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Cuando Thomas Bruce Elgin descubrió la belleza del Partenón supo que tenía que llevárselo a casa. Pero el edificio era enorme: ¿cómo hacer? Examinó sus partes una y mil veces, calculó cómo desmontarlo, tomó medidas y, finalmente, se puso manos a la obra. Corría el año 1801 cuando contrató a 300 hombres y desmanteló lo poco que quedaba de una maravilla mil veces saqueada, ‘no sea que se lo lleven los franceses’. En enero de 1804 las primeras sesenta y cinco cajas con trozos del Templo de los Templos llegó a Londres. Thomas Bruce, a la sazón duque de Elgin, no pudo recuperarlas hasta 1806 porque los franceses lo habían hecho prisionero de camino a Gran Bretaña. Las sesenta y cinco cajas pudieron ser menos porque el buque Mentor, en el que viajaba el tesoro, se hundió en el puerto de Kythera con diecisiete de esas cajas y sólo tras dos años de inmersiones pudieron recuperarse. Los cajones del Partenón se diseminaron por media Europa. Cuarenta cajas aguardaron largo tiempo en el puerto del Pireo, otros llegaron despistados a varios puertos británicos. Incluso esperaron pacientes en los patios y en las mansiones de amigos del inquieto Thomas Bruce, a la sazón duque de Elgin. Por si fuera poco, la esposa del duque lo abandonó y le puso una demanda de divorcio que fue la comidilla del reino y que hasta el sarcástico Lord Byron ridiculizó en su libro Child Harold’s Pilgrimage (Lord Byron era un refutado helenista que vio con horror el expolio del Partenón).

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Pero de todo se recuperó el señor duque y consiguió alquilar una casa en Park Lane, donde mostraba a sus amigotes el recuerdo que trajo de Grecia a la espera de poder trasladarlo a su mansión de Escocia, como era su intención original. Sin embargo el dinero escaseaba y las esculturas deambularon sin hogar propio: de un húmedo cobertizo en su jardín a un sucio cobertizo para carbón. ¡¡Fidias en un trastero!!. Finalmente, en 1816, el gobierno británico adquirió el paquete por 35.000 libras, la mitad de lo que pedía el saqueador de sangre azul. Desde el mismo momento del expolio los griegos pusieron el grito en el cielo aunque no los gobernantes de un país que no existía porque en ese momento formaba parte del Imperio Otomano. De hecho fue un sultán el que dio el permiso necesario para el saqueo al inquieto expoliador y anduviera entretenido mientras ejercía una suerte de embajada británica en tierra infiel. ‘Los dueños del país se lo vendieron al duque de Elgin’, alegó impasible el gobierno británico ante las protestas de los griegos, que se hicieron mucho más sonoras a partir de 1832, cuando se independizaron del yugo turco.
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El Partenón quedó como emblema nacional, con su loco deambular (desde templo dedicado a Atenea, originalmente, a iglesia cristiana dedicada a María y mezquita turca ordenada por Mehmet II). En 1683 los venecianos, lo bombardearon aprovechando que los turcos lo usaban como polvorín: una bomba dio en el blanco y mató a más de trescientos soldados pero además dejó el edificio ardiendo por dos días y prácticamente destruido. Observo en Atenas los huecos dejados por el ladronzuelo de sangre azul y luego contemplo en Londres los objetos robados como si me paseara por un mercadillo de cacos.
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Doscientos años después de que el gobierno británico adquiriese uno de los expolios más sonados de la historia, los griegos siguen clamando al cielo. ¿Están mejor aquí o en su lugar de origen? El Museo Británico dice que estamos en un mundo interconectado y que las esculturas que están en Grecia hablan de su cultura en su contexto pero que las que están en Londres lo hacen de la cultura ateniense en el contexto de la historia universal. Los griegos vuelven a gritar: ¡encima nos chulean!
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También está quien dice que en el Museo Británico están más seguras y que devolver los tesoros de otras civilizaciones las dejaría a merced de situaciones inestables. ¿Qué ocurriría con los tesoros asirios de Nimrud? ¿Los dejamos a merced de los iconoclastas del Daesh? Pero esto plantea otras preguntas. ¿Es Londres un lugar seguro para siempre y jamás? Parece que no mucho porque en los años treinta alguien tuvo la idea de que el blanco de los mármoles griegos era blanco blanquísimo y que por tanto había que quitar esa pátina medio dorada que tenían las piedras que trajo Elgin: cinceles, cepillos de púas de alambre, operarios frotando y, finalmente, destrozos irreparables que sólo se conocieron en los años sesenta (tanta vergüenza supusieron para los británicos). Entonces, ¿hay algún lugar seguro para los monumentos? ¿Y ese lugar es Gran Bretaña? ¿Y si Hitler hubiera alcanzado a reventar el Museo Británico? ¿Es más fiable Inglaterra que Irak? Hoy sí, pero mañana quién sabe…
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Doscientos años después del chollo que compró el gobierno británico la polémica no disminuye sino que aumenta. Sobre todo porque el diario The Time hizo una encuesta y descubrió que los británicos que piensan que deberían devolver estos restos son el doble de los que piensan que no. Y que el parlamentario liberaldemócrata Mark Williams, con el apoyo de varios laboristas y conservadores, pretende que el Parlamento británico los devuelva: ‘fueron sacados de Grecia de manera injusta’, dijo en la cámara, ‘y qué mejor manera de negociar el Brexit con la UE que esta muestra de generosidad’.

La piedra Roseta como estrella de la sala

Amenhotep III mira a los turistas

Paneles decorados de los corredores centrales del Palacio Norte de Nínive

Un tema que crea mucha tensión porque puede ser el primer lote arqueológico en salir pero no el último. Y que genera muchas discusiones y reportajes, como este o campañas pidiendo la devolución, como esta. Los franceses hallaron la piedra de Rosseta en una ciudad portuaria egipcia y se la apropiaron en nombre de la civilización pero poco después los británicos les derrotaron en Alejandría y les arrebataron la piedra en nombre, cómo no, de la civilización. Hoy la piedra es un reclamo de primer orden en el Museo Británico. No lejos de ella Amenhotep III observa al numeroso público con el rostro hierático. A sus pies hay una foto en blanco y negro que muestra el momento de su hallazgo. Más allá son los leones de las llanuras del Nínive. Y aún más allá el cilindro de Ciro, base de la civilización persa y mil veces reclamado por el gobierno de Irán.
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Y no es por atizar al Museo Británico únicamente. Piezas del Partenón hay también en el museo del Louvre, por no hablar del Código de Hammurabi, la Victoria de Samotracia o la Venus de Milo. O el Museo Pérgamo de Berlín, que atesora casi todo el material extraído de Olimpia, en Grecia, o enormes monumentos de la antigua Babilonia. ¡Y qué decir del Obeslico de Lúxor en la plaza de la Concordia, en París! La lista de expolios es tan grande como la de museos y las discusiones que genera. ¿A qué país se devuelven? ¿A los nubios de Egipto? ¿A los sasánidas? ¿O a los actuales? Andrew George, que es el presidente de la Asociación Británica para la Reunificación de las esculturas del Partenón (como suena) cree que las piezas deberían estar en un solo lugar porque son un símbolo para toda una nación. Porque al fin y al cabo no es Italia reclamando las ruinas romanas que aún resisten en Inglaterra.
Son el símbolo de una nación moderna con profundas raíces en la Historia. Una historia de la que se enorgullece Europa entera, Inglaterra incluida, y que, como ocurre con los símbolos (y defienden en el Museo Británico), trasciende su realidad para identificarnos a todos. Si esto es así, tal vez a los ingleses no les importe cubrir los huecos que el impertinente Thomas Bruce Elgin dejó en el Partenón con trocitos del Big Ben…
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