Este post se ha leíd11476veces

lahabana46

El malecón de la Habana

 

Antonio Cánovas del Castillo firmó en 1880 el fin de la esclavitud en España pero lo hizo apretando los dientes y torturada su conciencia: hago mal, debió de pensar. Y para que no quedara duda de que firmaba empujado por la historia atrasó su entrada en vigor seis años en Cuba, donde estaba la mayor población negra del renqueante imperio, y concedió gustoso una entrevista al periódico francés Le Journal:

“(…) creo que la esclavitud era para ellos (los negros de Cuba) mucho mejor que esta libertad que sólo han aprovechado para no hacer nada y formar masas de desocupados. Todos los que conocen a los negros le dirán que en Madagascar, como en el Congo y en Cuba, son perezosos, salvajes, inclinados a obrar mal, y que es preciso manejarlos con autoridad y firmeza para obtener algo de ellos. Estos salvajes no tienen otros dueños que sus instintos, sus apetitos primitivos”.

Con ese ánimo, poca confianza concedió a los partidarios de la independencia. Hasta siete veces primer ministro y arquitecto del sistema de alternancia bipartidista que castiga España casi que hasta hoy, Cánovas del Castillo, malagueño tan universal como contestado, puso tanta pasión en sus ideas que aún hoy crea polémica. Y entre estas, su decisión de olvidar la mano izquierda en las últimas colonias originó el último capítulo del imperio. Cánovas ordenó una cruel represión del movimiento separatista cubano, movimiento que él veía de un solo color: negro, y logró lo que se logra en estos casos: que se levantaran violentamente. Cánovas sabía que los grandes tiempos de España llegaban a su fin y no quería que le pillara el toro. Y lo logró. Sólo que sometió a los cubanos a una represión que provocó escalofríos en los Estados Unidos. Resultado: guerra contra los partisanos, guerra contra los norteamericanos, un gobierno empeñado en una victoria imposible y un cúmulo de decisiones erróneas encadenadas por sus ministros, temerosos tal vez de la gran personalidad del presidente. Y digo que al final no le pilló el toro del fracaso porque el malagueño Cánovas tuvo la suerte de ser asesinado un año antes del desastre, el 8 de agosto de 1897. El malagueño cayó abatido por tres tiros disparados por el anarquista italiano Angiolillo. Eso sí, las balas no las puso él: las pagó con dinero del Caribe, el de los exiliados cubanos que eligieron Londres para instalarse y planificar la muerte de quien tanto amó la mano dura.

lahabana22

Referencia:

Cuba, Puerto Rico y Filipinas en la perspectiva del 98, Demetrio Ramos Pérez y Emilio Diego, Editorial Complutense, Madrid, 1997