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En el interior de la ermita de San Ambrosio habita nada menos que Buda. El dibujo resalta en una estancia abandonada y compite por llamar mi atención con un sonoro eco. Pero Buda no está solo. En su interior, en el interior de Buda, habita alguien más: hay cristos y vírgenes. Pienso entonces que la ermita de San Ambrosio tiene algo de muñeca rusa. Porque la ermita en sí es, como todas las ermitas, cristiana pero dentro vive un Buda que habita un edificio que, dicen las crónicas históricas, antes de todo fue una villa romana. Quizás donde ahora alguien ha pintado a Buda y otro alguien ha colocado estampitas de la Hermandad Joven del Arrecife un alguien más remoto aún rindiera honores a Júpiter, Juno o a Minerva.

A su izquierda alguien ha pintado una extraña frase (para estar en el interior de una antigua ermita y junto a un buda sentado): ‘Busca la anarquía’. A la derecha otra frase de libro de frases (que tal vez pegue algo más con el entorno): ‘El amor es la única fortuna que crece al gastarla’. Y poco más. Migue y Salomé han dejado huella en otra pared, de un muro sólo permanecen letras sueltas que generan inquietud y que indican que alguien se entretuvo en algún momento en darle una manita de pintura…

La hornacina del interior del Buda es lo que más interés me causa porque denota que alguien sigue considerando esta ruina un espacio sagrado. Lo digo porque además de las estampitas religiosas alguien ha abandonado los restos de una vela. ¿Quién ha pasado por aquí? ¿Anarcobudistas devotos de Santa Lucía? La Hermandad joven del Arrecife, que según parece es de Córdoba, estará satisfecha de saber que sus estampas han aparecido en una ruina cercana al mar.

Y con todo, este edificio comido por rosales salvajes y salpicado de bostas de vacas es una joya. Abandonada. Tan abandonada como única. Porque es uno de los pocos edificios de arquitectura paleocristiana de Andalucía, una iglesia visigótica del siglo VII, hay quien dice que del IV, levantada antes incluso de que los árabes invadieran España y de que el Guadalete escuchara cantos musulmanes. La iglesia se construyó sobre una villa romana, como decía, de la que sólo sospechamos (gracias a alguna inscripción) que se dedicaba a la agricultura y ganadería extensiva y que aportó sus restos para levantar partes del conjunto actual. ¿Y cómo ha llegado esta joya de la arquitectura andaluza a convertirse en ruina vergonzosa?

Según la lista roja del patrimonio el 14 de noviembre del 644 el obispo Pimenio, titular de la diócesis de Medina Sidonia, depositó unas reliquias de los mártires Vicente, Félix y Julián en la base de una columna previamente horadada con el fin de que sirviera de altar. ¡Sólo espero que las reliquias de los santos mártires no estén tras la pintada acrata! Pero no, no es así. El fuste de una columna en el interior de la capilla, que se guarda en Vejer, da fe de ese momento en una inscripción realizada para tal fin. Pero hay referencias más antiguas. Según el gaditano fraile carmelita Jerónimo de la Concepción en su obra ‘Emporio del orbe. Cádiz ilustrada, investigación de sus antiguas grandezas (…)’, debemos remontarnos al año 394, en pleno gobierno del emperador romano Teodosio el Grande. San Paulino pasó por aquí en su camino de Italia a España con la idea de ver a su amigote San Agustín, a la sazón obispo de Hipona (actualmente Annaba, en Argelia).

Dice el fraile gaditano que San Paulino viajó desde la marina hacia la parte de levante a orillas del río Barbate, término de Bejer de la Miel (que por cierto me gusta más que el actual Vejer de la Frontera), a quien Plinio, Pomponio Mela y Antonino llaman Urbs Mellaria (aunque esto no está claro y son muchos los que consideran que la tal Mellaria es Tarifa o, al menos, se encuentra en el estrecho). Y de aquí algunos monjes discípulos suyos pasaron a Medina Sidonia y fundaron la ermita que dicen de los Santos, un edificio que aún se mantiene en pie y que sería entonces el mas antiguo de todos. Un acompañante del santo Paulino, un tal Ambrosio, fundó la ermita a su regreso, según dicen las crónicas del fraile. El atrevimiento evangelizador no les devolvió más que un enfado monumental por parte de los vecinos de la zona, lejos del cristianismo en aquel entonces, y en unos años terminarían convertidos en despojos, o ‘alcanzaron todos corona de martirio‘, en un idioma algo más amable para describir que sus cuerpos masacrados fueron sepultados en la ermita que ahora visito.

No distingo dónde pudieron estar las tumbas ni imaginar siquiera el ambiente. Sólo veo espinos punzantes, piedras al borde de la desintegración, tubos plateados que impiden el desplome total. ¡Hay algo más! En el recinto que albergó en algún momento el templo principal alguien ha reunido más velas en un hoyo protegido del viento por piedras y ramitas secas. ¿Será fray Jerónimo redivivo que pide perdón al Hacedor por la presencia de una religión rival?

La ermita comenzó su andadura como visigótica pero se le añadieron elementos mudéjares y a finales del siglo XV el propio obispo de Cádiz, Pedro Fernández de Solís, le añadió la capilla lateral, donde ahora vive Buda, los arcos fajones apuntados y su propio escudo, que aún luce orgulloso e inmaculado a la entrada del recinto principal. Resumiendo para eruditos: nos encontramos ante una basílica paleocristiana de nave única y ábside rectangular. Quiero ver la espalda del edificio pero los rosales salvajes convierten cada paso en un aventura suicida. Las vacas retintas han dejado su huella en forma de grandes huellas olorosas esparcidas por doquier.

Cuesta imaginar este espacio como un recinto sagrado. Un lugar donde recibían peregrinos, donde se oficiaba misa, donde las almas descarriadas encontraban un dudoso consuelo. Si alguna de esas almas quedó atrapada entre las paredes de la ermita ya puede volar libre porque la cubierta desapareció tiempo atrás. De aquella esquina puede uno concluir que alguien se ha llevado una piedra de gran tamaño. Puedo oler el sexo sudado de parejas furtivas, el denso aroma a hachís del bueno, las trastadas de niños de los alrededores.

El lugar se ofrece a ceremonias demoníacas, a hogueras de boy scout y hasta a refugio de los muchos inmigrantes desembarcados en las cercanas playas. San Paulino no reconocería el lugar, mucho menos los potentados romanos que levantaron la villa agrícola y ganadera sobre cuyos cimientos se edificó este singular edificio. La administración autonómica lo declaró Bien de Interés Cultural (BIC) pero no ha servido más que para atraer la indignación de los entendidos porque aparte de algunos trabajos de apuntalamiento nadie ha hecho mucho más.

Un día se desplomará lo que aún permanece en pie, tal vez pille a algún niño en sus juegos de aventuras y entonces sí se forme un escándalo, tal vez ocurra una noche de fuerte viento de levante y nadie caiga en la cuenta hasta pasados días o semanas, tal vez un ganadero descubra un buen refugio para sus vacas. Tal vez un alemán se haga un chalecito ecológico a pocos minutos del mar. Entonces sólo nos quedarán las fotos, el espíritu de San Paulino y saber que la desidia que nos gana la fama tiene un elemento más para su pervivencia. Porque la historia se borra si no la recalcamos de cuando en cuando con un rotulador de punta gorda.