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Por las calles de San José del Guaviare avanza una masa humana al son de un joropo. La masa humana se divide en parejas, caminan bailando, en fila india de a dos, las calles bullen de entusiasmo. He visto muchos festivales pero nunca una maratón de bailarines. ¡Porque tal es! No dejan de bailar, agarrados a sus parejas, vigilantes del paso, del compás, del trote, de no tropezar con la pareja que lo precede, ni con la que lo sucede. Sudan copiosamente porque esto es el trópico y hace un calor de impresión. La serpenteante multitud recorre calle tras calle, vuelan las bolsas de agua fresca que los maratonianos bailarines devoran con ansiedad y sin perder el paso, hay público aplaudiendo. El joropo es el ritmo al que se mueve la serpiente multicolor, esos trajes tan abigarrados ellas, esos sombreros de ala ancha ellos, una música que también es una danza tradicional que se extiende por media Amazonía, Orinoquía y los Llanos Orientales (para un colombiano) u Occidentales (para un venezolano).

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El joropo proviene del fandango y tiene ascendencia árabe mezclado con tintes africanos del golfo de Guinea. Dice la historia que los fandangos sonaban en las fiestas de las fincas del cacao y que los campesinos esclavos los imitaron a su manera. La danza tiene mucho de lucha de sexos, con el hombre agarrando a la mujer con firmeza y mostrándole el camino a seguir, un camino que tiene en su arranque un aire a vals antiguo en el que de pronto a ellos les da por zapatear como el que persigue cucarachas. Más chistoso me resultan los músicos, caminando a duras penas bajo ese calor cargados de instrumentos que me resultan extraños a la selva que nos rodea: enormes arpas de treinta y tres cuerdas (que en Bogotá usan también los músicos llaneros callejeros cuando suben a los buses para ofrecer surrealistas espectáculos de equilibrio musical sobre vehículos encabritados en el terrible tráfico bogotano).

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Para un andaluz el espectáculo es colorido y embriagador pero tiene algo a deja vu porque los zapateos, el tres por cuatro, los trajes que parecen de faralaes y el eco lejano del fandango no suenan del todo desconocidos. Pero que todo se haga en movimiento le añade un plus de desconcierto. Las parejas recorren el casco urbano buscando el polideportivo local, donde sanitarios preparados para soponcios y golpes de calor les esperan parapetados tras sus cajas de medicinas y montañas de bolsas de agua fresca. Sobre las pistas de atletismo: corredores bailarines exhaustos. El resultado final es tan desconcertante como los arperos del joropo a bordo de los buses de Bogotá: muchachos repantingados sobre el césped, chicas que muerden con saña bolsas de agua, zapatillas de cáñamo y de goma de neumático desparejados por doquier.

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El espectáculo es curioso pero al caer la noche las bailarinas se tornan enigmáticas sobre el escenario del joropódromo, donde la oscuridad y las luces de los focos juegan con los coloridos vestidos, disimulan las formas, elevan la tensión y rebajan el calor con la brisa de la jungla. En las inmediaciones, puestos de fritanga, música estridente y sombras que se mueven con destreza vaciando cubos de basura, y de los que ya he hablado aquí: los últimos nukak, expulsados de la selva, esperan pacientemente su extinción. Y después de los coloridos bailes comienza lo que aquí conocen como contrapunteo llanero y que no es más que dos tipos peleándose sobre el escenario por medio de coplas improvisadas que tratan de humillar al contrincante.

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Me resulta apasionante esas parejas de cantantes, soplándole uno lindezas a un contrincante que lo vigila a pocos centímetros de su boca para no perder detalle y poder devolverle el golpe en forma de hiriente letra. Dicen que el contrapunteo proviene de Venezuela pero en esta tierra donde los árboles se ríen de las fronteras humanas todo es de todos. Aunque el origen primero habría que buscarlo entre los juglares europeos que entretenían a las masas, y a los monarcas, con su agilidad mental y sus sones. Los copleros venezolanos demuestran sobre el escenario mayor maestría pero los llaneros colombianos vienen con las pilas puestas. El jurado propone la rima, digamos que termine en A, y los rivales están obligados a que sus versos acaben en semejante letra. Hay que reconocer la destreza pero al tiempo uno no deja de hallar frases hechas a las que recurren cuando la palabrería se enreda. Sólo las expresiones de asombro en el rostro rival convencen de que esa letra realmente dolió y me temo que no son las más. Ocho sílabas, como el romance, o cuatro octosílabos. Afortunadamente aquí la violencia es sólo verbal…

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Es el Yurupary de Oro de San José del Guaviare, un evento que toma su nombre de una leyenda amazónica y que se completa con más danzas, retos musicales y hasta una jornada dedicada al coleo. ‘No se lo pierda usted’, me pide un amigo, ‘el coleo es el deporte local’. Y allí aparezco al día siguiente, a las afueras de San José, en un descampado donde se ha preparado una larga y estrecha pista a cuyos lados se aglomera una hinchada alegre y gritona. Vuelan de mano en mano botellas de ron Tres Esquinas y también de aguardiente Antioqueño. Los jinetes esperan subidos sobre una valla, los toros en un corral cuya única salida es la pista. Nació el coleo en los Llanos, puede que en los Orientales, puede que en los Occidentales, producto del aburrimiento de esos vaqueros que tenían en el hierro candente su pan del día a día. Quién sabe si alguna vez una res trató de huir de la marcación, quién sabe si tal vez fue un vaquero con mala idea, pero sea como sea algún jinete salió tras una res en estampida y consiguió detenerla sin bajarse del caballo, tan sólo agarrándola firmemente por la cola y desequilibrando su loca carrera de res jorobada.

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Complacidos debieron de quedar los compañeros porque la ocurrencia derivó en espectáculo, más tarde en deporte reglado y hoy en tradición que engloba a los vaqueros de un montón de países latinoamericanos. La pista tiene trescientos metros de largo por doce de ancho y está dividida en cuatro zonas de las que solo la primera mide cincuenta metros. Es el premio mayor porque se trata de la zona que está inmediatamente después de la puertecita por la que sale el astado y se supone que lo hace a toda velocidad. Si el coleador consigue agarrar su cola en estos cincuenta metros y tumbar al bicho habrá ganado la puntuación máxima. La puntuación decrece conforme el toro se aleja de la puerta de salida, o de la primera zona, y si el coleador llega tarde y lo tira en la última no tendrá premio sino sanción. ‘Fiestas sin coleo no son fiestas’, me dice un abuelo tocado con sombrero y evoco entonces las fiestas de mi tierra de origen, donde fiestas sin vaquilla no son fiestas. Y la conclusión es fácil: si bailan joropo, que proviene del fandango, no hay fiestas sin toros, que es lo que ocurre en la tierra de origen del fandango, y el aguardiente dulzón corre de gaznate en gaznate, como ocurre con el anís de la tierra de origen del fandango y de la idea de los toros: estoy como en casa…

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