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Dios estuvo escondido en una isla del gran lago que da agua al río Nilo. Son treinta y pico las islas del lago Tana así que no debería de haber sido difícil dar con Él pero su presencia es esquiva porque, recuerden, vivía escondido. Además ya no está aquí porque se mudó algo más al norte. Los más avispados dedujeron que el mismísimo Dios vivía en una isla llamada Tana Kirkos porque hasta allí transportaron el Arca de la Alianza, en mayúsculas, tras la destrucción del primer gran Templo, también con mayúsculas, de Jerusalem. El del rey Salomón. ¿Y cómo es esto?, dirán ustedes. Porque el rey Salomón era muy sabio pero también muy humano y tuvo descendencia, dicen, con una reina muy bella que vino a verle desde estas tierras africanas. La reina de Saba. La relación entre la aún inexistente Etiopía con la tierra de los judíos, en permanente estado de crispación (como ahora), se afianzó en esa época y no es de extrañar que los judíos que huyeron a toda prisa de la invasión babilónica del siglo V A.C. tomaran la vía de Egipto para terminar en esta remota tierra de Abisinia.

Los etíopes llaman Makeda  a la reina que nosotros conocemos como Saba (tal vez porque gobernó lo que en aquel entonces se llamaba Reino de Saba y que abarcaba Yemen y Abisinia). Fuera como fuera, la reina de Saba, o Makeda, quedó tan prendada de la sabiduría del rey Salomón que se convirtió al monoteísmo, le regaló toneladas de oro y hasta le dio su cuerpo de reina africana para que el legendario monarca judío eternizara su linaje en otro rey que para los etíopes es mítico: Menelik I. Y ahí comienza el gran lío del Arca de la Alianza. Los macabeos dicen que fue Jeremías, el profeta, quien se apresuró a esconder el dichoso Arca antes de que los babilonios destruyeran el majestuoso templo ordenado construir por Salomón. Pero ahí intervienen los etíopes para decir que ni hablar, que el mítico Menelik I se la robó a su sabio padre aprovechando que no era un solo Arca sino que había dos, cada una con una de las dos tablas de la ley de Moisés, y que la trasladó a un templo a orillas del Nilo, en la isla Elefantina, por Asuán. Las leyendas dicen que ahí estuvo, escondida, nada menos que 800 años, hasta que cambiaron su ubicación un poco más al norte, al reino de Axum, y que ahí sigue, en la iglesia de Nuestra Señora de Sión, protegida por un celoso guardián que se dice descendiente de los israelitas y que es el único que puede acceder al recinto donde se guarda el anhelo de Indiana Jones.

Un periodista británico, Graham Hancock, descubrió que algo podía haber de cierto en toda esta extraña historia porque entre las reliquias que guarda la iglesia, y que sí son accesibles para el resto de la Humanidad, hay restos judíos datados en la época del Templo de Salomón. Hancock cambia un poco la historia, basada en su erudita afición a la arqueología, para determinar que el Arca viajó más de 3.500 kilómetros hacia el sur alrededor del año 650 AC, tras una parada en la isla Elefantina, de donde tuvo que salir por patas porque los judíos locales sacrificaban carneros en una región donde (mala suerte) los locales adoraban a los carneros. Las peripecias del Arca tuvieron una larga parada de 800 años en este lago que ahora navego, el lago Tana, donde los monjes guardan tradiciones orales que así lo aseguran. Para mayor inquietud este lago era el centro de los conocidos como falasha, o judíos negros (que fueron trasladados a Israel en avión en el año 1991), quienes custodiaron el dichoso artefacto hasta que Etiopía en pleno se convirtió al cristianismo. Desde entonces, y hablamos del siglo IV, el Arca tiene casa en la que era la capital del imperio, Axum, donde incluso se le construyó una enorme iglesia para que fuera su residencia eterna. Las disensiones internas y los ataques de los musulmanes evitaron que la residencia fuera eterna con todas sus letras sino eterna discontinua porque en varias ocasiones fue destruida y el Arca trasladada, de nuevo, al lago Tana para volver otra vez a la varias veces reconstruida iglesia de Santa María de Sión. Sea como sea no hay modo de saber si todo esto es cierto porque el celoso guardián no deja que nadie se asome y ni siquiera el emperador de Etiopía, rey de Reyes y Protector de la Fe, Hailé Selasie, pudo verla porque es algo prohibido por religión y no hay que darle más vueltas. El gran enigma seguirá hasta que el Arca más famosa de la historia vuelva a dar vueltas.

El primer occidental en ver estas islas que asoman como coronillas frondosas del lago Tana fue un misionero madrileño llamado Pedro Páez. Además de ser también el primer occidental en probar el café, el madrileño fue el primero en encontrar las fuentes del Nilo, dos siglos y medio antes que el celebrado explorador inglés John Speke (que se llevó la fama), y su tumba yace abandonada en la iglesia de Górgora, eclipsada por el paso del tiempo y el olvido.

A decir verdad las islas son cambiantes. Pueden ser treinta y siete, ‘dependiendo del lago’, me dice un señor mientras una bandada de pelícanos se posa alocadamente al fondo de la estampa. Las islas están diseminadas por todo el lago y los buscavidas locales se afanan en atrapar al visitante para abrumarles con unos precios tan diferentes que uno no sabe qué pensar. La primera sorpresa es la forma de las iglesias: redondas, hechas de adobe y paja, con tejados circulares que en algún momento fueron de madera (y ahora rechinan un poco porque algunos son de hojalata), templos construidos muchos siglos atrás que evidencian su edad con achaques arquitectónicos. Tanto que borran mi creencia de que las iglesias deben tener su planta de cruz, su ábside, su transepto y cimborrio y todo esos palabros. La forma circular de los templos esconde la iglesia en el interior, un cubo metido en un círculo y rodeado de pinturas algo naives y muy coloridas realizadas sobre telas de algodón que se pegaron a las paredes de adobe y paja. Nadie sabría decir quiénes las hicieron porque es obra colectiva y en algunas paredes se intuyen los primeros trazos de obras que alguien está esbozando de alguna callada manera.

La segunda sorpresa es el lago en sí, a casi dos mil metros de altura, concretamente a 1.830, lo que resta extrañeza a su vez a eso de que de aquí salgan la mayor parte de las aguas del Nilo (algo así como el 60%): sólo ruedan cuesta abajo… La conexión entre esta zona y Egipto está clara pues: lo mismo subía el Arca de la Alianza remontando el Nilo que bajaban reinas glamurosas, lo mismo imitaban aquí arriba las canoas egipcias de papiro que el río llevaba miles de peregrinos en busca de la ciudad santa de Jerusalem. Tal vez el fascinante complejo de Lalibela deba parte de su existencia a este lago porque una vez que los musulmanes tomaron Jerusalem el mismo Dios inspiró a un rey para construir una réplica de la Ciudad en una montaña volcánica al norte de Etiopía: Lalibela. El lago Tana tiene una relación muy especial con Etiopía. Aquí nacieron los amhara, que dieron su idioma al país, aquí se desarrolló el cristianismo, al norte está la que fue desconcertante capital del imperio, Gondar, y algo más al norte todavía el imperio Axum.

Decapitaciones, descuartizamientos, empalamientos, asesinatos en general. Las pinturas del lago Tana muestran un mundo de horror pero entre todas ellas me quedo con la del falófago que comía los penes de sus enemigos descuartizados…

Repartidos por sus islas al menos una veintena de iglesias monasterios, ricamente ornamentadas sus paredes interiores, escenas de hechos bíblicos, muchas de ellas ciertamente desagradables como amputaciones, decapitaciones o torturas terribles. Miro alucinado cómo un tipo con aspecto de musulmán mantiene unos genitales masculinos recién amputados con cara de placer. A las puertas de cada templo, un puestecillo, una ventanilla, una señorilla y un precio. A pagar en birrs, la moneda local. A decir verdad no hay muchos extranjeros metiendo las narices en este remoto enclave, pero sí etíopes que acuden con gesto serio a rezar en los monasterios, a rezar de rodillas, alguno se tumba, otros refriegan la cara por las paredes.

No sólo de pan vive el hombre: monjes preparando el merchandising

El patrón es el mismo en los monasterios que visité: una señora te cobra una entrada en un puestecillo a la entrada, desvarías intentando saber hacia dónde ir mientras superas cartelitos que anuncian lavabos (en inglés y en amhárico), contemplas indignado los carteles de ciertas islas que prohíben la presencia femenina, y si consigues llegar al interior flipas con las pinturas coloristas, los bocetos a carboncillo que anuncian la próxima aparición de una nueva pintura, y con un señor que presumes monje que señala tiestos desordenados de habitaciones anexas donde calculas los siglos que han pasado desde que los usaron por primera vez: ese libro, por ejemplo, tiene doce siglos, esa cruz nueve, aquella madera diez siglos y esa cadenita tal vez catorce. Un mundo sumergido al estilo del de Julio Verne en su Viaje al centro de la tierra, un lago moteado de iglesias escondidas entre la floresta que disimularon su presencia a las tribus invasoras, los musulmanes proselitistas y hasta a los aventureros perdidos.

Tuvo que ser un inglés, Robert Cheesman, a la sazón cónsul británico en los años treinta, el que se las topó cuando intentaba convencer a los etíopes de la necesidad de construir una presa en el lago Tana. ¡¡¿¿En el lago Tana??!!, debieron pensar los píos etíopes, ¡¡en un lugar tan sagrado, repleto de monasterios, donde vivió el mismísimo Dios y donde los pelícanos rozan las testas de los hipopótamos al despegar? Su libro Lake Tana and the Blue Nile: An Abyssinian Quest fue revelador para los amantes de los misterios inverosímiles. ¿Un lago en África repleto de islas con monasterios cristianos de hace muchos siglos?

Escucho canciones infantiles. No, espera: parecen salmodios. No, no son salmodios. Tal vez una gran murmuración. Doblo una esquina de adobe y todo un colegio al aire libre se abre a mis pies. Niños y adolescentes reunidos en grupo memorizan la biblia en ahmárico. El murmullo es embarullado pero tiene su ritmo. Unos monjes hacen lo propio, pero al resguardo de un cobertizo. Más allá otro murmullo, aunque parece diferente. Son monjes y vecinos locales que celebran algo. Me ofrecen ‘tella’, una cerveza local un pelín aguada, y un aguardiente local, un pelín subido de tono. Los monjes brindan alegres y me observan como el que observa un extraterrestre venido de una nube. No hay duda de que el lago Tana es conocido por la comunidad internacional pero tampoco tanto. Acepto la invitación y me trago el agua de fuego: quema el gaznate. Hay buen ambiente en el lago Tana. Entiendo que el Arca se instalara aquí durante ocho siglos. Ganas me dan de imitarla.