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Alonso de Sandoval dedicó cuarenta y cinco años a observar los despojos humanos que los barcos negreros trasladaban desde la lejana África al puerto de Cartagena de Indias. Dicen que bautizó a más de sesenta mil, que vomitó sus entrañas al bajar a las fétidas bodegas donde se hacinaban vivos y muertos junto a moribundos y heces, y que de tanto hablarles en un latín que nadie entendía terminó entendiendo él mismo lo que significaba ser africano. Dejó de verlos entonces como lo que no eran pero todos suponían: bestias, y los supo humanos, y su inicial tarea evangelizadora cambió a una labor humanitaria, de ayuda al moribundo, al desesperado, al más evidente paralelismo de su adorado ecce homo. Incluso escribió un largo tratado sobre el africanismo y cómo tratar a esos seres despojados de cualquier humanidad. Como premio a tanto desvelo contrajo la peste bubónica y agonizó durante tres años hasta que murió a los setenta y tres. Por si fuera poco, su obra se diluyó en la historia y el eco que mereció su esfuerzo lo acaparó Pedro Claver, que fue su alumno y además le adelantó al ser elevado a los altares como santo por su lucha contra la esclavitud. Entre sus contemporáneos no faltó quien vio un castigo divino en tan horrible muerte porque si en algo se había distinguido Alonso fue en una crítica inteligente al incontestable negocio de la esclavitud y en arrastrarse por los bajos fondos de la Cartagena colonial procurando alivio a esos pobres seres arrancados de sus selvas para languidecer cargados de cadenas bajo el sol del Caribe.

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Un recuerdo que hoy sigue grabado a sangre y fuego en la mente colectiva de las Negritudes colombianas, sobre todo de los cartegeneros negros, y en un floclore que Joe Arroyo inmortalizó para siempre en su letra Rebelión:

Cuando aqui
Llegaban esos negreros
Africanos en cadenas
Besaban mi tierra
Esclavitud perpetua

‘A mí me ha cabido por gran dicha y bienaventuranza mía ser padre de todos los negros e indios de toda esta ciudad y sus estancias’, decía Sandoval mientras murmuraban los negreros. Pocos hubieran sospechado cuando salió de su Sevilla natal que Alonso destacaría en la defensa de esas miserables criaturas que ni para trabajar servían y tampoco lo creerían sus vecinos de Lima, donde se había establecido su familia. Formado como jesuita, su primera misión le llevó a Cartagena para descubrir esos rostros que tanta fascinación le provocaron. Y para descubrir también que sus colegas jesuitas bautizaban a los ‘morenos’, como les llama, mientras almuerzan y sin levantarse de la silla, simplemente arrojándoles un jarro de agua por la cabeza, en silencio. Ahí le surgen tan grandes dudas que escribe un tratado de nombre laberíntico: ‘Pregúntase si es lícito baptizar los morenos de Cartagena como los padres de la Compañía los baptizan‘, una inquietud que le granjea la enemistad de los clérigos más perezosos y de los negreros con menos escrúpulos.

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Alonso debió de horrorizarse cuando comprobó que los curas bautizaban a los esclavos mientras los encadenaban, que les soltaban largos latinajos en un idioma que les resultaba ininteligible y que les aseguraban que el paraíso les aguardaba tras la fachada de una vida sometida al yugo de los trabajos forzados. Alonso, el sevillano, sintió nacer un alma africanista y escribió en 1627 su más conocida obra, de enrevesado título: ‘Naturaleza, policía sagrada y profana, costumbres y ritos, disciplina y catecismo evangélico de todos los etíopes’, más conocida como ‘El mundo de la esclavitud negra en América’. Una larga relación de la historia y ritos de los pueblos de Guinea y Angola (aunque para él todo era Etiopía), la terrible experiencia de la esclavitud y los malos tratos que reciben de manos de sus patronos.

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La obra de Sandoval denuncia la lamentable situación en la que se encuentran miles de seres humanos a los que nadie concede el dudoso privilegio del alma y, por primera vez en un clérigo, llama la atención de la iglesia sobre este problema. Su obra encontró eco en su alumno Pedro Claver, como decía antes, que dedicó su vida a los esclavos con tanta pasión que entró en el santoral por la puerta grande y oscureció la labor de su maestro hasta el punto de que es más conocido en el mundo anglosajón que en el hispánico. Un contrapunto a la historia de uno de los más grandes negreros de la historia, el malagueño Pedro Blanco, del que ya he hablado aquí. De Sandoval hoy apenas queda huella. Afortunadamente de Pedro Blanco tampoco…

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Referencias:

Su libro De instauranda Aethiopum salute: https://books.google.es/books?id=mqeoRPCNBdYC&printsec=frontcover&dq=alonso+de+sandoval&hl=es&sa=X&ved=0ahUKEwign4j27a_PAhUCXhQKHfoyCtEQ6AEIITAB#v=onepage&q=alonso%20de%20sandoval&f=false

Teología de la Liberación, Antonio José Echeverría, http://es.scribd.com/doc/23181290/Antonio-Jose-Echeverry-Perez-Teologia-de-la-liberacion