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El cadáver de Isabel II reposa sobre una esterilla deshilachada en el interior de una urna acondicionada. Está desnudo, seco, y uno no puede reprimir un gesto de desagrado por lo desigual de su cuerpo, las arrugas que le surcan el tórax, los dientes rotos de su boca a medio abrir. Un flash le da vida efímera al iluminar un ojo entreabierto. A su lado se encuentra su célebre pamela roja y una falda del mismo color, tiesa y comida por el tiempo. Un niño asiático, regordete y maleducado, señala y se ríe. Es el símbolo de un imperio olvidado, un símbolo que luce mate, apagado, por mucho que su ubicación en la sala sea prioritaria: Isabel II es un cuerpo seco, desnudo, patético y sin enterrar. A su lado hay una cabecita. Dice la inscripción que es Ivan Cameron, de seis años, hijo que fue del primer ministro de Gran Bretaña. Los niños la miran con desconcierto pero pronto pasan a otra cosa, aburridos de ver cuerpos inertes, carcasas sin vida, de las que asombrarse, o reírse, o interesarse, cuerpos con la que hacerse una foto entre curiosos y divertidos.

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Lo de Isabel II es una ficción, claro está. Pero no lo es para el hombre de Gebelein, ni para el monarca Amenhotep III, por poner dos ejemplos del Museo Británico. Tumbado en un remedo de habitación de adobe está el pelirrojo hombre de Gebelein, al que conocemos como Ginger. La momia pelirroja yace en postura fetal mostrándonos el agujero que dejó un rudimentario puñal en su espalda, concretamente bajo la escápula izquierda, una herida asesina que acabó con su vida. El cuerpo apareció en la región de Gebelein, en el alto Egipto, y de él dicen los expertos del Museo Británico que es uno de los individuos mejor conservados de su época. También es una ficción lo del hijo de Cameron, que falleció a los seis años, tal vez la edad de la momia del chiquillo que murió doscientos cincuenta años de nuestra era y que nos mira a través de un lienzo profusamente decorado desde el interior de, él también, otra urna acondicionada.

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El gobierno canario ha abierto el debate en España sobre si es ético exhibir cadáveres al público, por muy museo que sea el exhibidor. En Nueva York ya se plantearon problemas con la exhibición de la momia de Jnumhotep: puede que haya muerto hace miles de años, decían los detractores, pero, ¿y si fuera tu madre? ¿No es factible acaso que muchos de sus descendientes anden hoy por Egipto? ¿Cómo se sentiría usted si uno de sus antepasados estuviera expuesto desnudo, seco y deforme a las miradas, y sonrisitas, de miles de visitantes?. A las fotos, a los flashes. ¿Qué diferencia la profanación de una tumba reciente por unos gamberros de la exhibición pública de Ginger, el hombre de Gebelein? Todo esto sin dejar de apreciar el enorme interés que suscita la vida antigua, los métodos de momificación de los egipcios y el morbo que lleva aparejada la exhibición de cadáveres. Sólo el Museo de Historia Natural de Londres tiene más de 20.000 restos humanos. En 1998 el Museo de Londres exhibió más de 18.000 esqueletos para mostrar cómo los londinenses han cambiado de apariencia a lo largo del tiempo.

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El filósofo René Descartes dividió al ser humano en dos partes: cuerpo y mente, un concepto que no era precisamente nuevo pero que en plena Ilustración supuso un impulso para la ciencia y sobre todo la arqueología y la museología. Para el materialismo, sin embargo, sólo existe el cuerpo. Y para el idealismo somos espíritu y lo demás no es más que ilusión. Los animistas, por último, creen que cuerpo y alma van juntas como parte de la naturaleza que son. Una introducción filosófica que tiene más enjundia de la que pudiera parecer porque sirve de base para distintas concepciones. Si el cuerpo y el alma, como decía Descartes, son dos, una vez que el cuerpo se vacía del alma, que es su verdadera esencia, lo que queda es la carcasa, un envoltorio sin más valor que volver al polvo del que procede. Por eso la arqueología puede usar un cuerpo como una cosa, porque ha perdido su humanidad. Para los torajas de Indonesia el animismo les dice otra cosa: el cuerpo es tan importante como el alma, a la que va ligada inevitablemente, y por eso los guardan en el salón hasta que pueden enterrarlos dignamente. ¿Que dirían los herederos de Ginger, si es que aparecieran y fueran animistas? ¡¡Se escandalizarían de ver cómo su pariente está expuesto a la vista y el escarnio público!! Los motivos de los arqueólogos y de los museos no dejan de ser comprensibles: estudiar el pasado, conocer epidemias antiguas, los cambios experimentados en el clima, las dietas de la Antigüedad… Sin embargo, los arqueólogos tienen madres y padres y hermanos y hasta novios y novias y pocos de ellos están dispuestos a diseccionarlos para colocarlos en una vitrina, por muy muertos que estén y por tanto vacíos de toda Humanidad.

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Dicen que la exposición de cuerpos muertos despierta el interés de los más jóvenes y que puede incluso impulsarles al estudio de ciencias. Los defensores de la exhibición de cuerpos muertos aseguran además que en el caso de los más antiguos los lugares donde descansaban eternamente han sido alterados o han desaparecido, motivos más que suficientes para mostrarlos al público, siempre con las muestras debidas de respeto y la contextualización necesaria de su época y cultura. Como ejemplo bien valga el de Charles Byrne, el conocido como Gigante de Irlanda, que siempre expresó su deseo de que su cuerpo fuera arrojado al mar pero al que el Hunterian Museum, también en Londres, mantiene en exhibición argumentando que sirve para la educación de generaciones presentes y futuras.

El cadáver momificado del cardenal Ferrari en el interior de la catedral de Milán

El cadáver momificado del cardenal Ferrari en el interior de la catedral de Milán

La costumbre de enseñar restos humanos no se ciñe a los museos ni a Gran Bretaña: desde el memorial Choeng Ek de las miles de víctimas de Camboya a los templos cristianos que muestran despojos humanos: el brazo incorrupto de Santa Teresa es hasta motivo de chiste en España, la catedral de Milán muestra al cardenal Ferrari momificado a quien quiera verlo…

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Dice Sophia Calugay, que es una conocida arqueóloga y antropóloga, que no hay mucha diferencia con la exposición mediática de imágenes, expuestas en cualquier parte y que se han multiplicado en los tiempos digitales. También se lo plantea Alexandra Fletcher, especialista del Museo Británico, al reconocer la débil línea entre el voyeurismo y la exhibición de restos humanos con carga histórica. De hecho: ¿dónde están las momias? es la pregunta más frecuente entre los visitantes del museo Británico. La discusión es enorme entre los mismos expertos y plantea todo tipo de preguntas. En los EE.UU se promulgó en 1990 el Acta de Protección y Repatriación de Tumbas Americanas Nativas, (NAGPRA), una norma que cambió radicalmente el modo en el que los museos trataban los restos indígenas, a pesar de que en realidad no hay ninguna ley que regule la exhibición de restos humanos en museos. De hecho es cada museo norteamericano el que decide cómo actuar, a excepción de los restos nativos que no están a la vista para no soliviantar a las comunidades de indígenas. En el Reino Unido algunos museos han creado sus propias políticas al respecto, incluso con la publicación de guías públicas. El Museo Británico es, por otro lado, una insignia en el trato delicado de estos restos, intentando siempre que proliferen las explicaciones contextualizadoras, que no se llegue a herir ningún sentimiento a individuos que pudieran estar relacionados con los restos, o a comunidades de las que provengan. Claro que todo eso versa sobre la manipulación y exhibición, no sobre la presencia en sí misma de esos cuerpos.

Unos cuerpos que, recordemos, una vez tuvieron vida como las tenemos nosotros ahora. Y quién sabe si nosotros, cuando ya no la tengamos, también terminaremos expuestos en una vitrina, desnudos y secos, rodeados de objetos personales, con un cartel explicativo pendiendo sobre las cabezas, permanentemente asediados por cámaras, dedos y miradas curiosas…

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La bibliografía sobre las discusiones sobre el tema es extensa, sobre todo en lengua inglesa. Dejo un par de debates:

http://digitalcommons.buffalostate.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1002&context=history_theses

Visiting the Dead: Archaeology, Museums and Human Remains