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Tras la cara oculta del Peñón se esconde una goma. Yo no la veo pero Rafael, que es sargento de la guardia civil, enfila la proa de su patrullera a toda pastilla. La cara oculta del Peñón es apreciación mía, claro, porque siempre miro a Gibraltar desde la bahía de Algeciras. Para un malagueño esa apreciación será al revés. La patrullera acelera el paso: ya estamos casi a cincuenta nudos. No puedo levantarme del sillón, mucho menos hacer fotos, el sargento Rafael sigue mirando un punto fijo en el horizonte que yo no alcanzo a vislumbrar. Veo el Peñón temblar entre las olas de un mar revuelto, veo una columna de humo levantarse lentamente a las espaldas de Manilva, veo el cielo que se une con el mar tras cada bandazo. Pero no veo la goma. ‘Está allí’, insiste el sargento y sus compañeros, que tampoco la veían, lanzan un suspiro ahogado. ‘Sí’, dice uno, ‘y se escapa’. Veo algo oscuro en un mar lleno de cosas oscuras y me dejo llevar. Pero es cierto: hay una embarcación y ha puesto proa a Marruecos.

La neumática va a toda pastilla pero el sargento Rafael le ha ganado la partida y cada vez está más cerca. El mar está alterado, la embarcación, supuestamente de un narco, está vacía y le cuesta desprenderse de su perseguidor. ‘A esta hora salimos a patrullar abiertos porque es el momento en que suelen acercarse a coger combustible o cambiar tripulación’, dice el sargento. ‘Los narcos suelen trabajar de noche y ahora lo más que hacen es mantener las embarcaciones alejadas aunque como hoy está el día revuelto se acercan más a costa para protegerse’.

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El peñón de Gibraltar, al fondo la Línea y a la derecha el fuego que se ha declarado en la provincia de Málaga..

El espectáculo es grandioso. A un lado, la cara oculta del Peñón, su playa de la Caleta con sus bañistas que continúa en la playa de Santa Bárbara de La Línea, al otro lado las carísimas urbanizaciones de la Alcaidesa y Sotogrande envueltas en el humo de un incendio en los montes de Manilva, frente a nosotros el macizo del Rift marroquí en un camino repleto de petroleros y grandes portacontenedores. Dicen las malas lenguas que muchos incendios los provocan los propios narcos para desviar la atención de algún alijo especialmente importante. ¡Quién sabe! La goma está cada vez más cerca. No dudo de que la vayamos a alcanzar.

‘Hemos tenido una persecución seis millas frente a la Atunara’, dice otro agente a la base a través de su radio. De pronto el sargento Rafael afloja el paso, la goma se aleja en dirección a África. ‘Para detenerlos tendríamos que darle un golpecito en el motor porque por sí solo no va a hacerlo y podría ocurrir un incidente’. La goma se aleja y vuelve a convertirse en una raya oscura que desaparece entre la espuma de las olas. Pronto esas neumáticas estarán prohibidas y se lo comento al sargento. ‘Realmente no sirve para nada’, me contesta y pongo cara de póker. ¿Y eso?

‘Son embarcaciones de alta velocidad y por ley tienen qué decir sus horarios de entrada y salida, de dónde salen y a dónde se dirigen… y estas no tienen ni matrícula…’. Siendo legales las podrían detener por alta velocidad… si consiguen atraparlas. Y lo consiguen: las neumáticas procedentes de decomisos se acumulan en los muelles del puerto de Algeciras. Impresiona ver esos mastodontes de ocho y nueve metros, aunque las haya de doce y hasta de catorce, cargados de motores de incontables caballos y acumulados bajo el inclemente sol del estrecho. ‘Tal vez la medida sirva para que se ataje la venta en tierra porque si están prohibidas quiero pensar que será más difícil el comprarlas…’. Puede, aunque los narcos se caracterizan por conseguir lo impensable.

Las narcolanchas, como se las conoce aquí, duermen protegidas en muelles caseros, habilitados en los patios de las casas que dan a las riberas de los ríos locales, sobre todo el Palmones y el Guadarranque, (aunque también en algún carísimo chalet de Sotogrande) varaderos que a veces son visibles desde el exterior porque les han hecho ostentosas obras y lucen paredes de cemento armado, asoman pequeñas grúas bajo techos de uralita, todos saben dónde están. ‘Aquí esto ha sido así de toda la vida’, me dice el sargento Rafael, ‘lo que pasa es que ahora todo el mundo baja a la playa con el móvil y es fácil de grabar y de compartir por internet y parece que hay más pero hay otras zonas que son mucho peores y nadie dice nada’, y señala con la frente el horizonte….

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Motos de agua a los pies del Peñón

Pienso entonces en Doñana, tan vacía y desprotegida, pienso en el río Guadalquivir y en las marismas de Sanlúcar de Barrameda y Trebujena. ‘Esto lleva aquí toda la vida y no cambia porque es ya casi tradición desde los tiempos del tabaco y antes incluso, es imposible que no sea así teniendo en cuenta que La Línea y Gibraltar están pegados y que históricamente se han retroalimentado con el contrabando’. Entonces, ¿por qué tanta alarma social?, le pregunto. ‘Porque lo hacen de día, porque la infraestructura es urbana y está incrustada en la ciudad, porque le echan mucha cara y se meten en playas abarrotadas de gente con teléfonos móviles que les graban…’ Los móviles meten en más de un lío a los contrabandistas: a veces los graban los bañistas pero otras veces se graban ellos mismos, incluso vídeos personales alijando que suben luego a youtube y terminan siendo una prueba irrefutable de su propia idiotez ante un juez. ‘Desde luego ahora tienen más mala idea’, cuenta Rafael cayendo en la cuenta de que lleva ya más de treinta años al mando de patrulleras.

El estrecho de Gibraltar es una suerte de laberinto de grandes buques que algunos aprovechan como pista de obstáculos…

‘En el 92 había día que llegaban doce pateras entre Punta Carnero y Tarifa, entraban a toda velocidad en la playa y las dejaban embarrancadas, sólo se llevaban la droga’. Ahora no. Ahora los alijadores embisten a los agentes con vehículos auxiliares si temen por su carga, disponen de embarcaciones de recreo que se cruzan ‘espontáneamente’ en las persecuciones, cuentan con un ejército de chivatos estratégicamente situados para avisar por móvil en cuanto aparezca alguna patrulla. ‘Esto ha sido aquí siempre así y seguirá, no creo que haya forma de pararlo’.

Sólo esos vigilantes que no hacen nada en todo el día más que vigilar la aparición de las patrullas pueden cobrar mil euros al día. ¡Cómo los convences de que cobren menos de eso al mes fregando platos en un restaurante! Esta es tierra fronteriza, no lo olvidemos, y no sólo trasnacional: es trascontinental, une y separa dos mares, dos mundos, dos universos, dos conceptos. En el horizonte aparecen entonces tres motos de agua. ‘Ahí también traen droga y a veces inmigrantes’, dicen mientras los observo: no parecen narcos. Claro que, ¿cómo demonios es un narco….?

‘Aquí le echan mucha cara y se meten en la playa de día porque han perdido la vergüenza’, me dice otro agente. ‘Y tienen más medios que nosotros’, recuerda Rafael, ‘desde el Peñón, que es una zona muy alta, nos tienen controlados desde que salimos, saben en cada momento dónde estamos y a dónde vamos porque tienen mejores medios que nosotros’. Es la eterna cantinela de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado en el Campo de Gibraltar. La policía nacional ya me dijo lo mismo patrullando por La Línea, los agentes que se ocupan de inmigración insisten en la cantinela, como los bomberos, los maestros, los médicos: no tenemos medios. ¿Nos observan desde el Peñón? ‘Pues seguro’, me dice, ‘pero no confundas con el gobierno de Gibraltar: hablo de los narcos, los hay allí del mismo modo que los hay aquí’. Y entonces pasamos junto a una patrullera llanita fondeada en la bahía de los Catalanes, cerca de la playa de Levante, donde dicen que duermen su sueño eterno cientos, puede que miles, de vehículos llanitos… La tripulación me mira ceñuda, rígidos y serios, más bien malencarados. Me miran. Los miro.

Los miro divertido y tiro más fotos: a mí tampoco me gustó especialmente que me atacaran con una embarcación semi rígida, destrozaran una cámara de fotos y una cámara de video profesional y finalmente me encarcelaran en los calabozos del Peñón hace ya unos años. Supongo que mi particular venganza es de todo menos lesiva: unas fotos de una patrullera lejana. ‘No tenemos problemas con ellos’, me dice el sargento, ‘nos suelen seguir cuando estamos cerca de Gibraltar pero son gestos como para reivindicar que esas aguas son suyas’, y entonces sonríe, ‘pero si hacemos caso a sus pretensiones Algeciras no tendría aguas porque reclaman casi toda la bahía…’. De todos modos, insiste, la cooperación es la norma, ‘ellos saben cuál es nuestro trabajo y nos ayudan, y al revés también, ellos tienen sus órdenes, las de acompañarnos cuando pasamos, y nosotros las nuestras…’. Una tripulante de la patrullera gibraltareña me mira fijamente: tal vez intenta recordar mi cara por si me encuentra en alguna playa de Tarifa…

La narcolancha se ha perdido ya en el horizonte y sólo veo grandes mercantes en su lento tránsito por el estrecho. ‘No estamos solamente para capturar narcos’, me dicen los agentes, ‘hacemos muchos rescates de embarcaciones que se averían, o se pierden en la niebla, las embarcaciones con inmigrantes que salen de Marruecos, las interceptamos y les damos cobijo hasta que llegan los barcos de Salvamento Marítimo, realizamos inspecciones en pesqueros, o en embarcaciones recreativas’.

Y entonces un pequeño yate parado en mitad del mar les llama la atención. ‘Puede que estén pescando atunes y eso está prohibido’. El sargento enfila proa a la embarcación pero se detiene a unos cientos de metros. ‘Están tomando el sol, no tienen ni cañas’. Admiro la vista de este hombre capaz de ver un mundo entero donde yo sólo veo una raya blanca. ‘Lo peor de todo son las pateras’, reconoce, ‘cuando coges una embarcación y tiene diez, o doce bebés, tan pequeñitos que parecen bultitos, las madres, esas caras de desesperación’, el sargento se conmueve, yo me conmuevo, supongo que cualquiera que haya vivido esos rescates se conmueve. ‘No hay que olvidar que nosotros también fuimos emigrantes’, reflexiona el sargento, ‘y que mientras África no se desarrolle y sigan con esa necesidad van a seguir viniendo, y además ahora todo el mundo tiene televisión, internet, ven cómo vivimos y miran a su alrededor y ven cómo viven ellos…’

Volvemos al puerto de Algeciras. Dejamos atrás el Peñón, la mar picada, el fondo de montañas africanas y el laberinto de grandes buques. Hoy el narco se ha escapado y algún depositario respirará aliviado porque los terrenos donde almacenar las embarcaciones están saturados. No cabe una más. Tal vez prohibiéndolas baje el número pero está por ver. Al salir de las instalaciones policiales un guardia de seguridad me pide que no haga fotos. ‘No saque las neumáticas’, me dice. Lo miro con guasa. Es más difícil hacer una foto sin narcolanchas que con ellas porque mires a donde mires te las encuentras. En el horizonte el narco descansará tras la carrera pero sabe que antes o después su goma, la que se camufla entre las olas, estará aquí, custodiada.

Entonces se comprará otra…