpea, muy serio, la pared.

Los ingleses recuerdan la llamada Conspiración de la Pólvora cada 5 de noviembre haciendo sonar todo tipo de cacharros de metal en memoria de un tal Guy Fawkes, que quiso volar el parlamento inglés con cientos de kilos de pólvora pero lo atraparon antes y su cuerpo descuartizado se exhibió por todo Londres. El ruido de los londinenses protestando porque el Parlamento británico seguía en su mismo sitio tiene algo de beirutí y las inquietantes máscaras blancas de V de Vendetta, que popularizó cinematográficamente el hecho, pululan a mi vera como una extensión del cine. El ruido organizado se convierte en una poderosa forma de reivindicación, de fuerza popular, de contenida cólera, de sufrida indignación. De basta ya, de estamos hartos, de se acabó. Nadie escapa del ruido (salvo los sordos, benditos ellos). No hacen falta consignas, no hacen falta proclamas, ni siquiera hace falta saber el idioma del pueblo que protesta: miro a mi alrededor y el ruido insoportable sería el mismo en mi ciudad, puedo entenderlo perfectamente, las caras de guasa unos, de hartazgo de otros, de silencioso sufrimiento en los más, serían las mismas de mi casa. El ruido tiene algo de liberador pero, y al mismo tiempo, es un sonoro incordio, es incómodo, te sube el dolor de cabeza, sueñas con el silencio y la paz. Rosa Luxemburgo, tan revolucionaria ella, consideraba esta protesta anárquica y primitiva, tosca y alejada de una clase obrera verdaderamente concienciada en la lucha obrera.

Pero si la cacerola ha alcanzado verdaderamente la categoría de instrumento estrella en la protesta popular es gracias a Sudamérica. La aportación de los chilenos es notable en este punto, primero contra el desabastecimiento del gobierno de Salvador Allende a principios de los años 70, más tarde contra la lúgubre dictadura de Pinochet, posteriormente al primer gobierno de Piñera, al de Michelle Bachelet y hasta el actual y catastrófico gobierno de Piñera. En Argentina le vieron la gracia al asunto y a finales de la dictadura militar no hubo cacerola sin abollar en el país austral y la cosa siguió en los gobiernos siguientes: desde Alfonsín a Menem, desde la Kirchner a Macri, los cacharros metálicos elevaron sus voces más que las oficiales. Venezuela, Colombia, España, Brasil, Ecuador, la cacerola se ha convertido en una forma de protestar muy latina, porque parece que tenemos otro brío en esto de golpear cosas. Si los británicos y galos son exhaustivos en sus golpizas tal vez la sangre latina moldee la onda para encontrarle cierto ritmo sobre el que bailar, cantar y llorar de la risa.

No es el caso de esta demostración que veo en Beirut. Sí, hay cierta guasa, pero ritmo, lo que se dice ritmo, poco. Cosa rara porque por todas partes hay muchachos con darbouka que parecen amplificadores en forma de niñatos y no hay esquina en la que no se baile y se cante. Un par de muchachos se ha subido a un tejado para golpear el zinc con más ahínco, un chico trata de desguazar el interior de un edificio en ruinas pero una señora con hiyab le da un par de gritos en plan madre estricta y el chaval sale por patas. El gobierno no puede hacer oídos sordos a este jaleo. Es evidente que el libanés medio no lo quiere y lo expresa como se ha expresado siempre. Montando jaleo.