Este post se ha leíd23982veces

 

DSC_4836-imp

DSC_4816-imp

DSC_4789-imp

Cuando la embarcación zozobra y caes al mar luchas por mantener la cabeza fuera del agua. Si vienes de un país sin mar y sin corrientes profundas la extrañeza es mayor porque no sabes qué es el mar. Pero conocerlo no significa nada: el mejor nadador puede morir ahogado en minutos. Al principio, el náufrago trata de mantener la cabeza fuera del agua, donde hay aire. Cuando el cansancio vence sucede lo que los expertos conocen como ‘lucha en superficie’: el náufrago sufre un ataque de pánico y recoge todo el aire que puede en superficie porque una poderosísima fuerza gravitatoria tira de su cuerpo hacia las profundidades. Quieres pedir ayuda pero no puedes porque los brazos palmean sin sentido tratando de mantenerte fuera del agua. Pareciera que tratas de subir una escalera de piscina pero, ¡no!, no hay escalera alguna: en realidad no hay nada, sólo agua. No es mucho tiempo, entre veinte y sesenta segundos, pero es un momento de suma angustia. Finalmente, la víctima se sumerge para no volver a salir. ¡Pero no estás muerto aún!

DSC_4770-imp

DSC_4801-imp

DSC_4823-imp

En el laberinto acuoso que te rodea no hay horizonte, no sabes si la superficie está arriba o abajo, no sabes dónde es abajo, si hay izquierdas o derechas. Entonces aguantas la respiración todo lo posible: dicen los expertos que entre treinta y noventa segundos. Y entra el agua. Al principio, poco a poco. Toses, estornudas, la lengua lucha en la cavidad bucal buscando aire entre las muelas. Pero no lo hay. Los pulmones reclaman el aire que es suyo, el que les pertenece por el simple hecho de ser pulmones. Y se abren los conductos, esperanzado como estás de que entre aire. ¡¡Pero entra agua!! El agua bloquea el intercambio de gas en lo tejidos, la inhalación de agua sella las vías aéreas, la laringe sufre espasmos. El pecho quema pero tu mente está demasiado ocupada intentando comprender qué ocurre, descubriendo que eso es la muerte, que estás a punto de morir porque el aire no entra en tus pulmones. Entonces aparece la calma. Una calma pastosa y pasota. La consciencia se te escapa: quieres dormir. Hay una sensación de paz en ese entorno que hace unos segundos parecía apretarte con gordas maromas. Y tu corazón se detiene, angustiado por la falta de aire.

DSC_4837-imp

DSC_4779-imp

DSC_4828-imp

DSC_4783-imp

Tu cuerpo entonces vaga suspendido sobre el lecho marino, baila impulsado por las corrientes, extiende los brazos sin buscar nada en concreto.

Se desplaza en un majestuoso vuelo fúnebre por un universo de agua.

Al principio los habitantes del mar no saben qué pensar y ven pasar ese cuerpo pesado como el que asiste al avistamiento de un objeto sin identificar. Algún pez atrevido tal vez se acerque a olisquearlo, puede que le mordisquee alguna parte blanda, a modo de prueba.

DSC_4768-imp

DSC_4815-imp

El lecho marino está lejos, allá al fondo. Lo ves pasar desde el mundo de los muertos como el que ve pasar la vida misma. Y el agua, desbloqueado cualquier obstáculo, entra a raudales. Entra tanta agua que tu interior parece elástico. Hay quien traga cientos de litros de agua y su abdomen se deforma hasta un punto que resulta difícil identificarlo con un ser humano. La primera vez que vi a un ahogado, un ahogado que llevaba quince días en el mar, lo confundí con un pez gigantesco. El cuerpo se amorata y la piel se estira hasta límites increíbles.

DSC_4761-imp

DSC_4803-imp

En cambio hay cuerpos que llegan en perfecto estado a tierra. Lentamente se varan en la arena, cubiertos de barro, magullados si hay rocas, semidesnudos por mor de las corrientes. Y reposas sobre la arena como un monumento inerte a la vida. Porque has conseguido escapar del mar pero demasiado tarde. Ya no puedes respirar el aire que se te ofrece sin límites. Ya no puedes caminar sobre esa arena que te cubre la cara. Ni siquiera te molestas en evitar las molestas olas, que te hunden el rostro en el barro. ¡¡Para qué!! No metes tripa para fardar de cuerpazo, no te cubres las nalgas que se escapan de la ropa, no te esfuerzas por recuperar el zapato que se escurrió de pronto. Estás muerto y todo lo demás ya no importa.

DSC_4835-imp

DSC_4806-imp

No importa que huyeras de una terrible guerra que ha destruido tu país. O del hambre, que ha destruido a tu familia. O de la falta de expectativas, que destruye tu alma. No importa que dudaras antes de subir al miserable buque porque había demasiada gente. No importa tampoco que vayas a un lugar donde muchos se alegrarán de tu muerte porque dicen que no cabes. No importa nada. No encuentras consuelo en el cuerpo vecino, el del mafiosillo que te metió en el barco a golpes. No lloras por el niño que ha muerto sin aprender a hablar, sin saber de qué huye ni a dónde va. ¡¡Ni siquiera te importa que tu vecina enseñe las nalgas, tú que eres tan devoto de un ridículo dios que no admite más diversión que la sumisión!! Estás muerto y lo demás no importa. No importan los chiítas ni los sunitas, no importan los rusos ni los norteamericanos, no importa el desierto ni los fértiles valles. No te importa Alá ni Yahvé, ni Dios ni Buda. Todo da igual. Las olas acarician tu cuello, el agua te entra por las orejas, tus ojos no reaccionan a la arena.

DSC_4841-imp

DSC_4755-imp

Estás muerto y no lo sientes.

Por eso es importante sentirlo sin estar muerto. Para no alegrarse, para no permanecer indiferente, para sangrar por esas heridas sin sangre. Para ser humano.

DSC_4839-imp

Una cincuentena de gaditanos se ha prestado a sentirlo. Hace unos años asistí atónito a un evento muy perturbador, en cierto modo similar: familiares de desaparecidos a manos del ejército colombiano se introducían en bolsas de cadáveres como protesta por la inacción de su gobierno. Ahora la protesta no va dirigida a nadie. Al mundo si acaso. Se trata de sentir. De sentirse. De sentir empatía con gente que huye, empatía con gente que sufre. Empatía con gente que muere.

Se trata de sentir.

De sentirse refugiado, inmigrante, mafiosillo, clandestino, ilegal.

De sentirse paria, olvidado, despreciado.

De sentirse ahogado.

Muerto.

DSC_4751-imp

DSC_4773-imp

DSC_4809-imp

DSC_4798-imp

DSC_4796-imp

DSC_4793-imp

DSC_4784-imp

DSC_4791-imp

DSC_4844-imp

DSC_4804-imp