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Cada domingo los huertos de Malt Kiln, a las afueras de la ciudad inglesa de Rugby, se llenan de familias que pasean armados con cestitas de cartón y manadas de niños que husmean entre las matas. Aquí aún quedan fresas, reza un cartel, y una bandera amarilla indica el lugar en el que el visitante, que a la sazón es cliente, puede encontrar más frutos para recolectar. Y el visitante, que a la sazón es cliente pero también jornalero, se esfuerza en recoger los mejores frutos, los más maduros, los que están listos para comer, deposita con suavidad los ejemplares en el fondo de la cestita, no sea que se espachurren y tengan que pagar por unas frutitas deterioradas. ¿He dicho pagar? ¡¡Pero si eres bracero!! ¡¡O jornalero!! Pero no: eres algo más: eres visitante y también cliente.

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Así que el paseo se alarga en tu jornada dominical, los niños corretean libres de la opresión casera por entre surcos mientras descubren que la fresa tiene forma y color y sabor más allá del yogurt o del helado. Allá a lo lejos recolecta su cosecha una familia de indios, sus saris coloridos destacan del verde monótono del surco de las acelgas, unas chicas musulmanas tapadas con sus hiyabs, muchachos rubios salpicados de rudos tatuajes. Una niña grita histérica porque un calabacín la supera en tamaño. La cesta cada vez pesa más.

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La idea se denomina Pick Your Own, pincha aquí para saber algo más (en inglés), y surgió en los Estados Unidos en la década de los años treinta, cuando los precios de algunas frutas y verduras cayeron tanto que no había modo de cubrir ni siquiera los costes de los jornaleros. Algunos granjeros, avispados y listos, permitieron a los vecinos recoger los frutos, más tarde vieron negocio y los vendieron a menor precio que en el mercado, y finalmente le dieron una pátina de turismo rural y sacan (como remate) un precio mayor al que tienen en el mercado. Los vecinos de las ciudades salían en estampida los fines de semana esperando encontrar algo de vida silvestre, rural, la vida de antes olvidada ahora en las grandes urbes. Y estaban dispuestos a pagar por algo por lo que otros cobraban. ¡¡Qué mejor negocio!!

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El agroturismo creció en los años sesenta con un interés inusitado de estudiantes que veían en las granjas una oportunidad además para aprender que eso de ahí es una calabaza y no un calabacín. Los amantes de la comida ecológica vieron la posibilidad, ellos también, de establecer un nexo mucho más íntimo con la comida si ellos mismos la recogían. Por si fuera poco, todos, estudiantes, turistas urbanos de fin de semana y ecogourmets, tenían la sensación de que esos productos tenían más calidad que las que compraban en los mercados y supermercados (y que consideraban, casi que por defecto, como productos industriales). Los granjeros también reían a mandíbula batiente: contrataban menos mano de obra, se libraban del engorro de tratar con intermediarios que sólo querían gangas y, como remate, sus cosechas se evaporaban a ojos vista. Aquí puedes leer algo más sobre el Pick Your Own (conocido popularmente como PYO)

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Claro que no cualquier cultivo es válido para este Pick Your Own: fresas, frambuesas y todo tipo de frutos silvestres sirven. También las calabazas, los calabacines, las judías verdes y algunos frutos de árbol, como la manzana o la pera. En según qué sitios prueban también con flores y hasta con árboles de Navidad. Nadie piensa en permitir que hordas de infantes estresados recolecten boniatos, patatas o cebollas. Deben ser productos fáciles de recoger y, si es posible, que no se los coman esos pequeños devoradores escondidos a la sombra de un arbusto. El granjero se ocupa del mantenimiento del gran huerto, de que todo esté muy claro a base de carteles que diferencian los cultivos, y sobre todo de que los clientes-jornaleros no malgasten el tiempo manoseando plantas que ya han sido manoseadas anteriormente: cartelería y banderas amarillas indican dónde los cultivos aún no han sido esquilmados.

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Aunque la idea surgió en los EE.UU se extendió rápidamente por los países anglosajones y los huertos de Pick Your Own surgieron como setas en Australia, Canadá, Irlanda, Nueva Zelanda, Malta y Reino Unido, aunque también en otros países se ha hecho tremendamente popular, como en Francia, Italia o Alemania. En España la iniciativa no ha terminado de arraigar aunque existen algunos ejemplos, como esta finca asturiana, pincha aquí, o en otras ecofincas de modo puntual: puedes consultar aquí.

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Finalmente las cestas están llenas, los niños cansados y con la cara moteada de barro y hojas, el domingo se ha pasado volando. Los padres sacan la cartera alegres y aliviados. Los niños se han divertido, volverán cansados y se dormirán antes. Y además comerán fruta complacidos y curiosos: las han cogido ellos mismos…

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